Elías Rodríguez fue uno de los primeros luchadores obreros que junto a Nahuel Moreno fundaron nuestro partido, hace siete décadas. En nuestro periódico Solidaridad Socialista N° 408, del 15 de enero de 1992, se publicó esta semblanza de Moreno hecha por Elías, que hoy reproducimos.

Él era bastante más pibe que yo y estaba bien empilchado. Pensé, con alguna desconfianza, que era un estudiante. Pero su aplomo y simpatía me ganaron enseguida. Con una amplia sonrisa Nahuel Moreno me tendió la mano franca. «Mucho gusto, compañero». Para charlar más cómodos fuimos al bar de Los Patos y Lavardén, en Parque de los Patricios. Hacía días que Moreno me buscaba. Años antes, yo había llegado a Buenos Aires del pueblo de Alta Italia, provincia de La Pampa. Trabajaba en la chacra, de boyero, con mi familia. Mi padre era anarquista. De chiquito, los compañeros ataban el sulky, me subían y mandaban por las chacras a repartir La Protesta, el diario anarquista.

Tenía 13 años cuando mi padrino me trajo a Buenos Aires. Entré de lava copas. Después trabajé en Picardo, del vidrio. Estaba en el turno noche: ganábamos una miseria, nos quemábamos, nos hacían rotar por las peores tareas y no teníamos a quien quejarnos. Empecé a promover reuniones, en casa o en la pizzería. Tiempo después logramos hacer una asamblea del turno en un cine de Pompeya. Me eligieron delegado y fui al sindicato…

Una compañera insistía en que entrara a trabajar en su fábrica que era mejor. Era nada menos que la Rama Bolsa de Bunge y Born. Logramos que me recomendara el chofer del gerente y pude entrar, con la condición que no hiciera sindicalismo. Pero al poco tiempo yo estaba haciendo reuniones y otra vez me eligieron delegado. Así empezamos a organizar la Rama Bolsa textil. El sindicato era una de las grandes organizaciones obreras que el peronismo, que por entonces estaba surgiendo empujado desde el gobierno, todavía no había alcanzado a controlar con su burocracia. Estaba en manos de los socialistas amarillos. Empecé a ir al sindicato y a participar en la discusión del convenio nacional.

Parece que se corrió la noticia de que en Bunge y Born había «un loco» que había organizado la fábrica. Un día llegó un compañero de la carne a hablarme. Me dijo que iba a volver con otro. Ese otro era Moreno. ¿Qué quería?

Me fue preguntando sobre mi vida. Para acortar distancias me dijo que también él era de un pueblo cercano a La Pampa. Me fue diciendo que era empleado y también estudiante. Me preguntó por el chiquito mío y la fábrica. Cuando supo que había entrado recomendado por el chofer del gerente me dijo: «Hizo muy bien. Actuó así obligado para conseguir el trabajo y defendió los intereses de los trabajadores». Finalmente, me dijo que él y sus amigos necesitaban la ayuda de gente como yo, que les enseñase a organizar la fábrica. Quedamos en vernos, dos días después.

Del siguiente encuentro recuerdo que yo estaba muy confiado en el convenio que en ese momento discutíamos. Moreno me alertó: « Tenga mucho cuidado, compañero. La patronal está muy organizada. Además tiene al gobierno. Si da un aumento, después lo recupera con la inflación». Ahí empecé a ver cómo era el sistema.

Yo no sabía que ese pibe, grandote y bonachón, que trabajaba tan bien y caía tan simpático a los trabajadores, como yo, estaba sacando al trotskismo argentino del café y ligándolo al movimiento obrero.

Otros compañeros del GOM me empezaron a esperar a la salida y a buscarme por el sindicato. Recuerdo que un día me llevaron a una charla. Era un curso, en el césped de Parque Centenario, sobre feudalismo. Ahí conocí a todo el grupo fundador. Había obreros y estudiantes. Per o todos, las compañeras y los compañeros, estaban volcados sobre fábricas.

Moreno volvió a verme. «Lo felicito Elías», me dijo. Me había pasado el Manifiesto Comunista y yo estaba muy embolado. Moreno me dio el folleto Qué quiere la Cuarta Internacional. Me preguntó qué opinaba. Le dije que en diez años íbamos a tener el socialismo.

Todavía recuerdo su respuesta: «Eso no lo puede lograr usted solo. Hace falta un partido obrero revolucionario, no solo aquí sino en todo el mundo, es decir, la Internacional. Ese es el partido que nuestro grupo quiere hacer: un partido obrero, dirigido por usted y gente como usted» ¿Se podrá?, le pregunté. «Depende de usted».

Entré al partido. Pasaron los años. Tuvimos huelgas y luchas. Ganamos y perdimos. Sufrimos cárceles y muertos. Aquí y en el mundo.

Entrar al partido significó ser parte de un equipo y tratar de convencer a muchos activistas, ya sea en fábricas y gremios donde trabajé, como en otras. Significó atender a contactos y simpatizantes, tratando de seguir las enseñanzas de Moreno: «No vayan como maestros, sino a escuchar y aprender, hacerse amigos en serio y a ligarse a fondo». Significó ir los domingos y muchas madrugadas a piquetear el periódico. Significó invitar a muchos compañeros a charlas y cursos como el que yo recibí por primera vez en el Parque Centenario.

Y, en la base de todo eso, significó que, todas las semanas, con los compañeros que formábamos el equipo del partido nos reuníamos. Esa reunión de equipo, donde discutíamos la situación internacional, la situación nacional, las fábricas y frentes y las tareas y donde discutíamos las luchas y cómo mejor intervenir en ellas ha sido y es la base del funcionamiento del partido que, con Moreno, conocí hace 45 años en Villa Pobladora.