Nahuel Moreno y el valor de la pasión, el optimismo y la voluntad, por Carlos Carcione

Carlos Carcione. Marea Socialista, Venezuela

Lo conocí en el año 1973 en el local del PST Argentino en la ciudad de Ramos Mejía, en la provincia de Buenos Aires. En una charla para los estudiantes secundarios de la juventud del partido sobre los cordones industriales en Chile y su lucha en ese momento, no recuerdo el mes, pero puede haber sido finales de marzo de ese año, era poco tiempo antes del golpe genocida de Pinochet.  No recuerdo tampoco el contenido de su exposición ni detalles del debate. Hay múltiples documentos editados que expresan esa posición. Pero me causo una impresión imborrable que, a 44 años de aquel momento, es todavía nítida. Me impacto sobre todo la pasión, el optimismo frente a las dificultades que se avecinaban en Chile y la confianza en aquella incipiente, para entonces, forma de organización obrera que intentaba enfrentar el golpe que se anunciaba. Trasmitía una energía envolvente y cálida. Una fogosidad que nada tenía de ingenua o de desconocimiento de la realidad. Una convicción que algunos, sobre todo los posibilistas, catalogan de fanatismo pero que para mí se tradujo entonces y sigue siendo así ahora, en la certeza y confianza de que luchando con “rabia” como el mismo escribió en algún momento, era posible triunfar.

Con el tiempo y las pruebas que nos fue imponiendo la lucha, entendí que esas virtudes que me impactaron, no eran simples cualidades personales. Hacían a una estructura de pensamiento y acción. Que esa pasión, ese optimismo y esa confianza se apoyaban  en un estudio meticuloso de la realidad, en la constante vuelta a los clásicos para afirmar o descartar sus enseñanzas, en el seguimiento y participación directa y permanente de la experiencia concreta de la lucha de la clase obrera y los pueblos.  Virtudes que por mucho tiempo vi reflejadas en los militantes que pude conocer de cada instancia de las organizaciones que Nahuel Moreno había ayudado a construir, sobre todo en América Latina. Fui comprendiendo, porque pude constatarlo en la realidad, que eran cualidades no de un hombre sino de un tipo humano, forjado en la resistencia al estalinismo y a las persecuciones de todo tipo de dictaduras, marcado a fuego en las derrotas, con espíritu autocrítico para aprender de ellas. Un tipo humano rebelde y cuestionador, irreverente y crítico, leal y disciplinado. No se trata del utópico Hombre Nuevo, imposible de construir en el mar de decadencia, perversidades y miserias morales y materiales del capitalismo. Un concepto que en manos del stalinismo devino en caricatura repugnante, convirtiendo la rebeldía en docilidad, el cuestionamiento en aceptación, la actitud crítica en obediencia debida y la lealtad en sumisión al dirigente. Se trata por el contrario de seres humanos imperfectos  pero unidos por una voluntad indomable de cambiar el mundo.

Y se trata también de una manera de enfrentar la vida y la lucha, radicalmente distinta de otras. En especial del posibilismo impotente. Que sostiene una actitud subordinada a la sociedad oficial, con sus pompas y cúpulas partidarias e institucionales. Con sus dirigentes corruptos pero “suyos”. Con sus protocolos y su ideología domesticada, petulante y soberbia. Y sobre todo con su incapacidad de entrega en la lucha y su escepticismo senil recubierto de un falso manto intelectual o académico.

Apenas unos años después de aquella charla en aquel local de Ramos Mejía, donde aspirábamos a acompañar la lucha de los obreros de los Cordones Industriales de Chile, la sombra de la dictadura más sangrienta de la historia argentina cubrió nuestras vidas. Fueron años en los que se pusieron a prueba todas las certezas previas y hasta nuestra propia condición humana. Muchos, sino todos los adolescentes que escuchamos a Moreno en aquella charla, retrocedimos fundiéndonos con nuestra clase y nuestro pueblo sin dejar de combatir a los asesinos. Nuestros muertos y desaparecidos, muchos más de cien, la absoluta mayoría de ellos muy jóvenes, dieron muestras cabales de moral revolucionaria. Y, aunque la política por la que peleábamos entonces fue algunas veces acertada y otras equivocadas, miles sobrevivimos preparados para continuar la lucha y volvimos a las calles recuperadas haciendo volar nuestras banderas, y mantuvimos inclaudicable la lucha por nuestros sueños.

Hoy muchos otros compañeros reseñaran distintos aspectos de su legado. Mi aporte es afirmar que sin dudas mantengo la absoluta convicción que tenía entonces. Sin la pasión, el optimismo y la voluntad revolucionaria que nos inspiraba Moreno y los cuadros como él, no hubiéramos logrado hacerlo. Por eso mi homenaje en su recuerdo  es a ese tipo humano que el reflejaba y en el que, con orgullo, debilidades y muchas veces con dudas y temores, seguimos tratando de construirnos.

 

 

 

 

 

 

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