Situación Revolucionaria, Lenin

Lenin

Examinemos la esencia del argumento, según el cual los autores del Manifiesto de Basilea esperaban sinceramente la revolución, pero se vieron desmentidos por los acontecimientos. El Manifiesto de Basilea dice: 1) que la guerra provocará una crisis económica y política; 2) que los obreros considerarán un crimen participar en la guerra; que será un crimen “ponerse a disparar unos contra otros en aras de las ganancias de los capitalistas, de ambiciones dinásticas o del cumplimiento de los tratados diplomáticos secretos”; que la guerra despertará en los obreros “cólera e indignación”; 3) que esa crisis y ese estado de ánimo de los obreros debe ser aprovechado por los socialistas para “agitar al pueblo y acelerar  el  hundimiento  del  capitalismo”;  4)  que  los  “gobiernos”  -todos  sin  excepción-  no   pueden desencadenar la guerra “sin correr un grave peligro”; 5) que los gobiernos “temen la revolución proletaria”;

que los gobiernos “deben tener presente” la Comuna de París (es decir, la guerra civil), la revolución de 1905 en Rusia, etc. Todas éstas son ideas perfectamente claras, en las que no figura la garantía de que la revolución ha de venir; en lo que hacen hincapié estas ideas es en la característica exacta de los hechos y de las tendencias. Quien diga, a propósito de estas ideas y razonamientos, que la revolución que se esperaba ha resultado ser una ilusión, demuestra adoptar ante la revolución una actitud que no es marxista, sino struvista, policíaca, abjuracionista.

A un marxista no le cabe duda de que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria; además, no toda situación revolucionaria desemboca en una revolución. ¿Cuáles son, en términos generales, los síntomas distintivos de una situación revolucionaria? Seguramente no incurrimos en error si señalamos estos tres síntomas principales: 1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación; tal o cual crisis de las “alturas”, una crisis en la política de la clase dominante que abre una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no suele bastar con que “los de abajo no quieran”, sino que hace falta, además, que “los de arriba no puedan” seguir viviendo como hasta entonces. 2) Una agravación, fuera de lo común, de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempos de “paz” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los mismos “de arriba”, a una acción histórica independiente.

Sin estos cambios objetivos, no sólo independientes de la voluntad de los distintos grupos y partidos, sino también de la voluntad de las diferentes clases, la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se denomina situación revolucionaria. Esta situación se dio en 1905 en Rusia y en todas las épocas revolucionarias en Occidente; pero también existió en la década del 60 del siglo pasado en Alemania, en 1859-1861 y en 1879-1880 en Rusia, a pesar de lo cual no hubo revolución en esos casos. ¿Por qué? Porque no toda situación revolucionaria origina una revolución, sino tan sólo la situación en que a los cambios objetivos arriba enumerados se agrega un cambio subjetivo, a saber: la capacidad de la clase revolucionaria de llevar a cabo acciones revolucionarias de masas lo suficiente fuertes para romper (o quebrantar) el viejo gobierno , que nunca, ni siquiera en las épocas de crisis, “caerá” si no se le “hace caer”.

Tales son los puntos de vista marxistas sobre la revolución, infinidad de veces desarrollados y reconocidos como indiscutibles por todos los marxistas, y que para nosotros, los rusos, obtuvieron clarísima confirmación en la experiencia de 1905. ¿Qué presuponía en este sentido el Manifiesto de Basilea de 1912 y qué ocurrió en 1914-1915?

Presuponía una situación revolucionaria, concisamente descrita con la expresión de “crisis económica y política”. ¿Se produjo esta situación? Sin duda. El socialchovinista Lensch (que defiende el chovinismo de una manera más abierta, franca y honrada que los hipócritas Cunow, Kautsky, Plejánov y compañía) llegó a decir que “lo que estamos viviendo es una revolución peculiar” (pág. 6 de su folleto La socialdemocracia alemana y la guerra, Berlín, 1915). Nos hallamos en presencia de una crisis política; ni un solo gobierno tiene seguridad en el día de mañana, ni uno solo está libre del peligro de una bancarrota financiera, de perder territorio, de ser expulsado de su país (como fue expulsado el gobierno de Bélgica). Todos los gobiernos están viviendo sobre un volcán; ellos mismos apelan a la iniciativa y al heroísmo de las masas. Todo el régimen político de Europa se estremece, y seguramente nadie negará que hemos entrado (y que entramos más a fondo cada vez -escribo estas líneas el día en que Italia declaró la guerra) en un período de gigantescas conmociones políticas. Citando Kautsky, a los dos meses de estallar la guerra, escribe en Neue Zeit (el 2 de octubre de 1914) que “jamás un gobierno es tan fuerte, ni los partidos tan débiles, como al comienzo de una guerra”, estas palabras constituyen un ejemplo más de cómo Kautsky falsifica la ciencia histórica para agradar a los Südekum y demás oportunistas.Jamás un gobierno necesita tanto el acuerdo entre todos los partidos de las clases dominantes y la sumisión “pacífica” de las clases oprimidas a esta dominación como en tiempo de guerra. Esto en primer lugar; y en segundo, si al “comenzar la guerra”, especialmente en el país que espera lograr una rápida victoria, el gobierno parece omnipotente, nadie, nunca ni en ninguna parte del mundo ha vinculado sus esperanzas de una situación revolucionaria exclusivamente al “comienzo” de la guerra, ni mucho menos ha identificado lo “aparente” con lo real.

Todo el mundo sabía, veía y reconocía que la guerra europea iba a ser más dura que todas las precedentes. La experiencia de la guerra lo confirma más y más. La guerra se extiende. Los cimientos políticos de Europa se estremecen más cada vez. Las masas sufren terriblemente, y los esfuerzos de los gobiernos, de la burguesía y de los oportunistas por silenciar estos sufrimientos van de fracaso en fracaso. La guerra proporciona a ciertos grupos de capitalistas beneficios inauditos, escandalosos. La agudización de las contradicciones es enorme. La sorda indignación de las masas, la aspiración confusa de las capas oprimidas y atrasadas a una buena paz (“democrática”), la protesta que comienza entre “los de abajo”: todos estos son hechos indiscutibles. Y cuanto más dura es y más se agrava la guerra, más fomentan los gobiernos la actividad de las masas, exhortándolas al espíritu de sacrificio y a poner en tensión extraordinaria sus fuerzas. La experiencia de la guerra, lo mismo que la experiencia de toda crisis de la historia, de toda gran calamidad y de todo viraje en la vida del hombre, embrutece a unos y quebranta su voluntad, pero, en cambio, ilustra y templa a otros, y, en resumidas cuentas, en la historia de todo el mundo, el número y la fuerza de éstos, a excepción de algunos casos aislados de decadencia y ruina de tal o cual Estado, son superiores al número y a la fuerza de aquéllos.

La conclusión de la paz no puede suprimir “de golpe” todos estos sufrimientos ni toda esta agudización de las contradicciones . Por el contrario, en muchos aspectos hará que estos sufrimientos sean más sensibles y resulten sobre todo evidentes para las masas atrasadas de la población.

En pocas palabras, en la mayoría de los países avanzados y de las grandes potencias de Europa la situación revolucionaria es un hecho. En este sentido, las previsiones del Manifiesto de Basilea se han visto plenamente confirmadas. Negar directa o indirectamente esta verdad o silenciarla, como hacen Cunow, Plejánov, Kautsky y compañía, es atentar gravemente contra la verdad, engañar a la clase obrera y servir a la burguesía. En el Sotsial-Demokrat 196 (núms. 34, 40 y 41) citamos datos demostrativos de que las personas que temen la revolución, los curas pequeñoburgueses cristianos, los Estados Mayores y los periódicos de los millonarios se ven obligados a reconocer la existencia de síntomas de una situación revolucionaria en Europa.

¿Durará mucho esta situación? ¿Hasta qué extremos ha de agravarse aún? ¿Desembocará en una revolución? No lo sabemos, ni nadie puede saberlo. La respuesta sólo nos la dará la experiencia del desarrollo del estado de ánimo revolucionario de la clase avanzada, del proletariado, y de su paso a acciones revolucionarias . Aquí no cabe hablar de “ilusiones” en general ni de su refutación, pues ningún socialista, nunca ni en parte alguna, ha garantizado que hayan de ser precisamente la guerra actual (y no la siguiente) y la situación revolucionaria actual (y no la de mañana) las que originen la revolución. De lo que se trata aquí es del deber más indiscutible y más esencial de todos los socialistas: el de revelar a las masas la existencia de una situación revolucionaria, de explicar su amplitud y su profundidad, de despertar la conciencia revolucionaria y la decisión revolucionaria del proletariado, de ayudarle a pasar a las acciones revolucionarias y a crear organizaciones que correspondan a la situación revolucionaria y sirvan para trabajar en ese sentido.

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