Cuando el Plan B es el Plan A [EUROPA]

JOSEP MARIA ANTENTAS*

Los encuentros por un Plan B en Madrid del pasado fin de semana han sido la
iniciativa política internacional más relevante en la Europa de la austeridad, tras
otras menos exitosas y de perfil menor, con el fin de articular alternativas
políticas y sociales y europeizar la discusión estratégica. Tan necesaria como
difícil, la arena internacional ha sido un espacio de lucha, intercambio y reflexión
presente de forma claroscura en el periodo posterior al 2011, “el año en el que
soñamos peligrosamente” como lo bautizó Zizek.

Los movimientos que estallaron en 2011 constituyeron una ola de protesta
global, formada por movimientos nacionales con características propias
específicas, aunque fuertemente interinfluenciados y simbólica y cognitivamente
conectados. El marco de referencia de la contestación de estos últimos cinco
años ha sido el estatal y/o nacional (en los casos en que ambos no coinciden), si
bien ésta ha sido enmarcada tanto como oposición a los gobiernos estatales y
regionales como a la Troika (más desplazado hacia los primeros en el caso
español, y más hacia la segunda en los casos griegos y portugués).

Absorbidos por la magnitud de sus respectivas crisis nacionales-estatales, los
movimientos, organizaciones y campañas de los países de la periferia europea
no han generado una dinámica de colaboración internacional demasiado intensa
y pocas han sido las iniciativas de articulación transfronteriza importantes que
se han llevado a cabo. Ha habido encuentros y proyectos, pero todos aún de
perfil relativamente bajo y con escasas consecuencias prácticas. Algunos fueron
impulsados por los nuevos movimientos ligados al empuje post 15M, como los
encuentros Agora 99 en Madrid (noviembre 2012) o Roma (noviembre 2013),
mientras otros fueron colaboraciones entre las nuevas redes indignadas y los
remanentes del movimiento antiglobalización, como Firenze 10+10 (noviembre
2012), o el Altersummit en Atenas (junio de 2013). Hasta la fecha la principal
movilización conjunta coordinada contra los efectos de la crisis sigue siendo la
jornada United for a Global Change del 15 de Octubre de 2011, bajo el impulso
del 15M del Estado español, pero que careció de continuidad real.

Ello ha ido paralelo a la incapacidad de largo aliento de la Confederación
Europea de Sindicatos (CES) en propiciar ninguna respuesta a la austeridad
impuesta por un proyecto de integración europea con el que la CES ha tenido
tradicionalmente fuertes dependencias ideológicas, organizativas y económicas.
Europeísmo abstracto y unilateral, por un lado, y cooptación por arriba a través
de un vacuo diálogo social europeo, por el otro, impiden a la CES articular una
alternativa a la Europa del capital. La institucionalización de la acción sindical
nacional-estatal tiene así su correlato europeo en forma de integración
subalterna en la lógica del proyecto de la Unión Europea, lo que resulta en una
impotencia y parálisis de la acción sindical reivindicativa a escala continental.

La debilidad de la acción coordinada internacional contemporánea contrasta con
los “años antiglobalización”, tras la eclosión de dicho movimiento en 1999
después de la cumbre de la OMC en Seattle hasta 2003-04, en los que el
altermundialismo se convirtió brevemente en un actor definido y visible capaz de
actuar articuladamente a escala internacional y de ser una referencia simbólica
compartida. La ola antiglobalizadora fue mucho más epidérmica que la
indignación anti-austeridad abierta en 2011 y raspó sólo la superficie de la
estructura social, pero estuvo proyectada por definición hacia la arena
internacional, mostrando un inaudito, aunque fugaz, dinamismo en ella. En la
segunda mitad de la primera década de este siglo dejó de ser ya un referente y
un catalizador de las resistencias sociales. Las campañas y movilizaciones
internacionales perdieron centralidad y capacidad de agregación, y el eje de las
protestas se desplazó al ámbito nacional/estatal y local. Las principales
estructuras del altermundialismo, como los Foros Sociales, extraviaron el vínculo
con las realidades nacionales, autonomizándose de los procesos reales. El
legado de los “años antiglobalización” continuó, sin embargo, en forma de
múltiples iniciativas internacionales temáticas y sectoriales (campañas, días de
acción global….) pero de impacto moderado y base militante limitada. La
excepción fue la eclosión del movimiento por la justicia climática a raíz del
COP15 en Copenhague en 2009, de gran visibilidad y proyección (y que después
en ha tenido continuación desigual en las cumbres posteriores), si bien con el
problema latente de su desconexión con las resistencias nacionales/estatales y
locales a la austeridad neoliberal, en las que las urgencias sociales han dejado en
un segundo plano la reformulación en clave verde del actual modelo económico.

En el periodo actual las escalas nacionales/estatales y la internacional han
quedado dislocadas, con movimientos y organizaciones de base social reducida
proyectadas hacia la acción internacional y desconectadas de las movilizaciones
concretas nacionales/estatales y locales, por un lado, y movimientos de lucha
volcados en las urgencias nacionales y locales ante el bulldozer de los recortes.
Ello plantea un doble desafío: arraigar territorialmente el activismo internacional
y propulsar más allá de las fronteras las luchas nacionales. En otras palabras,
articular lo nacional/local con lo internacional y europeo y al revés.

Todo ello no quita la importancia de algunas experiencias de protesta
internacional en el corazón de la Europa austericida como las jornadas de
Blockupy desde 2012; de las coordinaciones, poco visibles pero útiles para el
intercambio de experiencias, de las organizaciones impulsoras de las auditorías
ciudadanas de la deuda en el marco de la Red internacional de auditoría ciudadana (ICAN en sus siglas en inglés); y, sobretodo, de la creciente y persistente campaña internacional contra el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP), la mayor y más global iniciativa hoy en marcha y que en cierto modo engarza el legado del altermundialismo con el de la fase abierta tras la crisis del 2008 y la explosión popular de 2011.

La geopolítica de las resistencias político-sociales tampoco ha ayudado a su
articulación internacional, al tener su epicentro en países periféricos, con Grecia,
Estado español y Portugal a la cabeza, con un grado de internacionalización de
sus movimientos y organizaciones sociales relativamente bajo, y una capacidad
real y simbólica limitada para liderar una dinámica de europeización de la lucha.
Ello contrasta con el periodo antiglobalización en el que fueron Francia (desde
las huelgas de noviembre-diciembre de 1995 contra la reforma de la seguridad
social hasta la explosión popular contra el precarizador contrat première
embauche (CPE) en 2006) y Italia (desde la contra-cumbre de Génova en julio de
2001 hasta el movimiento antiguerra del 2003, pasando por la manifestación de
la CGIL de marzo de 2002 contra la modificación del Artículo 18 del Estatuto de
los trabajadores). Ambos países se encuentran ahora sumidos en una situación
de bajos niveles de resistencia social, descomposición de la izquierda política, y
auge de la extrema derecha en el primero, y de alternativas demagógicas sin
contenido en la segunda. El hexágono y la bota no sólo ocupan un lugar
importante en la geopolítica europea, sino también en la de la propia izquierda.
Sin duda, europeizar la lucha desde la periferia mediterránea helénica e ibérica
es más difícil que desde el eje Francia-Italia.

Pensar la ruptura tras Syriza

El Plan B nace bajo el impacto traumático de la capitulación de Tsipras ante la
Troika, un verdadero jarro de agua fría a las esperanzas de cambio pero también
una fuente valiosa de lecciones estratégicas a sacar…para no tropezar dos veces
con la misma piedra, aunque ésta esté en otro camino u otro país.

En el periodo antiglobalización la resistencia social no se planteó la necesaria
“cuestión política”. No estuvo orientada a la formación de nuevas herramientas
políticas, permaneciendo en una lógica de autosuficiencia del movimentismo
social. Las corrientes altermundialista se situaban o bien en una perspectiva de
influenciar las instituciones (ya fuera por la vía moderada del lobby, ya fuera por
la vía de la movilización callejera) o en una lógica de “cambiar el mundo sin
tomar el poder” (retomando el título de la conocida obra de John Holloway),
orientada al éxodo o al contrapoder permanente. A pesar de ello, la
radicalización altermundialista movió también el espacio político-electoral y creó
unas mejores condiciones para la izquierda opuesta al neoliberalismo,
favoreciendo la emergencia de partidos e iniciativas políticas que, bajo distintas
cristalizaciones programáticas y organizativas, expresaban electoralmente el
descontento de una parte, minoritaria, de la sociedad. Pero los intentos de
articularlas a escala europea no pasaron de ser o meramente formales o simples
marcos de discusión.

En el campo de las fuerzas que giraban entorno a los Partidos Comunistas (o
postcomunistas), con la excepción de los ortodoxos KKE y PCP en Grecia y
Portugal, se constituyó el Partido de la Izquierda Europea (PIE), bajo la autoridad
política y moral primero de Rifondazione Comunista (referente de este campo
político desde la contra-cumbre de Génova en Julio de 2001 hasta su autoinmolación
con la entrada en el gobierno Prodi en 2006), y después de Die Linke
en 2007. Pero el PIE no ha pasado de ser una espacio de encuentro por arriba
entre fuerzas políticas de ámbito nacional/estatal, con poca visibilidad europea,
escasa capacidad de actuación en común, enormes contradicciones y
limitaciones estratégicas, y bastante dependencia de las necesidades y giros
tácticos de su partido-faro de cada momento.

En el campo anticapitalista, a inicios de los años 2000 surgieron las Conferencias
de la Izquierda Anticapitalista europea. Con un peso importante de la LCR
francesa (presente en el parlamento europeo desde 1999 y cuyo candidato
presidencial Olivier Besancenot obtuvo un 4’25% en 2002), y la participación del
Scottish Socialist Party escocés, el Bloco de Esquerda Portugués, la Alianza Rojo-
Verde danesa (estos dos últimos miembros a su vez del PIE), la propia
Rifondazione en sus primeros compases, y diversas fuerzas menores de otros
países, la Conferencia celebró encuentros regulares de pequeño formato durante
varios años, pero tampoco consiguió llegar a más. En 2008, en ocasión del
cuarenta aniversario del Mayo del 68 y en pleno proceso de lanzamiento del
Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA) en Francia por parte de la LCR, nuevos
encuentros de fuerzas radicales fueron convocadas. Pero la posterior crisis y
declive del NPA, así como la pérdida de centralidad de Francia en las luchas
sociales tras el estallido del crack financiero, apagaron este segundo intento.

Las presiones de las situaciones de cada país, las urgencias inmediatas y no
siempre concordantes entre sí de cada fuerza política, la lógica nacional/estatal
de la competición electoral (con la excepción aún parcial de las elecciones
europeas), la desconexión entre lo político y lo social del periodo anterior, y las
crisis y altibajos recurrentes, propias de un momento histórico de transición, que
muchos de los partidos referentes para los diversos espacios de la izquierda
(Rifondazione, Die Linke, NPA, y ya en tiempos actuales Syriza) fueron
padeciendo, explican los balances muy limitados de las coordinaciones
transfronterizas europeas en el terreno partidario desde los albores del presente
milenio.

El Plan B emerge ahora como una iniciativa sociopolítica, en el que fuerzas
políticas y organizaciones sociales conviven y en el que la discusión políticaestratégica está presente, con un formato que mezcla reflexión partidaria y
activismo social y en el que se mezclan los ecos de los foros sociales y de las
ágoras de las acampadas. Enfrenta, sin embargo, un escenario en el que las
fuerzas de ruptura con la austeridad presentan un desarrollo muy desigual a
escala europea, toman forma bajo experiencias muy dispares y se mueven en un
contexto global donde en la mayoría de países del continente, excepto en
aquellos donde ha habido proceso de lucha decisivos, el malestar social está
siendo canalizado por la extrema derecha. Hay pocas fuerzas políticas que
puedan hoy empujar en dirección a una europeización de la reflexión estratégica
sobre la ruptura. y más cuando las principales experiencias se encuentran en la
periferia geopolítica no sólo de la UE sino también de la propia izquierda
europea. La “esperanza Syriza” se desvaneció en un tiempo récord, y la Unidad
Popular fracasó en Grecia en su intento de articular una alternativa defensiva a
Tsipras. El Bloco Portugués carece de proyección europea suficiente y Podemos
no ha tenido desde su fundación, más allá de sus relaciones con Syriza y con
algunas figuras públicas de la izquierda internacional, una política activa en el
terreno europeo. Y el laborismo de Corbyn o la izquierda independentista
escocesa representada por RISE se encuentran en los perímetros de las
dinámicas continentales, demasiado alejados para tirar del carro.

Desafíos

Tras las jornadas de Madrid, el Plan B tiene dos grandes desafíos, en un marco
de ausencia de fuerzas políticas y de movimientos sociales que hasta la fecha
hayan podido actuar de palanca y motor internacional de las resistencias y las
alternativas. El primero, desarrollar una crítica consistente a las políticas de
austeridad y a la UE, y no quedarse en aproximaciones demasiado superficiales.
Hay que saber gestionar una amplísima pluralidad de enfoques en temas clave
(euro, análisis de la UE, concepción del cambio político y social…) cuyo acuerdo
fundamental es el rechazo a la “vía Tsipras” de capitulación ante el poder
financiero. Pero esto es el comienzo, el punto de partida. El de llegada debe ser
la formulación de horizontes estratégicos plurales compartidos que dibujen una
senda alternativa de ruptura. Una ruptura que es la pre-condición para un
cambio en positivo.

El segundo, formular tareas prácticas que vayan más allá de la mera
organización de nuevos encuentros. Necesitamos apuntalar campañas
internacionales o jornadas de movilización global que den una perspectiva
concreta a un nuevo internacionalismo desde abajo. Ahí es donde el proceso de
los Foros Sociales Europeos acabó estancándose, siendo incapaz, más allá del
lanzamiento de la jornada del 15F de 2003 contra la guerra de Irak, de pasar de
los encuentros y de su propia preparación a una fase de lanzadera de campañas
y acciones comunes. Por ello, la convocatoria de una jornada de movilización
internacional el 28 de Mayo es una excelente iniciativa que sintetiza a la vez el
significado de las luchas sociales de los últimos cinco años y los intentos de
construir nuevas herramientas políticas. Tiene por delante un reto tan simple
como ambicioso: sincronizar esperanzas y esfuerzos más allá de las fronteras.

(*) Profesor de Sociología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB)

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