Nahuel Moreno

 

Un libro que hizo historia

Problemas de organización es la desgravación corregida de un debate con los militantes de la Juventud Socialista (Juventud del MAS), que Nahuel Moreno, el principal dirigente del MAS dio en Junio de 1984 sobre los problemas de organización del partido. En este boletín publicamos dos capítulos (en español y portugés) que tienen hoy mucha vigencia sobre el sectarismo y el oportunismo, dos problemas permanentes que se plantean en la construcción del partido.

Un gran obstáculo: nuestro sectarismo

Para avanzar por el camino que nos proponemos tenemos un gran obstáculo: nuestro sectarismo. Nuestro partido no siempre fue sectario. Lo fuimos en los comienzos, cuando éramos un grupo pequeñísimo, pero yendo hacia la clase obrera aprendimos y superamos el sectarismo. A partir de entonces, hasta la construcción del PRT (La Verdad), tuvimos otras desviaciones. Por ejemplo, éramos obreristas y no dábamos importancia al trabajo sobre el estudiantado, limitándonos muchísimo en nuestras posibilidades de ganar intelectuales revolucionarios para multiplicar la formación de cuadros.
El sectarismo comienza cuando el partido se hace grande, con el PST, que se nutre fundamentalmente de la vanguardia estudiantil que luchó contra Onganía y después, ya por centenares y hasta miles, con la que surge después del Cordobazo y con las elecciones de 1973. Ya a partir de 1973 o 1974 descubrimos una ley infernal: cuando más crecimos, más sectarios nos volvíamos. Habíamos leído a sesudos marxistas hablar de la totalidad que era la socialdemocracia alemana, para explicar por qué no se debía romper con ella o había muchos militantes que no querían romper con ella. La socialdemocracia alemana era un micromundo, que sacaba millones de votos, tenía teatros, clubes, sindicatos, bailes, bibliotecas, clubes de liberación sexual. Dentro de ella había respuestas para casi todas las inquietudes y necesidades que pudiera tener una persona.

Aquí también el socialismo, el anarquismo y el stalinismo eran micromundos en sus épocas de esplendor. Tenían orfeones (es decir, bandas de música y coros), además de clubes y bibliotecas. Estos micromundos están inmersos en el verdadero mundo, la sociedad capitalista, horrorosa, hostil. La vida dentro de ellos es mucho más linda que afuera: parece que hubiéramos conseguido el socialismo ya. Se forma una tendencia centrípeta; se quiere vivir dentro del partido. Es una tendencia desgraciada: creer que ya está solucionado todo cuando no se ha solucionado nada, ya que la sociedad capitalista sigue ahí, vivita y coleando, preparada para destruir de un zarpazo al micromundo. Eso fue lo que le pasó a la socialdemocracia alemana: Hitler la destruyó a ella y a sus clubes, bibliotecas y sindicatos.

Esta misma tendencia surgió entre nosotros cuando nos hicimos un partido de varios miles. Dentro del partido los compañeros encontraban un micromundo, un islote socialista en el océano capitalista. Eso es parcialmente cierto: tenemos una moral diferente y relaciones humanas, libres, solidarias y fraternales, diametralmente opuestas a las que se dan afuera del partido. Si un muchacho y una chica se gustan, pueden relacionarse directa y francamente, sin pasar por todos esos trámites hipócritas que exige la seudomoral burguesa.

Si hay compañeros en huelga o sin trabajo, el partido y los militantes son solidarios con ellos… Esto empuja a vivir dentro del partido y no a salir a un mundo “hostil”, no fraternal. Empiezan a gustar más las reuniones que la lucha de clases. Usamos un lenguaje propio, que no entiende nadie que no tenga varios meses de partido como mínimo. Es muy habitual, por ejemplo, que en reuniones donde hay compañeros nuevitos, digamos “estructura” en vez de lugar de trabajo, de estudio o de vivienda. Preferimos una fiesta del partido que un flor de baile de barrio obrero. Nos inclinamos a charlar con compañeros del partido y no con obreros de afuera. Y mil ejemplos más. Para peor, no somos la socialdemocracia alemana. Ser sectarios de un partido con millones de votos y decenas de miles de activistas es grave, pero mucho más comprensible.

Pero ser sectarios de un partido de unos pocos miles de militantes y que todavía no tiene influencia de masas es una tragedia. Y cada vez que ganábamos 500 militantes nuevos, había un nuevo envión sectario. En lugar de seguir creciendo, nos poníamos a vivir para adentro y hacer de los 500 nuevos compañeros, 500 nuevos sectarios. El sectarismo se manifiesta, como ya hemos visto, en la forma administrativa de ubicar y dar tareas a los cuadros y militantes. No los ubicamos tomando en cuenta su relación con la sociedad y la lucha de clases, es decir respondiendo a la pregunta: ¿Qué puede hacer este compañero en su fábrica, barrio o colegio? Los ubicamos en función de lo que suponemos son los objetivos votados por la dirección: todos a piquetear fábricas, por ejemplo.

Pero también se expresa en nuestras relaciones con los fenómenos y corrientes políticas que se dan en la sociedad. Por culpa de esta tendencia sectaria no pudimos hacer un trabajo fuerte, intenso, sobre los miles de nuevos dirigentes obreros y estudiantiles, honestos y extraordinariamente combativos que se nuclearon en la JTP, los Montoneros y el clasismo en la etapa anterior. Para nosotros todo el que no fuera del partido o no nos diera la razón de entrada era un pequeño burgués, contrarrevolucionario, enemigo nuestro y de la clase obrera. Son muy pocos los compañeros que pudimos ganar para nuestro partido de esos miles de luchadores de vanguardia, aunque este balance no nos debe ocultar la razón decisiva de nuestro fracaso: la aplastante fuerza del peronismo.

Esta tendencia sectaria se vuelve a manifestar ahora, a medida que crecemos. Nos resulta muy difícil hacer que los compañeros tomen con entusiasmo el trabajo de ir hacia el PI, el PC, Franja Morada. No se nos pasa por la cabeza que el partido socialista revolucionario que ya tiene alguna fuerza, como nosotros, debe tener militantes en todas las otras organizaciones. Y si abrimos el diálogo con alguien de otra organización nos desesperamos para ganarlo rápida e individualmente, calificándolo duramente si no lo logramos, en vez de dejarlo que madure, tratarlo con respeto y respetar su propio ritmo de desarrollo. Tenemos que combatir esta tendencia sectaria. Si no la vencemos, el partido se estanca y termina retrocediendo. La lucha contra el sectarismo es imposible si no tenemos una seguridad y confianza absolutas en nuestras posiciones y en nuestra clase.

Si nuestras posiciones son correctas y si es cierta la frase de Marx “La liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, tenemos que saber que la mayoría de los compañeros de otros partidos con los que tratamos en nuestra actividad diaria, tarde o temprano van a ser de nuestro partido. Todo obrero, todo asalariado, todo estudiante plebeyo o con inquietudes progresivas, va a venir o, como mínimo puede venir hacia nuestro partido. Si no es el mes que viene, será dentro de un año, de dos, de tres… Al final de camino, nos vamos a encontrar, porque el camino de nuestro partido es el que en el fondo todos ellos, con mayor o menor conciencia, están buscando y quieren recorrer.

No estamos hablando de los viejos cuadros anquilosados en los aparatos stalinistas, o sindicales, o en la mugre del aparato peronista o radical. Esos ya tienen intereses propios, que se miden en la mayoría de los casos en pesos o en dólares. Pero sí hablamos de los que simpatizan con ellos o son militantes o cuadros medios de ellos, porque creen honestamente que así pelean contra el imperialismo y la oligarquía, o por las libertades democráticas y contra los genocidas, o por una mejora en el nivel de vida de los trabajadores, o incluso por el socialismo. Algunos incluso podrían estar en nuestro partido pero no nos ven perspectivas porque somos pequeños, sacamos pocos votos, no nos apoya ningún estado obrero… Nuestro partido tiene todo en común con estos compañeros. Queremos lo mismo que quieren ellos. No los consideramos enemigos nuestros porque estén con otra organización (o sean antipartidos). Enemigos nuestros, de la clase obrera y de la revolución son sus partidos y dirigentes, no ellos. Ellos son nuestros compañeros de lucha. Imaginemos un pibe stalinista, lleno de inquietudes. Está en el PC porque cree que es el mejor partido de izquierda, el que está más a la izquierda. O ya se da cuenta de que no está tan a la izquierda, pero cree que es el único que puede lograr resultados positivos. O está allí porque el PC defiende a Nicaragua.

Si tenemos confianza en nuestra clase, en nuestros compañeros de lucha, para nosotros ese pibe stalinista es formidable. Es un candidato firme a militar con nosotros en nuestro partido, una vez que haga la experiencia con el suyo… Siempre y cuando no seamos sectarios con él. ¿Qué discutiría un sectario? Que el stalinismo traicionó la revolución española, que el PC argentino fue socio de Videla, que Víctor Manuel III, rey de Italia, le regaló la orden de la Annunziata a Stalin, que Stalin traicionó la revolución china. Ese pibe no sabe ni quién es Víctor Manuel ni Chiang Kai Shek. De la guerra civil española sólo conoce las canciones. Y sobre la política del PC frente a Videla no está convencido de que haya sido así, porque si no ya habría roto con él. Un no sectario, empezaría por tener relaciones políticas claras pero fraternales y le propondría la unidad de acción. Claridad: estamos totalmente en desacuerdo con la política de tu dirección. Fraternidad: somos luchadores de la clase obrera y vos para mí sos un compañero de lucha. Unidad de acción: ¿En qué podemos trabajar juntos? ¿Hacemos algo juntos por Nicaragua? ¿Apoyamos juntos una huelga? ¿Peleamos juntos contra la expulsión de ese compañero tuyo secundario, que, lo echaron del colegio porque vendía el “Qué Pasa”?

Si vamos como sectarios, ese pibe nos va a creer unos pedantes, pillados, que no le ganamos a nadie, que sólo somos discutidores, que queremos ganar discusiones (lo que sería verdad en este caso). Es un grave defecto. Nunca un socialista revolucionario da la impresión de que quiere ganar una discusión. Siempre trata de demostrar que quiere acuerdos prácticos para hacer algo para que avance el movimiento obrero y de masas. Pero para hacer eso, hay que tener confianza en ese pibe stalinista. Decirnos a nosotros mismos: “¡Qué flor de pibe! Lo ganaron los stalinistas, pero yo voy a ser más hábil que ellos”. No nos enojamos, no lo aplastamos en la polémica. Discutimos, sí, permanentemente, pero a caballo de las propuestas de acción común.

Tarde o temprano el proceso histórico va a favor nuestro y va a traernos al pibe stalinista a nuestras filas. Ni hablemos de lo terrible que puede ser el sectarismo si, en vez de tratarse de un militante, salimos a polemizar para ganarles la discusión a los centenares de miles de obreros de base peronistas, a los centenares de obreros alfonsinistas, simpatizantes del PC o de IMP con quienes dialogamos en nuestra actividad diaria.

La captación y el peligro oportunista

Sólo superando el sectarismo triunfaremos en la que, en términos generales, es la gran tarea que nos proponemos: captar para el partido. La otra cara del sectarismo es el oportunismo: no nos presentamos ante todo el mundo como del MAS. Sólo lo hacemos cuando el compañero ya está cerca del partido. Si es de otro partido, o nos dice que no quiere saber nada de los partidos, no le hacemos la pelea política y caemos en relaciones confusas, poco claras, o directamente en desviaciones. Por ejemplo, si es activista sindical sólo hacemos con él sindicalismo. Así no podemos captar.

¿Cómo captar? Así de sencillo: a toda persona que uno quiere captar se le dice: “Mírá quiero que entres al partido”. A cualquier lado que vamos, ni bien saludamos agregamos: “Soy del MAS”. No debemos tener vergüenza de decir que somos del MAS, ni de ofrecer el periódico, ni de pedir plata para el partido. Muchos, para nuestra sorpresa, nos van a responder: “Eso es lo que estaba esperando, que me ofrecieras tu periódico o que me invitaras a tu partido”. Tampoco ser sectario si nos responden que no. Seguimos tan fraternales como siempre y, una vez por mes, le volvemos a insistir: “¿Estás seguro de que no querés entrar al partido?” Es fundamental crear estos reflejos antioportunistas y antisectarios en el partido. El reflejo de que, con cualquiera que hablemos nos presentamos como del MAS y le ofrecemos el periódico. Todo el mundo tiene que saber que somos del MAS y que lo queremos ganar para el MAS. Hace poco hubo una gran huelga donde el partido participó con todo y la dirigió. Durante toda la huelga desaprovechamos la reunión permanente de los obreros en la olla popular y no hicimos propaganda, cursos y charlas del partido. No había nadie que dijera: “Compañeros, el que los está apoyando con todo es mí partido, estoy hablando en nombre de mi partido, propongo que entren a mi partido”. El compañero de dirección que iba empezó a dar cursos y charlas pero aparecía como algo misteriosísimo: todo el mundo sabía que era del MAS, pero el único que no decía que era del MAS era él. Discutimos y le dijimos: “Se capta… captando”. Al día siguiente, en el curso dijo: “Vean compañeros, yo estoy dando cursos porque soy del MAS y el plan que tengo, francamente, es captarlos a todos ustedes para mi partido cuando estemos terminando el curso”. La respuesta fue: “Hace tiempo que esperábamos esto”… Esa fue la primera captación grande que hicimos en los últimos tiempos. Tenemos que lograr ese reflejo, como el PC o el PI, que lo primero que hacen es preguntar: “¿Estás afiliado? ¿No? Entonces, afiliate”. El stalinismo agrega: “Vení al local, reunite con nosotros”. Tenemos que tener esa misma obsesión: ganar para el partido.

Para eso hay que ser hábiles. Lograr que la gente nos tenga confianza, se sienta cómoda con nosotros. No ser cargosos. No ponernos imperativos. Porque es muy frecuente que primero somos muy tímidos para plantear la captación y, una vez que se la planteamos, lo empezamos a perseguir. No tratamos de ver si de verdad quiere entrar o no al partido, si quiere o no quiere hacer algo por el partido. Muchas veces compañeros no entran o se van del partido porque los cargoseamos más que los evangelistas. No nota que nosotros obramos según lo que él quiere hacer y lo que él piensa, no según lo que queremos y pensamos nosotros. Al que no está convencido de que no hay que pagar la deuda le discutimos y discutimos. Deberíamos hacer al revés: busquemos otro tema; por ahí entra por los derechos humanos, o para voltear a la burocracia, o porque ve que peleamos contra Alfonsín y él odia a Alfonsín porque es gorila. Y puede ser un gran compañero del partido aunque por un tiempo nos hinche en todas las reuniones con que hay que pagar la deuda porque las deudas son una cuestión de honor. Hay muchos compañeros que no quieren venir al partido o a sus reuniones. Como nos respetan o son amigos nuestros, nos dan vueltas y vueltas para no decirnos que no.

En el fondo, esperan que les digamos que si no quieren venir, no vengan y seguimos siendo tan amigos y tan compañeros como siempre. Eso tampoco lo sabemos hacer. Siempre nos vamos a uno de los dos polos: o tenemos un miedo bárbaro de decirles que entren al partido o los cargoseamos en forma insoportable para que entren. Lo otro que no sabemos hacer es captar en grupo. Cuando entramos en contacto con un grupo también nos vamos a los extremos: o queremos ganarlos de a uno, individualmente, o nunca le planteamos al grupo en su conjunto que entre el partido, o cometemos los dos errores al mismo tiempo.

Si queremos captar individualmente de un grupo, por ejemplo de 5 o 6 obreros que se reúnen con nosotros a la salida de una fábrica y nos compran el periódico porque ven que los apoyamos contra la patronal y la burocracia, destruimos el grupo. Ganamos a uno pero el grupo se divide. Tarde o temprano, los demás se enteran de que uno de ellos se reúne por separado con el partido. No entienden por qué. Empieza la desconfianza. “¿Por qué no nos invitan a todos? ¿Por qué se reúnen a nuestras espaldas? ¿No nos querrán utilizar sin que nos demos cuenta?” Con ese clima ya no podemos captar a nadie. Pero muy frecuentemente nos vamos al otro extremo: por temor a perder, no nos tiramos a captar a todo el grupo. Pensamos: “Si lo planteo ahora, de los 5 ó 6 compañeros sólo van a aceptar dos o tres. Mejor espero un tiempo más, hasta que todos estén maduros”. Muchas veces perdemos a todos.
Nosotros aprendimos de los compañeros norteamericanos del Socialist Workers Party que nunca se gana sin perder. (¡Miren la importancia que tiene una Internacional!: entre otras cosas se aprende mucho.) Hay una oportunidad para captar, como para cualquier otra cosa. Toda persona y todo grupo humano tiene un proceso: si viene hacia nosotros y no los agarramos a tiempo, se van o, excepcionalmente, quedan girando en el vacío. Pero dentro del grupo, no todos tienen la misma dinámica ni maduran al mismo tiempo para ser captados. Tenemos que tener el coraje, la serenidad de saber que, cuando le planteamos al grupo que los queremos captar, algo vamos a perder. Si tenemos un grupo de cinco compañeros, elegimos el momento de plantearles la entrada al partido y nos decimos: “Hay cinco. Planteo que entren al partido. Si pierdo sólo uno, es excelente. Si pierdo dos, es bueno. Si pierdo tres ya es malo, pero peor es nada; ganar sólo dos no es un desastre. Terminó el problema: voy a definir la situación”. Después, con tranquilidad, tenemos que hacer un balance para aprender. Queríamos ganar cuatro y sólo ganamos dos. ¿Por qué? ¿Nos apuramos? ¿Dejamos pasar el mejor momento y lo planteamos demasiado tarde? ¿Teníamos mal caracterizados a los compañeros? ¿No hicimos bien el trabajo político? ¿Eran sólo relaciones sindicales o de amistad? Etcétera. Así aprendemos y la próxima vez nos va a ir mejor.

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Em Português:

Um Grande Obstáculo: Nosso Sectarismo

Para avançar pelo caminho que nos propomos, temos um grande obstáculo: nosso sectarismo. Nosso partido nem sempre foi sectário. Fomos nos começos, quando éramos um grupo minúsculo, porém, tendo ido para a classe operária aprendemos e superamos o sectarismo. A partir de então, até a construção do PRT (La Verdad), tivemos outros desvios. Por exemplo, éramos obreiristas e não dávamos importância ao trabalho sobre o estudantado, limitando muitíssimo nossas possibilidades de ganhar intelectuais revolucionários para multiplicar a formação de quadros.
O sectarismo começa quando o partido torna-se grande, como o PST, que se nutre fundamentalmente da vanguarda estudantil que lutou contra Ongania e, depois, já com centenas e até milhares, com o que surge depois do Cordobazo e com as eleições de 1973. A partir de 1973 ou 1974 descobrimos uma lei infernal: quanto mais crescíamos mais sectários nos tornávamos.
Tínhamos lido marxistas prudentes que falavam da totalidade que era a social-democracia alemã, para explicar porque não se devia romper com ela ou havia muitos militantes que não queriam romper com ela. A social-democracia alemã era um micromundo, que obtinha milhões de votos, tinha teatros, clubes, sindicatos, bailes, bibliotecas, clubes de libertação sexual. Dentro dela havia respostas para quase todas as inquietações e necessidades que poderia ter uma pessoa. Aqui também o socialismo, o anarquismo e o estalinismo eram micromundos em suas épocas de esplendor. Tinham orfeões (quer dizer, conjuntos musicais e coros), além de clubes e bibliotecas.
Estes micromundos estão imersos no verdadeiro mundo, a sociedade capitalista, horrorosa, hostil. A vida dentro deles e muito mais linda que fora: parece que se conseguiu o socialismo agora. Forma-se uma tendência centrípeta: quer-se viver dentro do partido.

É uma tendência desgraçada: acreditar que já está solucionado tudo quando não se solucionou nada, já que a sociedade capitalista continua aí, vivinha e serpenteando, preparada para destruir com um bote o micromundo. Isto foi o que se passou com a social-democracia alemã: Hitler a destruiu, e seus clubes, bibliotecas e sindicatos.
Esta tendência surgiu entre nós quando fizemos um partido de vários milhares. Dentro do partido os companheiros encontravam um micromundo, uma ilhota socialista no oceano capitalista. Isto é parcialmente certo: temos uma moral diferente e relações humanas livres, solidárias e fraternais, diametralmente opostas às que se dão fora do partido. Se um moço e uma moça se gostam, podem relacionar-se franca e diretamente, sem passar por todos esses trâmites hipócritas que exige a pseudo-moral burguesa. Se há companheiros em greve ou sem trabalho, o partido e os militantes são solidários com eles…

Isto empurra para viver dentro do partido e não sair ao mundo “hostil”, não fraternal. Começaram a gostar mais das reuniões do que da luta de classes. Usamos uma linguagem própria, que ninguém entende a não ser que tenha no mínimo vários meses de partido. É muito comum, por exemplo, que em reuniões onde há companheiros novinhos, digamos “estrutura” em vez de local de trabalho, estudo ou moradia. Preferimos uma festa do partido a uma beleza de baile de bairro operário. Preferimos conversar com companheiros do partido e não com operários de fora. E mil exemplos mais.

Pior, não somos a social-democracia alemã. Ser sectário de um partido de milhões de votos e dezenas de milhares de ativistas é grave, porém muito mais compreensível. Porém, ser sectários de um partido com uns poucos milhares e que, no entanto, não tem influência de massas, é uma tragédia. E cada vez que ganhávamos 500 militantes novos, havia um novo empurrão sectário. Em vez de continuar crescendo, nos púnhamos a viver para dentro e fazer dos 500 novos companheiros, 500 novos sectários.

O sectarismo manifesta-se, como já vimos antes, na forma administrativa de localizar e dar tarefas aos quadros e militantes. Não os localizamos considerando suas relações com a sociedade e a luta de classes, quer dizer, respondendo à pergunta: O que este companheiro pode fazer em sua fábrica, bairro ou colégio? Localizamo-lo em função do que supomos ser os objetivos votados pela direção: todos para piquetear fabricas, por exemplo.

Porém, isso também se expressa em nossas relações com os fenômenos e correntes políticas que ocorrem na sociedade. Por culpa desta tendência sectária não pudemos fazer um trabalho forte, intenso, sobre os milhares de novos dirigentes operários e estudantis, honestos e extraordinariamente combativos que se nucleavam na JTP, os Montoneros e o classismo na etapa anterior. Para nós, tudo o que não fosse do partido ou não nos desse razão de cara era um pequeno burguês, contra-revolucionário, nosso inimigo e da classe operária. São muito poucos os companheiros que podemos ganhar para nosso partido desses milhares de lutadores de vanguarda. Mais ainda, este balanço não deve ocultar-nos a razão decisiva do nosso fracasso: a arrasadora força do peronismo.

Esta tendência sectária volta a se manifestar agora, à medida que crescemos. Tem sido muito difícil fazer com que os companheiros tomem com entusiasmo o trabalho de ir ao PI, ao PC, Franja Morada. Não passa pela nossa cabeça que o partido socialista revolucionário que já tem alguma força, como nós, deva ter militantes em todas as outras organizações. E, se abrimos o diálogo com alguém de outra organização, desesperamo-nos para ganhá-lo rápida e individualmente, qualificando-o duramente se não conseguimos. Em vez de deixá-lo amadurecer, tratá-lo com respeito e respeitar seu próprio ritmo de desenvolvimento. Temos que combater esta tendência sectária. Se não a vencermos, o partido estanca e acaba retrocedendo.

A luta contra o sectarismo é impossível se não temos uma segurança e confiança absolutas em nossas posições e em nossa classe. Se nossas posições são corretas e se é certa a frase de Marx: “A libertação dos trabalhadores será obra dos próprios trabalhadores”, temos que saber que a maioria dos companheiros dos outros partidos com que tratamos em nossa atividade diária, cedo ou tarde vão ser do nosso partido. Todo operário, todo assalariado, todo estudante plebeu ou com inquietações progressivas virá ou, no mínimo, pode vir para o nosso partido. Se não vier em um mês, será dentro de um ano, de dois, de três… No final do caminho vamos nos encontrar, por que o caminho é o nosso partido. É o que, no fundo, todos eles, com maior ou menor consciência, estão buscando e querem percorrer.

Não estamos falando dos velhos quadros esclerosados nos aparatos estalinistas ou sindicais, ou na imundície do aparato peronista ou radical. Esses já têm interesses próprios, que se medem na maioria dos casos, em pesos ou em dólares. Porém, sim, falamos daqueles que simpatizam com eles e são militantes ou quadros médios deles, porque acreditam honestamente que assim lutam contra o imperialismo e a oligarquia, ou pelas liberdades democráticas e contra os genocidas, ou pela melhoria
do nível de vida dos trabalhadores, ou inclusive, pelo socialismo. Alguns, inclusive, poderiam estar em nosso partido, porém não nos vêem como perspectiva porque somos pequenos, conseguimos poucos votos, não somos apoiados por nenhum Estado Operário…

Nosso partido tem tudo em comum com estes companheiros. Queremos a mesma coisa que eles. Não os consideramos nossos inimigos porque estão com outra organização (ou porque são antipartidos). Inimigos nossos, da classe operária e da revolução são seus partidos e dirigentes, não eles. Eles são nossos companheiros de luta.

Imaginemos um pequeno-burguês estalinista, cheio de inquietações. Está no PC porque acredita que é o melhor partido de esquerda, aquele que está mais à esquerda. Ou então já considera que não está tão à esquerda, porém acredita que é o único que pode conseguir resultados positivos. Ou está ali por que o PC é ó único que pode alcançar resultados positivos. Se temos confiança em nossa classe, em nossos companheiros de luta, para nós esse pequeno-burguês estalinista é formidável. É um firme candidato a militar conosco em nosso partido, uma vez que faça a experiência com o seu… Sempre e quando não formos sectários com ele.

O que discutiria um sectário? Que o estalinismo traiu a revolução espanhola, que o PC argentino foi sócio de Videla, que Victor Manuel III, rei da Itália, concedeu a ordem da Annunziata para Stalin, que Stalin traiu a revolução chinesa. Esse pequeno-burguês não sabe nem quem é Victor Manuel nem Chiang Kai Shek. Da guerra civil espanhola só conhece as canções. E sobre a política do PC frente a Videla não está convencido de que tenha sido assim, porque senão já teria rompido com ele.
Um não sectário começaria por ter relações políticas claras, porém fraternais e proporia a unidade de ação. Claridade: estamos totalmente em desacordo quanto à política de sua direção. Fraternidade: somos lutadores da classe operária e para mim você é um companheiro de luta. Unidade de ação: no que podemos trabalhar juntos? Façamos juntos alguma coisa pela Nicarágua? Apoiemos juntos uma greve? Lutemos juntos contra a expulsão desse seu companheiro secundarista que expulsaram da escola porque vendia “Qué Pasa”?

Se vamos como sectários, esse “pebê” nos julgará como um pedante, patife, que não o ganhamos para nada, que somos discutidores, que queremos ganhar discussões (o que seria verdade nesse caso). É um grave defeito. Nunca um socialista revolucionário dá a impressão de que quer ganhar a discussão. Sempre procura demonstrar que quer acordos práticos para fazer algo para que avance o movimento operário e de massas.

Porém, para fazer isso é preciso ter confiança nesse “pebê” estalinista. Dizer para nós mesmos: “Que beleza de pebê! Os estalinistas ganharam-no, mas eu vou ser mais hábil do que eles!”. Não nos enojamos, não o trituramos na polêmica. Discutimos sim, permanentemente, porém sobre as propostas de ação comum. Cedo ou tarde o processo histórico vai a nosso favor e vai trazer o “pebê” estalinista para nossas fileiras.

Nem falemos quão terrível pode ser o sectarismo se, em vez de tratar-se de um militante, saímos a polemizar para ganhar a discussão com as centenas de milhares de operários de base peronista, as centenas de milhares de operários alfonsinistas, simpatizantes do PC ou do IMP com quem dialogamos em nossa atividade diária.

A Captação e o Perigo Oportunista

Só superando o sectarismo triunfaremos naquilo que, em termos gerais, é a grande tarefa que nos propusemos: captar para o partido. A outra face do sectarismo é o oportunismo: não nos apresentamos frente a todo mundo como do MAS. Apenas o fazemos quando o companheiro já está próximo do partido. Se é de outro partido ou nos diz que não quer saber nada dos partidos, não discutimos política e caímos em relações confusas, pouco claras ou diretamente desviadoras. Por exemplo, se é ativista sindical só tratamos de sindicalismo com ele. Assim não podemos captar.
Como captar? Simplesmente assim: a toda pessoa que se quer captar, diz-se: “Olhe, quero que entre para o partido”. Em qualquer lugar que vamos, nem bem cumprimentamos, dizemos: “Sou do MAS”. Não devemos ter vergonha de dizer que somos do MAS, nem de oferecer o jornal, nem de pedir dinheiro para o partido. Muitos, para nossa surpresa, nos responderão: “Isso é o que eu estava esperando, que me oferecesse teu jornal ou me convidasse para teu partido”. Tampouco ser sectários se nos respondem que não. Continuamos tão fraternais como sempre e, uma vez por mês, tornamos a insistir: “Você está seguro de que não quer entrar no partido?”

É fundamental criar estes reflexos antioportunistas e anti-sectários no partido. O reflexo de que, com qualquer um que falemos, nos apresentemos como do MAS, oferecendo-lhe o jornal.

Todo mundo tem que saber que somos do MAS e que queremos ganha-lo para o MAS.
Recentemente houve uma grande greve onde o partido participou com tudo e dirigiu. Durante toda a greve não aproveitamos a reunião permanente dos operários na “onda popular” e não fizemos propaganda, cursos e palestras sobre o partido. Não havia ninguém que dissesse: “Companheiros, quem está apoiando vocês com tudo é o meu partido, estou falando em nome do meu partido, propondo que entrem para o meu partido”. O companheiro da direção que foi para lá começou a dar cursos e palestras, porém aparecia como algo misteriosíssimo: todo mundo sabia que ele era do MAS, porém o único que não dizia que era do MAS era ele.

Discutimos e lhe dissemos: “Capta-se… captando”. No dia seguinte, no curso, ele disse: “Bem, companheiros, eu estou dando cursos porque sou do MAS e o plano que tenho, francamente, é captá-los a todos para o meu partido quando terminarmos o curso”. A resposta foi: “Faz tempo que esperávamos isto…” Essa foi a primeira captação em grande escala que fizemos nos últimos tempos.

Temos que conseguir esse reflexo, como o PC ou o PI, que o que fazem primeiro é perguntar: “Está filiado? Não? Então, filie-se”. O estalinismo acrescenta: “Venha até nossa sede, reúna-se conosco”. Temos que ter essa mesma obsessão: ganhar para o partido.

Para isso é preciso sermos hábeis. Conseguir que as pessoas tenham confiança em nós, sintam-se confortáveis conosco. Não ser pesados. Não dar ordens. Porque é muito freqüente que de início sejamos tímidos para colocar a captação e, uma vez que a colocamos, começamos a perseguir. Não procuramos ver se quer ou não entrar, de verdade, para o partido, se quer ou não fazer algo pelo partido. Muitas vezes os companheiros não entram ou se afastam do partido porque os incomodamos mais do que evangelistas. Não perceber que nós trabalhamos segundo o que ele quer fazer e o que ele pensa, não segundo o que queremos e o que pensamos.

Aquele que não está convencido de que não temos que pagar a dívida externa discutimos e discutimos. Deveríamos, ao contrário, buscar outro tema, como os direitos humanos, ou como derrubar a burocracia, ou porque lutamos contra Alfonsin e ele odeia Alfonsin porque é “gorila”. E pode vir a ser um grande companheiro do partido, ainda que por algum tempo nos encha o saco em todas as reuniões sobre a necessidade de pagar a dívida porque dívidas são questão de honra.

Há muitos companheiros que não querem vir ao partido ou às suas reuniões. Como nos respeitam ou são nossos amigos, dão voltas e voltas para nos dizer não. No fundo, esperam que digamos que se não querem vir que não venham e continuamos sendo amigos e companheiros como sempre. Nem isso sabemos fazer. Sempre vamos para um dos pólos: ou temos um medo bárbaro de dizer-lhes que entrem para o partido ou os incomodamos de forma insuportável para que entrem.

O que também não sabemos fazer é captar em grupo. Quando entramos em contato com um grupo também vamos aos extremos: ou queremos ganha-los um a um, individualmente, ou nunca colocamos para o grupo, em conjunto, que entre para o partido, ou cometemos os dois erros ao mesmo tempo.

Se queremos captar individualmente um grupo, por exemplo, de cinco ou seis operários que se reúnem conosco à saída de uma fábrica e compram nosso jornal porque vêem que os apoiamos contra a patronal e a burocracia, destruímos o grupo. Ganhamos um, mas o grupo se divide. Cedo ou tarde, os demais inteiram-se de que um deles se reúne em separado com o partido. Não entendem porque. Começa a desconfiança. “Por que não nos convidaram todos? Por que se reúnem às nossas costas? Não nos queriam utilizar sem que nos déssemos conta?” Com esse clima já não podemos captar ninguém?

Porém, muito freqüentemente, vamos ao outro extremo: por temor de perder não nos jogamos para captar todo o grupo. Pensamos: “Se coloco agora, dos cinco ou seis companheiros só vou captar dois ou três. Melhor esperar mais tempo, até que todos estejam maduros”. Muitas vezes perdemos todos.

Nós aprendemos com os companheiros norte-americanos do Socialist Workers Party que nunca se ganha sem perder (vejam a importância que tem uma Internacional!: entre outras coisas, aprende-se muito). Há uma oportunidade para captar, como para qualquer outra coisa. Toda pessoa e todo grupo humano tem um processo: se vêm para nós e não os agarramos a tempo, vão-se embora. Excepcionalmente, ficam girando no vazio. Porém, dentro do grupo nem todos têm a mesma dinâmica, nem amadurecem ao mesmo tempo para ser captados. Temos que ter a coragem, a serenidade de saber que quando colocamos ao grupo que os queremos captar, algo vamos perder.

Se temos um grupo de cinco companheiros, elegemos o momento de colocar a entrada para o partido e dizemos para nós mesmos: “Há cinco. Chamamos para entrar para nosso partido. Se perco um, é excelente. Se perco dois, é bom. Se perco três, é ruim, porém pior é nada; ganhar apenas dois não é um desastre. Terminou o problema: vou definir a situação”. Depois, com tranqüilidade, temos que fazer um balanço para aprender. Queríamos ganhar quatro e só ganhamos dois. Por que? Fomos apressados? Deixamos passar o melhor momento e convidamos tarde demais? Tínhamos uma caracterização errada dos companheiros? Não fizemos bem o trabalho político? Eram apenas relações de amizade ou sindicais? Etc. Assim, aprendemos, e na próxima vez será melhor.