China y América Latina: alianza estratégica soberana o profundización de la dependencia?

Por Maycon Bezerra

CASTELLANO

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1 – Qué es China hoy?

Una de las cuestiones más importantes a ser abordadas correctamente por la izquierda socialista en nuestros  días es la que se refiere al carácter de la sociedad y del  Estado chino contemporáneo. Esa cuestión es importante no solo por lo que significa en sí mismo, o sea, la correcta caracterización de lo que es el país con mayor población del planeta y con un papel económico y político creciente en el mundo. Desde el punto de vista de la izquierda socialista latinoamericana, esa correcta caracterización de China y de su papel en la economía y en la geopolítica global es de especial importancia por la presencia, nada discreta, de sus capitales y de su influencia diplomática en nuestra  región.

Si bien todavía hay quienes ven en la China de hoy la nación revolucionaria de otros días, tal vez haciendo un “un gran salto” para llegar al socialismo, o cultivando  un extraño “socialismo de mercado”, que produce grandes capitalistas en todas partes y los incorpora a la conducción del Estado, mientras somete a cientos de millones de personas a degradantes condiciones de trabajo; el hecho es que el gigante chino – a partir de una trayectoria histórica peculiar – se ha convertido en una potencia capitalista “sui generis”, con una clara vocación neo-imperialista

La grandiosa revolución social de 1949 barrió del escenario histórico chino,  tanto la dominación directa de los intereses imperialistas europeos, estadounidenses y japoneses, como la supremacía de sus aliados internos: la oligarquía rural y la burguesía urbana. A partir de 1949 son las masas populares chinas que irrumpen en el escenario histórico, proporcionando la base para la construcción de un nuevo Estado, una nueva economía y una nueva sociedad. La eliminación de las viejas clases dominantes se debe tomar como punto de partida para entender lo que es la China de hoy.

La guerra popular prolongada que llevó al Partido Comunista de China al poder sentó las bases de este nuevo estado, nacionalmente integrado, que expresaba el triunfo de una poderosa revolución socialista agraria, impulsada por el campesinado pobre contra la burguesía rural, el feudalismo y la dominación imperialista de varios imperialismos, combinados y rivales. Con un proletariado urbano bastante incipiente, que no asumió un papel destacado en esa etapa del proceso revolucionario, cupo a ese campesinado llevar la lucha hacia adelante y más allá de los límites democrático-burguesas inicialmente defendidas por Mao Tse-Tung y el PC chino, que estaban bajo la orientación ideológica del “etapismo” estalinista.

Habiendo la revolución china desarrollado a partir del campo, y a partir de la guerra de guerrillas campesina, que no tuvo medios para establecer sus órganos democráticos de poder revolucionario más allá del nivel local, cayó en el  Ejército de Liberación Popular y en el Partido Comunista (rígidamente jerarquizado y disciplinado) la tarea de integrar y consolidar el nuevo poder a nivel provincial y nacional. De acuerdo con el trotskista argentino Nahuel Moreno, es en esas circunstancias que se desarrolla el carácter burocrático del nuevo Estado, privado del control que podría de otra forma ser ejercido por los organismos de la democracia popular revolucionaria, como los Soviets de la experiencia rusa. Sin embargo, incluso burocratizados y  expresando una forma de bonapartismo que equilibra las tensiones y contradicciones establecidas entre las diferentes clases y fracciones de clase de la nueva sociedad china (campesinado pobre y rico, pequeña y mediana burguesía urbana,  proletariado), el ascenso revolucionario internacional post II Guerra Mundial, el asedio imperialista de los Estados Unidos y la presión interna del campesino pobre llevó al proceso revolucionario a expropiar la gran burguesía y afirmar un nítido contenido socialista..

Las contradicciones de clase que sobrevivían y se agravarían con la aceleración de la urbanización y la industrialización, posibilitadas por la planificación de la economía, reforzaron el carácter bonapartista del Estado, empeñado en equilibrar tensiones cada vez más poderosas. El punto más alto de esas tensiones fue la “Revolución Cultural”, que en la segunda mitad de la década de 1960, expresó – aunque de una manera distorsionada – la insatisfacción revolucionaria de millones de estudiantes, obreros y campesinos, bajo el liderazgo de Mao Tse-Tung contra la mayor parte del aparato burocrático, del cual él formaba parte. Esa mayoría, crecientemente  privilegiada y conservadora, era hostil a la dirección maoísta del partido-Estado, que por lo tanto, reaccionó. Esa crisis revolucionaria que prácticamente desmanteló la burocracia dominante, convulsionó el país de arriba hacia abajo, tomando la forma de guerras civiles locales y regionales.

La desorganización social y los excesos de violencia producidos en el ámbito de la “Revolución Cultural” abrieron paso a la contrarrevolución burocrática, apuntando en el sentido de la restauración capitalista. Eso ocurrió porque el liderazgo maoísta no podría imprimir una dirección consecuente al proceso revolucionario de democracia socialista sin corroer las bases de su propia aspiración a la supremacía en el partido-Estado. El Ejército, que fue la única institución estatal que salió intacta de la “Revolución Cultural”, sirvió de pivote para la reconstrucción del aparato burocrático y la restauración del orden, en un sentido claramente contrarrevolucionario.

Sin profundizar el debate a respeto de los zigzags asumidos por la dirección política china, en sus errores y aciertos, éxitos significativos y crímenes trágicos, el hecho es que la consolidación dictatorial de la burocracia del PC chino sobre el conjunto de los trabajadores y de la sociedad hizo del Partido-Estado el único polo de poder legítimo y efectivo en el país. La masacre de la Plaza Tianamen en 1989, fue el aviso de esa burocracia china para dejar en claro que la restauración capitalista, iniciada aún al final de los años 70´, por Deng Xiaoping, sería llevada adelante con mano de hierro de la cúpula del régimen. La divergencia y el cuestionamiento no serían tolerados.

En tales condiciones, el Estado chino fue capaz de asumir la conducción de la restauración capitalista, hasta ahora, bajo la imposición de una férrea disciplina al conjunto de la sociedad; una planificación estricta y una indiscutible capacidad de dirección de las inversiones y prioridades socioeconómicas. Como destaca Jaime Osorio, ese cuadro general es el que permite comprender la aterradora velocidad y pujanza del desarrollo capitalista chino y, en medio a sus contradicciones, la afirmación de su carácter nacional autónomo.[1]

Basado en un capitalismo burocrático, cuyo centro consiste en la articulación de las empresas transnacionales de EEUU, Europa y Japón con las 159 gigantescas corporaciones estatales más importantes del país dirigidas por el gobierno central /[2](entre las más de 100 mil empresas estatales en actividad en el país/[3]), y con el gran capital privado chino en el interior y en el exterior (especialmente, en Hong Kong y Taiwan), el desarrollo chino asume una característica particular responsable de su dinámica espantosa: la combinación de la producción endógena de alta tecnología con a super-exploración de la fuerza de trabajo del país. Es esa combinación, ausente tanto en los países centrales como en la periferia capitalista dependiente, la que responde  por las permanentes ganancias de productividad y por el elevado nivel de acumulación de capital que posibilita.

Aún de acuerdo con Jaime Osorio, es importante no perder de vista que es el control impuesto a la economía y a la sociedad por la supremacía de la burocracia del Partido-Estado que sostiene el “milagro chino”. El control estatal del sistema financiero y de los sectores estratégicos de la economía permite a la burocracia dirigente, cada vez más fundida con la gran burguesía monopolista, dirigir las inversiones del capital nacional y, principalmente transnacional, en el sentido de la acumulación acelerada. Valiéndose para tanto de un recurso estratégico privilegiado: una mano de obra muy abundante a ser super-explotada /[4]. Fue el estímulo a la inversión privada de capital en el campo; la creación de las Zonas Económicas Especiales en la región del litoral, vueltas a la inversión de las empresas transnacionales (en asociación con empresas chinas) para la producción exportadora; y el estímulo a la inversión extranjera asociado al nacional (privado y estatal) también en la producción de alta tecnología, que formó el tripode sobre lo cual fue montado ése presunto “milagro chino”.

Tal modelo económico empezó a ser organizado, en su característica actual, a partir desde finales de los años 1980, con base en la lógica de la “plataforma de exportación”, similar  a lo que fue adoptado por Japón de la post guerra y por Corea del Sur y Taiwan (bajo supervisión y apoyo del imperialismo estadounidense), desde los años 70´. El bajo costo de la fuerza de trabajo, la elevada productividad y la desvalorización cambiaria (dirigida por el gobierno), permitieron que China acumulase un creciente superávit en la balanza comercial y en el balance de pagos. Ese saldo comercial y financiero positivos, producidos por una economía en la cual las exportaciones ocuparon un lugar creciente en la formación del PIB hasta 2006 (cuando llegó a más del 39%) para caer, después de la crisis internacional, al 30% del PIB en 2010, permitió que China financiase al resto del mundo y a EEUU, en particular, acumulando reservas internacionales que llegaron a sobrepasar los US$ 2 billones, en 2012.

En esa trayectoria, China pasó a depender fuertemente del mercado consumidor de EEUU y de Europa, así como de las materias primas, insumos energéticos y bienes  alimenticios importados, que no podía producir en la medida de las necesidades de una economía cuyo ritmo de crecimiento fue de más del 10% al año (entre 1980 2010[5]). Con la eclosión de la crisis financiera internacional de 2007/2008, y el impacto que ejerció sobre los mercados consumidores de los países centrales, China sintió fuertemente el golpe. En 2009 la producción industrial cayó en casi 21%, el desempleo si propago en las provincias exportadoras costeñas y alcanzó la media del 9% en el país, muchas empresas quebraron y cerraron. Se puso clara la fragilidad del modelo exportador chino en un período de inestabilidad y bajo crecimiento, como el que se abrió[6].

Delante de ese cuadro, el gobierno chino inició una reorientación parcial de su modelo económico, que fue confirmada en el XII Plan Quinquenal aprobado en la Asamblea Popular Nacional de China, en 2011. El centro de esa reorientación consistió en un parcial desacoplamiento de la producción china de la dependencia con relación al mercado consumidor de EEUU, en franco estancamiento. En ese sentido, se pasó al fortalecimiento del mercado interno chino, basado en un incremento de la masa salarial; a un intensivo desarrollo científico y tecnológico, de modo a recalificar las exportaciones del país, apuntando en el sentido de las “nuevas industrias estratégicas” (biotecnología, trenes de alta velocidad, satélites, “fábricas inteligentes” etc.); y operando una reducción del nivel de crecimiento económico para un nivel del 7% al año /[7].

De modo complementario, el gobierno chino pasó a fortalecer la posición del país en el ámbito financiero propiamente dicho. No solo convirtió a Shangai en un centro financiero internacional y Hong Kong en un centro financiero off shore, para negociar los títulos del propio Estado chino, como vienen fortaleciendo su posición de abastecedor de crédito internacional a través de iniciativas como la reciente creación del Banco Asiático de Infraestructura e Inversión (BAII) que, contra los intereses de Washington, contó con la adhesión no solo de los países del entorno chino y de muchos importantes países de la periferia (como Brasil, por ejemplo), sino o también de Alemania, Francia y Gran Bretaña, en una clara iniciativa de concurrencia con organismos como el Banco Mundial y el FMI /[8].

El gigantesca acumulación de reservas financieras en dólares por parte de China, que estuvieron bajo riesgo en el auge de la crisis financiera de EEUU en 2008, ha sido empleado, de modo sistemático, en una estrategia agresiva centrada en garantizar, simultáneamente, el fortalecimiento de la posición china en la economía y en la geopolítica global y la reducción de la interdependencia económica con relación a EEUU, no solo en el aspecto comercial, sino también en lo que se refiere a la financiación de la deuda estadounidense. La compra de tierras agrícolas y campos de extracción mineral alrededor del mundo, así como la inversión en la infraestructura necesaria al pleno desarrollo de las actividades económica asociadas, han sido el destino de gran parte de esas divisas anteriormente acumuladas. El fortalecimiento de la posición china, resultante de esa estrategia, es claramente perceptible en el aumento de la presencia del Yuan en los mercados internacionales.

En conjunto, eso significa que la contrarrevolución burocrática, que inició la restauración capitalista en China aún en la década de 1970, o sea, bien antes de lo que se realizó en la Ex Unión Soviética y en los países del este europeo, dio como fruto maduro el desarrollo de una potencia capitalista, aunque todavía “sui generis”. Por sobre las ruinas de las estructuras de poder de las viejas clases dominantes chinas, aliadas a los imperialismos occidentales, y arrasadas por la revolución socialista, la alta burocracia fue capaz de erguir, después un largo proceso histórico (y sobre la deformación reaccionaria de la propia revolución), un poderoso capitalismo burocrático.

Se profundiza en China de hoy un compromiso elitista entre los altos estratos de la burocracia del gobierno y empresas estatales (a la cual Gérard Duménil llama como  “clase gerencial”) y los capitalistas propiamente dichos (nacionales y extranjeros), bajo la dirección de los primeros. El carácter de ese compromiso es complejo y se expresa en el proceso de “hibridizacion” entre propietarios de capital y alta burocracia, en el tope de la pirámide social china. Lo cierto es que esa indistinción social creciente entre propietarios de títulos que rinden ganancias y dividendos y altos gerentes que reciben suntuosas remuneraciones[9] ya se evidencia de modo muy explícito. Los llamados “príncipes rojos”, ligados por lazos de sangre o matrimonio a los miembros de la más alta burocracia partidaria y estatal china, envueltos directamente en la actividad económica privada, dejan en claro que ahí “no existe una muralla  China entre un burócrata y un burgués”, para usar las palabras de Pierre Rousset.

No es posible aún sacar conclusiones definitivas sobre el destino de ese compromiso por lo alto y de esa “hibridción” entre la alta burocracia y la clase capitalista en China, en especial en lo que se refiere a la estabilidad del arreglo que forma el modelo específico de desarrollo capitalista del país. El cierto es que, aún de acuerdo con Pierre Rousset, se trata de un proceso que avanza aceleradamente en la profundización de la “burguesificación” de la alta burocracia y, por otro lado, de la incorporación al mando burocrático de los grandes capitalistas. Es aún componente esencial de ese bloque de poder dominante, el capital privado chino instalado en Hong Kong, Taiwan y Singapur, heredero de las viejas clases dominantes chinas derrotadas en el continente por la revolución/[10].

Sin embargo, es importante registrar que hay tensión en ese compromiso. Esa tensión se vuelve visible en la intensificación de las disputas entre las diferentes facciones internas del PC Chino, principalmente en lo que se refiere al debate sobre los caminos a seguir para enfrentar la presente crisis internacional. Por otro lado, queda claro también que el presupuesto para la estabilidad relativa de ese arreglo elitista, constitutivo del capitalismo chino, es la contención de las demandas de las masas trabajadoras y la intensificación de la propia acumulación capitalista.  En ese sentido, la tensión apunta para una creciente fusión burocrático-capitalista en el tope.

Es la lucha de la gigantesca masa de trabajadores chinos contra la precariedad de su condición de vida, en especial, en el momento en el que la crisis económica internacional impone la desaceleración del crecimiento, con la presión negativa que eso ejerce sobre el nivel de empleo y renta, que constituye el mayor desafío colocado al orden socioeconómico establecido. A la disciplina impuesta coercitivamente, el bloque dominante agrega la estrategia de exportación en masa de fuerza de trabajo como medio de contener la presión obrera y popular.. La eficacia de esa estrategia acordada tendrá que ser acompañada, pero es cierto que parece estructuralmente débil delante del volumen de las contradicciones que se acumulan en la sociedad china.

2 – Proyecto geopolítico chino y América Latina

La caracterización adecuada del papel global de China contemporánea necesita partir de la comprensión de que no estamos hablando más de un país capitalista dependiente de la periferia del sistema, como lo son otros “gigantes” como Brasil, África del Sur o, en otra medida, India. Habiendo sepultado irreversiblemente la transición al socialismo, iniciada con la revolución de 1949, la burocracia china fue capaz de asumir la dirección y el control, tanto del sentido como del ritmo de la restauración y del desarrollo capitalista interno, del inicio al fin. Diferentemente de lo que aconteció en Rusia[11]. Eso permitió que China emergiese como una potencia capitalista, crecientemente dispuesta a contender la hegemonía internacional contra el imperialismo estadounidense, en un proyecto de largo plazo. Tan cierta como la incipiente de ese proceso de disputa hegemónica internacional de China es su tendencia al fortalecimiento.

Como sabemos, bajo el capitalismo dependiente, o sea, bajo la hegemonía del capital extranjero, el “desarrollo económico nacional” siempre promueve la reproducción ampliada de la dependencia: “el desarrollo del subdesarrollo”. Si ése es el caso, por ejemplo, de la trayectoria reciente de Brasil, no es el de China. Mientras el primero, en las dos últimas décadas, experimentó una acelerada modernización capitalista que desnacionalizó, desindustrializo y reprimarizó su economía. Haciendo de la inserción en la “globalización neoliberal”[12] una verdadera regresión que profundizó el carácter dependiente de la economía y de la sociedad brasileña[13], China viene acentuando la fuerza y la complejidad de su sector industrial, cada vez más avanzado desde el punto de vista tecnológico y bajo la dirección del segmento nacional estatal[14] y privado, todavía que fuertemente asociado y combinado al gran capital transnacional[15]

De esa manera, el desarrollo económico chino, asentado sobre la independencia así asegurada, y en función de su necesidad de expansión – determinada por la lógica propia de la acumulación capitalista – se encuentra en la base de un proyecto geopolítico y de una actividad concreta (política, diplomática, militar y económica) internacional que es compleja y requiere ir más allá de lo superficial al descubrimiento de su naturaleza. La faz más visible de ese proyecto y de esa actividad ha sido el llamado empuje al “multilateralismo” y, siguiendo algunos más entusiastas, una reconquista de la orientación “tercer-mundista” que China desarrolló desde mediados de la década de 1950 (en la Conferencia de Bandung, en  Indonesia) hasta su aproximación con EEUU, a mediados de los años 1970

La alegada agenda internacional “Sur-Sur” de China, expresada en el apoyo o en la vanguardia de iniciativas como el G-20 o el BRICS, mucho más que cualquier “cerco de la ciudad por el campo” (para usar una expresión del propio Mao Tsé-Tung), revela, en verdad, una estrategia de expansión del capitalismo burocrático chino. En los marcos de la creciente crisis de legitimidad de la supremacía estadounidense, agravada desde el gobierno Bush, y en los marcos de las dificultades económicas de la super-potencia, China se ha articulado a un conjunto de naciones económica y políticamente relevantes, aunque a nivel regional, para presionar el club restricto de los países centrales y ampliar la estructura institucional de la “gobernación global” de modo a ganar espacio.

La poderosa burguesía oligárquica rusa, con Putin adelante, se vale de ese arreglo para fortalecer también su independencia frente al imperialismo estadounidense y consolidar su proyecto nacional (reaccionario y proto-imperialista, es importante resaltar) fundado en el control de sus inmensas reservas de petróleo y gas y en su industria y capacidad bélica, principalmente. Por otro lado, la gran mayoría de los socios minoritarios del proyecto geopolítico chino, países de la periferia capitalista dependiente, participa en las nuevas disposiciones de las estructuras de poder del capitalismo global (en favor de China) más como “tropas de choque” en una estrategia exterior que, como beneficiaria real. Teniendo, al contrario, su condición dependiente afirmada y profundizada.

Obviamente que ese arreglo apenas fue posible en función de la creciente influencia económica china en el plano internacional.  Algunos sectores de la izquierda se reúsan a caracterizar como proto-imperialista o neo-imperialista la expansión de esa influencia porque estaría ausente el elemento de la fuerza y de la coerción, típicas de los imperialismos europeos, japonés y estadounidense en los siglos XIX y XX. Ésa rechazo, sin embargo, expresa el desconocimiento de dos elementos fundamentales para una correcta comprensión  de ese expansionismo chino: la política del país dirigida a su entorno más inmediato, en el este y sudeste asiático; y la utilización por el capitalismo burocrático chino de las estructuras de dependencia y subordinación de la periferia, previamente establecidas.

En cuanto al primero de esos elementos, la política agresiva de expansión económica china sobre países como Vietnam, Tailandia, Filipinas,  etc. tiene no solo reforzado – y duplicado – las cadenas de la dependencia y del subdesarrollo de sus vecinos, como ha impulsado también una escalada expansionista china en el ámbito político-militar, como viene destacando Pierre Rousset[16]. El Mar de China es tratado por el gobierno de Beijing como un “mar interior”, del cual pretende disponer casi exclusivamente. Ignorando la posición de Japón, Vietnam, Filipinas y otros países limítrofes, China no solo toma posesión y reivindica la totalidad de las islas Paracelso y Spratley, del Atolón de Scarborough y de las islas Senkaku/Diaoyu, como extiende su “mar territorial” en la región de modo de dejar a los países vecinos con parcelas diminutas. Para garantizar sus pretensiones, el gobierno chino viene montando estructuras militares en islas y archipiélagos deshabitados de la región, imponiendo una conquista de hecho.

La intransigencia amenazadora de los chinos frente a las protestas más vehementes de Japón y del Vietnam no se confunde con la crítica, legítima, contra la enorme presencia militar estadounidense en la región, aunque ésa sea la estrategia del discurso de Beijing. El gigantesco aparato militar chino es lo que viene garantizando su avance sobre las prerrogativas de los países vecinos. Por sí solo, esa realidad desmiente la tesis de que China sería esencialmente un “gigante gentil”. El desarrollo del capitalismo chino determina la necesidad de expansión territorial de su área económica y ésa, ar su vez, determina que la burocracia – cada vez más fundida al gran capital – se sirva de la máquina militar del Estado, y su poder de disuasión, como su garantía en última instancia. Tenemos ciertamente ahí “un imperialismo en construcción”, como en el título de un trabajo de Rousset[17].

En lo que refiere al avasallador crecimiento de la presencia e influencia económica, política y diplomática china, además de su entorno más inmediato, los datos son impresionantes. Volviendo la atención sólo para su relación con la periferia capitalista dependiente, foco de interés de este trabajo, es posible constatar que China es hoy el principal socio comercial de África[18] y llegará, en 2016, a la condición de segundo socio comercial de América Latina y Caribe, quedando atrás sólo de Estados Unidos[19]. Y esta relación se intensifica en una velocidad tremenda. El intercambio comercial con África que era del orden de US$ 10 mil millones en el año 2000, pasó para US$ 100 mil millones en el año 2011, y sigue aumentando[20].

Un tercio del petróleo consumido por China viene de África, principalmente de Angola, así como 20% del algodón consumido por su industria textil. Además de los cambios comerciales propiamente dichos, el capital chino ha avanzado sobre el terreno abandonado por la desinversión relativa estadounidense y europea. El volumen de su inversión directa (productiva) y financiera en el continente es enorme y creciente. No obstante, apunta en el sentido de expandir y consolidar el padrón inaugurado por los europeos, garantizando el intercambio de materias primas y recursos energéticos y alimentares por bienes industrializados. La inversión china se concentra en torno de la actividad extractivista de petróleo y otros recursos naturales esenciales para garantizar su modelo de desarrollo, viabilizando también su flujo y beneficiamiento primario. Las elevadas sumas destinadas a la compra de inmensas extensiones de tierra, yacimientos minerales, montaje de infraestructura y construcción de zonas industriales exportadoras[21], lejos de representar cualquier tipo de benevolencia, promueven la reproducción ampliada de la dependencia africana.

En consecuencia del carácter explotador de su presencia en el continente, de los métodos peculiarmente extremos de explotación del trabajo en sus empresas, y del gran flujo de trabajadores chinos inmigrados, un fuerte sentimiento anti-chino se expande por varios países africanos como acontece también en países del sudeste asiático. El tema del rechazo a esta presencia china es fuerte y ha pautado inclusive el debate político y electoral nacional en muchos países, llegando a conducir el Frente Patriótico de Zambia a la victoria en las elecciones presidenciales en el año 2011. Una vez en el poder, el grupo tuvo que retroceder en su retórica y subordinarse a los intereses chinos que controlan cerca del 20% del PBI del país[22]. Conflictos y explosiones de violencia, de intensidad variable, en torno del tema también ya salieron a luz.

Así como su relación económica con África, la interacción económica china con América Latina también se estructura en torno de un intercambio comercial asimétrico. Mientras esta última proporciona bienes primarios de bajo valor agregado, China exporta bienes industrializados, dotados de tecnología cada vez más avanzada (y crecientemente inaccesible a sus socios). No sólo la asimetría en los términos de intercambio es bastante considerable, también ha provocado consecuencias regresivas drásticas en las economías latinoamericanas, como el desmantelamiento de sus industrias nacionales de máquinas y equipamientos, incapaces de enfrentar la competencia china. Un problema sentido, principalmente, en países como Brasil en el cual se había llegado a avances considerables en esa área a lo largo del siglo XX[23].

Este comercio bilateral entre China y América Latina y Caribe sigue en una dinámica de crecimiento. El presidente chino Xi Jinping anunció, el último enero, la intención de doblar en los próximos años el valor del intercambio comercial China-CELAC (que reúne los países de la región), llegando a US$ 500 mil millones. Es importante registrar que el valor actual de este intercambio, que es de cerca de US$ 275 mil millones, partió de una base que era, en el año 2000, de apenas US$ 10 mil millones. Este fortalecimiento acelerado de China en el comercio con la región se explica, en primer lugar, por el hecho de que el gigante asiático ha sido uno de los principales actores y beneficiarios de la “globalización neoliberal”, al lado de los EEUU, su impulsor central. No se puede comprender el lugar acompañado por China en la economía mundial de hoy, sin llevar en consideración las ganancias que obtuvo con la liberalización y crecimiento exponencial del comercio y de los flujos de inversión internacionales en las últimas décadas.

Su conversión en “fábrica del mundo” no sólo viene abarrotando el mercado mundial con sus productos manufacturados, cuyo bajo precio relativo es garantizado por la compresión de los salarios reales de la clase trabajadora china; por las ganancias de productividad impuestos por la incorporación de la investigación tecnológica del país a la actividad industrial; y por el cambio administrado que mantiene desvalorizada la moneda china en relación al dólar. Sigue también atrayendo para el país una parte elevadísima del flujo internacional de inversiones productivas y financieras, canalizados estos por la burocracia dirigente, fundamentalmente para la producción (y no para la especulación, como en América Latina). Sin embargo, esto no explica todo.

El correcto encuadramiento del intercambio creciente de China con la economía latinoamericana y caribeña exige la comprensión del papel fundamental ejercido por la enorme – y también creciente – presencia de la inversión china en la región. Incluso si la inversión de naturaleza financiera ultrapasa en mucho cualquier inversión directa en la actividad productiva[24], la estructura y la característica de estos dos tipos de inversión revela una profunda complementariedad, prioritariamente para la consolidación y ampliación de la capacidad de que nuestras economías satisfagan la demanda china por energía, materias primas y alimentos. En ese aspecto, la perspectiva de China en relación a la región es esencialmente la misma que dirige al conjunto de la periferia capitalista dependiente.

Este flujo macizo de inversiones es centralizado en torno de la actividad extractivista (petrolera y mineral) y agroexportadora. En primer lugar, es preciso abordar la adquisición de vastísimas extensiones de tierra en toda América Latina y Caribe (así como en África y Australia, principalmente) por parte de los chinos. Estas operaciones expresan la acción combinada de fondos soberanos y conglomerados industriales de naturaleza estatal; de la administración directa del Estado, con vistas a la destinación de las elevadas reservas cambiales; y del capital privado, prioritariamente vía el establecimiento de joint ventures con empresas locales. Grandes corporaciones chinas, como Shangai Pengxin Group Co. Ltd. y COMPLANT, son la punta más visible de una intrincada tela de negocios en la cual, de la misma forma que China sirve de plataforma para la compra de tierras en América Latina para el capital estadounidense, europeo y árabe, el capital chino adquiere tierras aquí partiendo de otros países y regiones estratégicamente seleccionadas[25].

China se tornó el mayor comprador de tierras del mundo, totalizando cerca de 7 millones de hectáreas adquiridas en todo el mundo, siendo gran parte en nuestra región[26]. Así, viene contribuyendo decisivamente para la todavía mayor concentración de la propiedad de la tierra en América Latina, el vector más importante históricamente para la reproducción de nuestra dependencia y subdesarrollo. Además, viene combinándose al gran capital estadounidense, europeo y  a la gran burguesía latinoamericana para promover un salto cualitativo en el sentido de una profunda desnacionalización y financierización de la propiedad de la tierra, pero también del control sobre la actividad agroexportadora. Caracterizándose un avance del “desarrollo del subdesarrollo” representado por el latifundio latinoamericano.

En esta embestida, Argentina cumple un papel estratégico, no sólo por el avance del capital chino sobre su actividad agropecuaria, pero principalmente por la íntima asociación de China con el sector empresarial del “agronegocio” local, que convirtió el país en sede de gran parte de las operaciones de compra de tierras agrícolas en América del Sur. Los dispositivos de integración sudamericana, limitados y puestos bajo el control del capital, han servida a esa estrategia. Cuando no se apropia directamente de la tierra, el capital chino (pero no sólo él) promueve adquisiciones de empresas agroindustriales nacionales que subordinan así el trabajo de decenas de millares de pequeños agricultores dependientes.

Más que el “agronegocio”, el extractivismo petrolero y minerador de la región ha sido, sin lugar a dudas, el foco principal de las inversiones chinas. Según un estudio que reúne datos de 2010 a 2012[27], se revela el lugar de América Latina en la estrategia económica de China. En relación apenas a la inversión económica directa (no financiera), el cuadro es el que sigue: mientras que el montante de esta inversión en la región direccionado a la industria de transformación es de apenas 15% del total, contra 31% del total de la inversión china en el exterior direccionado a la misma actividad, el montante directamente invertido en el extractivismo es de 13% del total, contra 6% del total de la inversión externa china direccionada en este sentido. La mayor parte de esa inversión sigue, sin embargo, para actividades directa o indirectamente relacionadas con el desarrollo comercial bilateral, 61% del total, contra 37% del total de la inversión china en el exterior vuelto para el mismo fin. Esa inversión es aquella dirigida, principalmente, al negocio de importación y exportación y, por lo tanto, más allá de que indirectamente, relacionada también con la actividad extractivista (y agrícola) y el flujo de su producción en dirección al mercado chino.

Datos más recientes revelan un avance extraordinario del capitalismo chino sobre el sector extractivista latinoamericano y caribeño, así como sobre el sector de infraestructura logística y energética. Algunos de los ejemplos más emblemáticos de esta ofensiva son los acuerdos de las gigantes chinas del petróleo CNPC y Sinopec con el gobierno de Venezuela para inversiones en la extracción en la Franja del Orinoco que, sumados, llegan a US$ 42 mil millones. El líder de las chinas CNPC y CNOOC en el consorcio que venció la subasta del campo de petróleo de Libra, en la región del pre-sal en el litoral brasileño[28], bien como el líder de la estatal china State Grid Brazil Holding en el consorcio vencedor para la construcción y explotación de las líneas de transmisión de la energía producida por la usina hidroeléctrica de Belo Monte, también en Brasil, demuestran la importancia de este avance[29].

Proyectos igualmente emblemáticos son: la adquisición china de las minas de cobre de Las Bambas, en Perú, la mayor adquisición de campo, en valor, en la historia del país andino[30]; el financiamiento a la construcción de un canal en Nicaragua para unir los océanos Atlántico y Pacífico (que quedará bajo control chino) y rivalizar con el Canal de Panamá, de manera de permitir la expansión del comercio internacional del país[31]. En conjunto, estos datos revelan una presencia no sólo maciza, y cada vez mayor, del capital chino en América Latina, como su carácter predatorio que, al combinarse (compitiendo) con la presencia del imperialismo estadounidense (y de los imperialismos europeos), reproduce y profundiza el carácter capitalista dependiente y relativamente subdesarrollado de la región.

El control de la producción y/o de la exportación de bienes primarios latinoamericanos por parte de las grandes corporaciones china hace que porciones, cada vez mayores, del excedente económico producido internamente, sean enviadas, en forma de lucros y dividendos, para el exterior. Por lo tanto, no son reinvertidas aquí y transfieren para afuera las ganancias de la acumulación capitalista, que nos integra e incorpora de modo subordinado y periférico. En el contexto actual, marcado por el semi-estancamiento de la economía mundial y de fuerte desaceleración de la economía china, la demanda mundial por las commodities agrícolas y minerales es drásticamente reducida, haciendo caer sus precios en el mercado. Este cuadro general desprecia la situación latinoamericana en las trocas internacionales, profundizando su posición desventajosa en la estructura asimétrica del comercio, en especial, con la propia China.

Toda esta situación, ya bastante negativa para los países de nuestra región, es agravada por el aumento acelerado de la dependencia en relación al financiamiento chino y sus condiciones. Por un lado, el crédito chino para el exterior – y para América Latina, incluida – viene aumentando vertiginosamente desde la crisis del 2007/2008, que vació bastante de crédito el mercado financiero internacional, por otro lado, y de modo complementario, este aumento de financiamiento chino viene a demostrar la necesidad de valorización del capital oriundo de ese país, en el contexto de la fuerte desaceleración económica interna dictada por el gobierno. Aquí, las condiciones impuestas por el dinero chino – sea como crédito a los gobiernos o directamente a proyectos económicos específicos – incluyen la garantía de posicionamiento privilegiado para sus corporaciones en sectores estratégicos o el pago directo en petróleo u otros recursos oriundos del extractivismo[32].

La mencionada desvalorización del petróleo que, para además de la coyuntura, posee un aspecto estructural que acompaña la crisis del capitalismo global, obliga países como Venezuela, por ejemplo, a entregar cantidades cada vez mayores del producto como pago por el crédito chino. No se trata sólo de una aceleración de la expoliación de los recursos naturales del país, pero también de la imposición de un aferramiento del mismo a la actividad primaria-exportadora, impidiendo que la riqueza del petróleo pueda servir de base a inversiones en la tan necesaria diversificación productiva del país, que sigue teniendo que importar la mayor parte de los bienes de consumo disponibles al mercado interno. Y lo que está colocado para Venezuela, en este aspecto, está colocado para casi todos los países de la región en su relación con el capitalismo chino.

Las consecuencias más propiamente político-sociales de este padrón de relacionamiento económico son desdoblamientos de la ya mencionada profundización del carácter dependiente y periférico de América Latina, con toda la fragilización que esto impone. El congelamiento y regresión en los procesos políticos revolucionarios de carácter popular, democrático y anti-imperialista, vividos en Ecuador, Bolivia y, principalmente, Venezuela, expresa también los límites impuestos por la subordinación al capital chino y su modelo de acumulación extractivista.

Todo aquello que ganó el sobrenombre de “neodesarrollismo” y fue presentado, no sólo, mas especialmente por el PT brasileño, como alternativa macroeconómica al neoliberalismo y pasaporte para la superación del subdesarrollo, expresó, y sigue expresando, en amplia medida, un movimiento de adaptación a las condiciones e imperativos puestos por la creciente presencia del capitalismo chino y sectores internos de la gran burguesía a él asociada (como, en especial, el “agronegocio” y las mega constructoras brasileñas). Esto no significa que el imperialismo estadounidense y europeo hayan sido neutralizados o expulsados, muy por el contrario, ellos vienen encontrando formas de combinarse – más allá de que sea compitiendo – con el capital de China y el modelo primario-exportador de (sub) desarrollo que induce en la región.

Esto no debe llevar a creer que no existan tensiones entre los viejos intereses imperialistas y el neo-imperialismo del gigante asiático. Estas contradicciones inter-imperialistas, por sí, privan de coherencia la conducción de los gobiernos e intensifican las luchas entre las clases y fracciones de clase en la sociedad. Como se expresa en mayor medida en los países de gobiernos bolivarianos y en Argentina, el poder gubernamental goza de un margen de autonomía más significativa, justamente en función de una mayor polarización entre diferentes sectores de la clase dominante, más articulados a uno u otro de estos intereses externos. A una mayor contradicción arriba, corresponde mayor actividad de abajo hacia arriba, por parte de las masas trabajadoras, lo que torna el cuadro aún más complejo.

La crisis política que vive Brasil tiene como uno de sus componentes decisivos la contra-ofensiva del imperialismo estadounidense, que busca reconstruir el alineamiento automático de la política externa del país a sus directrices y, a través de Brasilia, presionar por la recuperación del espacio perdido con China en la región. El debilitamiento del PT aparece a los EEUU como una necesidad relacionada a la eliminación de cualquier vestigio de soporte a orientaciones de política externa más independiente (de Washington) en América del Sur, incluso bajo las limitaciones e inconsistencias impuestas por la estructura económica primario-exportadora, que se profundiza.

No obstante, la negación de parte de la izquierda latinoamericana en reconocer el carácter neo-imperialista de la presencia china en el continente debe ser enfrentada. No se puede ignorar que las contradicciones que establece con los viejos imperialismos (de los EEUU, en primer lugar) posee también un sentido anti-popular y anti-nacional. En lo que hay de fundamental, lo que se busca son mejores condiciones para la acumulación capitalista, por sobre la perpetuación y profundización de la súper-explotación de los trabajadores. Es verdad que está ausente el uso de la fuerza y de la coerción para la garantía de sus intereses en los países de la región, pero no es posible ignorar que las viejas estructuras de subordinación y dependencia, históricamente impuestas y consolidadas por las burguesías locales en asociación con EEUU, y que remontan al pasado colonial y neocolonial, constituyen la vía por la cual se expanden los intereses chinos. De modo semejante al que hizo el propio capital de los EEUU en relación a las estructuras previamente montadas por el imperialismo inglés en alianza con las oligarquías agrarias latinoamericanas, todavía en el siglo XIX.

Los sectores burocráticos de la izquierda de la región que ocultan el neo-imperialismo chino buscan ocultar su propia subordinación en relación a él y el retroceso que esto significa en relación a las conquistas nacionales y democráticas garantizadas por la lucha de las masas en el período anterior, especialmente en los países donde más se avanzó: Ecuador, Bolivia y Venezuela. La referencia en el “modelo chino” de desarrollo, exhibida por algunos de estos sectores, expresa una perspectiva que no sólo omite la súper-explotación de los trabajadores, como también la expoliación de los recursos naturales en la periferia capitalista, que le sirven de fundamento. Además, omite incluso que el capitalismo burocrático chino tiene como presupuesto, en sus orígenes remotos, la destrucción de las estructuras de poder de las viejas clases dominantes y del capital extranjero en China. Ló que no aparece em seu horizonte estratégico.

La salida para los trabajadores y las masas populares latino-americanas continua siendo forjar, en la lucha contra los intereses de la burguesía local y del capital extranjero, una democracia participativa y ampliada que coloque la economía, la política y la vida social bajo el control y al servicio de los intereses de las amplias mayorías. La integración latinoamericana y caribeña, en un acuerdo profundamente democrático donde manden los pueblos, en una perspectiva de transición al socialismo, es lo que puede garantizar a nuestra región la autonomía y la dignidad históricamente exigidas por nuestra gente.

[1] http://2014.kaosenlared.net/component/k2/29496-brasileconomia-dependente-impede-que-brasil-se-torne-imperialista

[2] http://pt.wikipedia.org/wiki/Economia_da_Rep%C3%BAblica_Popular_da_China.

[3]http://br.wsj.com/articles/SB11054895691343723447204580512700807497256.

[4] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=109506

[5] http://data.worldbank.org/data-catalog

[6] http://cartamaior.com.br/?/Editoria/Economia/O-XII-Plano-quinquenal-chines-adeus-a-%27Chimerica%27%0D%0A/7/16820

[7] Idem.

[8] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=197310.

[9] El debate teórico propuesto por Gérard y Dominique Lévy Duménil en “La crisis del neoliberalismo” (2014) se toma aquí como un punto de referencia. En su aspecto más fundamental, se basa en el estado que no es posible considerar los “salarios” de “clase dirigente”, es decir, los estratos más altos de la burocracia corporativa o estatal, ya que el precio de su fuerza de trabajo, como en la clásica definición marxista del salario. Según Duménil y Lévy, esta remuneración debe ser considerada como parte del excedente económico producido por el trabajo.

[10] https://outrapolitica.wordpress.com/2014/02/23/dou-surgit-le-nouveau-capitalisme-chinois-bourgeoisification-de-la-bureaucratie-et-mondialisation/#more-39760

[11] El debate sobre la restauración del capitalismo en Rusia y sobre las particularidades del neo-imperialismo Ruso, está más allá del alcance de este trabajo.

[12] Aun utilizando el concepto de Duménil y Lévy.

[13] Incluso aparentemente revertido por el breve interregno “neo desarrollista” que podemos abordar más adelante.

[14] Ver nota 3.

[15] Como se mencionó anteriormente, en una posición intermedia entre el capital privado propiamente  nacional y el capital  transnacional, ocupa un papel estratégico, de mayor relevancia  para el desarrollo capitalista contemporáneo chino, el llamado “capital chino  transnacional”, instalado  en Hong Kong, Taiwán y Singapur

[16] http://vientosur.info/spip.php?article9230

[17] Idem.

[18] http://vientosur.info/spip.php?article7062

[19]http://www.bbc.co.uk/portuguese/noticias/2014/07/140721_chineses_negocios_america_latina_ms_kb

[20] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=195845

[21] http://www.unifal-mg.edu.br/economia/sites/default/files/economia/NEheEP/Artigo_Faleiros.pdf

[22] Ver nota 18.

[23] http://www.diplomatique.org.br/artigo.php?id=1698

[24]http://www.bbc.co.uk/portuguese/noticias/2014/05/140505_investimentos_china_venezueala_fl

[25] Ver nota 21.

[26] Idem.

[27]https://www.academia.edu/4386712/Inversi%C3%B3n_extranjera_directa_de_China_en_America_Latina

[28] Ver nota 24.

[29] http://www.indicadoresdebelomonte.com.br/2014/11/chineses-pressionam-dilma-para-driblar-lei-nas-linhas-de-belo-monte/

[30] Ver nota 24.

[31]http://www.bbc.co.uk/portuguese/noticias/2014/07/140721_chineses_negocios_america_latina_ms_kb

[32] Ver nota 24.

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PORTUGUÊS

China e América Latina: aliança estratégica soberana ou aprofundamento da dependência?

1 – O que é a China de hoje?

Uma das questões mais importantes a serem abordadas corretamente pela esquerda socialista em nossos dias é a que se refere ao caráter da sociedade e do Estado chinês contemporâneos. Essa questão é importante não apenas pelo que significa em si, ou seja, a correta caracterização daquele que é o país com a maior população do planeta e com um papel econômico e político crescente no mundo. Do ponto de vista da esquerda socialista latino-americana, essa correta caracterização da China e de seu papel na economia e na geopolítica globais é de especial importância pela presença, nada discreta, de seus capitais e de sua influência diplomática em nossa região.

Enquanto ainda há aqueles que enxergam na China de hoje a nação revolucionária de outros dias, talvez fazendo um “longo desvio” para chegar ao socialismo, ou cultivando um estranho “socialismo de mercado”: que produz grandes capitalistas por todos os lados e os incorpora à condução do Estado, enquanto submete centenas de milhões a condições degradantes de trabalho; o fato é que o gigante chinês – a partir de uma trajetória histórica peculiar – converteu-se em uma potência capitalista “sui generis”, com uma nítida vocação neo-imperialista.

A grandiosa revolução social de 1949 varreu do cenário histórico chinês, tanto a dominação direta dos interesses imperialistas europeus, estadunidense e japonês, quanto a supremacia de seus aliados internos: a oligarquia rural e a burguesia urbana. A partir de 1949 são as massas populares chinesas que irrompem no cenário histórico, servindo de base à construção de um novo Estado, uma nova economia e uma nova sociedade. A supressão das antigas classes dominantes deve ser tomada como o ponto de partida para a compreensão do que é a China de hoje.

A prolongada guerra popular que levou o Partido Comunista Chinês ao poder lançou as bases desse novo Estado, nacionalmente integrado, que expressava o triunfo de uma poderosa revolução socialista agrária, impulsionada pelo campesinato pobre, contra a burguesia rural, o feudalismo e a dominação imperialista de vários imperialismos, combinados e rivais. Com um proletariado urbano bastante incipiente, que não assumiu papel de destaque nessa etapa do processo revolucionário, coube a esse campesinato levar a luta adiante e além dos limites democrático-burgueses defendidos inicialmente por Mao Tse-Tung e pelo PC Chinês, que demonstravam estar sob a orientação ideológica do “etapismo” stalinista.

Tendo a revolução chinesa se desenvolvido a partir do campo, e a partir da guerra de guerrilha camponesa, que não teve meios para estabelecer seus órgãos democráticos de poder revolucionário para além do nível local, coube ao Exército Popular de Libertação e ao Partido Comunista (rigidamente hierarquizados e disciplinados) a tarefa de integrar e consolidar o novo poder a nível provincial e nacional. De acordo com o trotskysta argentino Nahuel Moreno, é nessas circunstâncias que se desenvolve o caráter burocrático do novo Estado, privado do controle que poderia de outra forma, ser exercido pelos organismos de democracia popular revolucionária, como os soviets da experiência russa. No entanto, mesmo burocratizado e expressando uma forma de bonapartismo que equilibrava as tensões e contradições estabelecidas entre as diferentes classes e frações de classe da nova sociedade chinesa (campesinato pobre e rico, pequena e média burguesia urbana, proletariado), o ascenso revolucionário internacional do pós-II Guerra, o assédio imperialista dos EUA e a pressão interna do campesinato pobre levou o processo revolucionário a expropriar a grande burguesia e a afirmar um nítido conteúdo socialista.

As contradições de classe que subsistiram e se agravaram com a aceleração da urbanização e industrialização, possibilitadas pela planificação da economia, reforçaram o caráter bonapartista do Estado, empenhado em equilibrar tensões cada vez mais poderosas. O ponto mais alto dessas tensões foi a “Revolução Cultural” que, na segunda metade da década de 1960, expressou – ainda que de modo distorcido – a insatisfação revolucionária de milhões de estudantes, operários e camponeses, sob a liderança de Mao Tse-Tung, contra a maioria do aparato burocrático, do qual era parte. Essa maioria, crescentemente privilegiada e conservadora, era hostil à direção maoísta do partido-Estado que, portanto, reagiu. Essa crise revolucionária que praticamente desmantelou a burocracia dominante, convulsionou o país de alto a baixo, assumindo a forma de guerras civis locais e regionais.

A desorganização social e os excessos de violência produzidos no âmbito da “Revolução Cultural” abriram espaço à contra-revolução burocrática, apontada no sentido da restauração capitalista. Isso porque a liderança maoísta não poderia imprimir uma direção conseqüente ao processo revolucionário de democracia socialista sem corroer as bases de sua própria aspiração à supremacia no partido-Estado. O Exército, que foi a única instituição estatal a sair intacta da “Revolução Cultural”, serviu de pivô à reconstrução do aparato burocrático e à restauração da ordem, em um sentido claramente contra-revolucionário.

Sem aprofundar o debate a respeito dos ziguzagues assumidos pela direção política chinesa, em seus erros e acertos, êxitos significativos e crimes trágicos, o fato é que a consolidação ditatorial da burocracia do PC chinês sobre o conjunto dos trabalhadores e da sociedade fez do Partido-Estado o único pólo de poder legítimo e efetivo no país. O massacre da Praça Tianamen, em 1989, foi o recado dessa burocracia chinesa para deixar claro que a restauração capitalista, iniciada ainda no final dos anos 1970, por Deng Xiaoping, seria levada adiante sob a mão de ferro da cúpula do regime. A divergência e o questionamento não seriam tolerados.

Em tais condições, o Estado chinês foi capaz de assumir a condução da restauração capitalista, até agora, sob a imposição de uma férrea disciplina ao conjunto da sociedade; um planejamento estrito e uma indisputada capacidade de direção dos investimentos e prioridades socioeconômicas. Como destaca Jaime Osorio, esse quadro geral é que permite compreender a assustadora velocidade e pujança do desenvolvimento capitalista chinês e, no meio de suas contradições, a afirmação de seu caráter nacional autônomo[1].

Baseado em um capitalismo burocrático, cujo centro consiste na articulação das empresas transnacionais dos EUA, Europa e Japão com as 159 gigantescas corporações estatais mais importantes do país dirigidas pelo governo central[2] (dentre as mais de 100 mil empresas estatais em atividade no país[3]), e com o grande capital privado chinês no interior e no exterior (especialmente, em Hong Kong e Taiwan), o desenvolvimento chinês assume uma característica particular, responsável por sua dinâmica espantosa: a combinação da produção endógena de alta tecnologia com a super-exploração da força de trabalho do país. É essa combinação, ausente tanto nos países centrais como na periferia capitalista dependente, que responde pelos permanentes ganhos de produtividade e pelo elevadíssimo nível de acumulação de capital que possibilita.

Ainda de acordo com Jaime Osorio, é importante manter em vista que é o controle imposto à economia e à sociedade pela supremacia da burocracia do Partido-Estado que sustenta o “milagre chinês”. O controle estatal do sistema financeiro e dos setores estratégicos da economia permite à burocracia dirigente, cada vez mais fundida com a grande burguesia monopolista, dirigir os investimentos do capital nacional e, principalmente transnacional, no sentido da acumulação acelerada. Valendo-se para tanto de um recurso estratégico privilegiado: uma mão-de-obra muito abundante a ser super-explorada[4]. Foi o estímulo ao investimento privado de capital no campo; a criação das Zonas Econômicas Especiais na região litorânea, voltadas ao investimento das empresas transnacionais (em associação com empresas chinesas) para a produção exportadora; e o estímulo ao investimento estrangeiro associado ao nacional (privado e estatal) também na produção de alta tecnologia, que formou o tripé sobre o qual foi montado esse alegado “milagre chinês”.

Tal modelo econômico começou a ser organizado, em sua feição atual, a partir do final dos anos 1980, com base na lógica da “plataforma de exportação”, similar ao que foi adotado pelo Japão do pós-guerra e pela Coréia do Sul e Taiwan (sob supervisão e apoio do imperialismo estadunidense), a partir dos anos 1970. O baixo custo da força de trabalho, a elevada produtividade e a desvalorização cambial (dirigida pelo governo), permitiram que a China acumulasse um crescente superávit na balança comercial e no balanço de pagamentos. Esse saldo comercial e financeiro positivos, produzidos por uma economia na qual as exportações ocuparam um lugar crescente na formação do PIB até 2006 (quando chegou a mais de 39%) para cair, depois da crise internacional, para 30% do PIB em 2010, permitiu que a China financiasse o resto do mundo e os EUA, em particular, acumulando reservas internacionais que chegaram a ultrapassar os US$ 3 trilhões, em 2012.

Nessa trajetória, a China passou a depender fortemente do mercado consumidor dos EUA e da Europa, assim como das matérias-primas, insumos energéticos e bens alimentícios importados, que não podia produzir na medida das necessidades de uma economia cujo ritmo de crescimento foi de mais de 10% ao ano (entre 1980 e 2010[5]). Com a eclosão da crise financeira internacional de 2007/2008, e o impacto que exerceu sobre os mercados consumidores dos países centrais, a China sentiu fortemente o golpe. Em 2009 a produção industrial caiu em quase 21%, o desemprego se alastrou nas províncias exportadoras costeiras e atingiu a média de 9% no país, muitas empresas faliram e fecharam. Ficou clara a fragilidade do modelo exportador chinês em um período de instabilidade e baixo crescimento, como o que se abriu[6].

Diante desse quadro, o governo chinês iniciou uma reorientação parcial de seu modelo econômico, que foi confirmada no XII Plano Quinquenal aprovado na Assembléia Popular Nacional da China, em 2011. O centro dessa reorientação consistiu em um parcial desacoplamento da produção chinesa da dependência em relação ao mercado consumidor dos EUA, em franca estagnação. Nesse sentido, passou-se ao fortalecimento do mercado interno chinês, baseado em um incremento da massa salarial; a um intensivo desenvolvimento científico e tecnológico, de modo a requalificar as exportações do país, apontando no sentido das “novas indústrias estratégicas” (biotecnologia, trens de alta velocidade, satélites, “fábricas inteligentes” e etc); e operando uma redução do nível de crescimento econômico para um patamar de 7% ao ano[7].

De modo complementar, o governo chinês passou a fortalecer a posição do país no âmbito financeiro propriamente dito. Não apenas converteu Xangai em um centro financeiro internacional e Hong Kong em um centro financeiro off shore, para negociar os títulos do próprio Estado chinês, como vêm fortalecendo sua posição de fornecedor de crédito internacional através de iniciativas como a recente criação do Banco Asiático de Infraestrutura e Investimento (BAII) que, contra os interesses de Washington, contou com a adesão não apenas dos países do entorno chinês e de muitos importantes países da periferia (como o Brasil, por exemplo), mas também da Alemanha, França e Grã-Bretanha, em uma clara iniciativa de concorrência com organismos como o Banco Mundial e o FMI[8].

O gigantesco acúmulo de reservas financeiras em dólar por parte da China, que estiveram sob risco no auge da crise financeira dos EUA em 2008, tem sido empregado, de modo sistemático, em uma estratégia agressiva voltada a garantir, simultaneamente, o fortalecimento da posição chinesa na economia e na geopolítica global e a redução da interdependência econômica em relação aos EUA, não apenas no aspecto comercial, mas também no que se refere ao financiamento da dívida estadunidense. A compra de terras agrícolas e campos de extração mineral ao redor do mundo, bem como o investimento na infra-estrutura necessária ao pleno desenvolvimento das atividades econômica associadas, têm sido o destino de grande parte dessas divisas anteriormente acumuladas. O fortalecimento da posição chinesa, resultante dessa estratégia, é claramente perceptível no aumento da presença do Yuan nas trocas internacionais.

Em conjunto, isso significa que a contra-revolução burocrática, que iniciou a restauração capitalista na China ainda na década de 1970, ou seja, bem antes do que se realizou na ex-União Soviética e nos países do leste europeu, deu como fruto maduro o desenvolvimento de uma potência capitalista, ainda que “sui generis”. Por sobre as ruínas das estruturas de poder das velhas classes dominantes chinesas, aliadas aos imperialismos ocidentais, e arrasadas pela revolução socialista, a alta burocracia foi capaz de erguer, após um longo processo histórico (e sobre o esmagamento da própria revolução), um poderoso capitalismo burocrático.

Aprofunda-se na China de hoje um compromisso elitista entre os altos estratos da burocracia do governo e empresas estatais (que Gérard Duménil trata por “classe gerencial”) e os capitalistas propriamente ditos (nacionais e estrangeiros), sob a direção dos primeiros. O caráter desse compromisso é complexo e se expressa no processo de “hibridização” entre proprietários de capital e alta burocracia, no topo da pirâmide social chinesa. O certo é que essa indistinção social crescente entre proprietários de títulos que rendem lucros e dividendos e altos gerentes que recebem suntuosas remunerações[9] já se evidencia de modo muito explícito. Os chamados “príncipes vermelhos”, ligados por laços de sangue ou matrimônio aos membros da mais alta burocracia partidária e estatal chinesa, envolvidos diretamente na atividade econômica privada, deixam claro que aí “não existe uma muralha da China entre um burocrata e um burguês”, para usar as palavras de Pierre Rousset.

Não é possível ainda tirar conclusões definitivas sobre o destino desse compromisso pelo alto e dessa “hibridização” entre alta burocracia e classe capitalista na China, em especial no que se refere à estabilidade do arranjo que forma o modelo específico de desenvolvimento capitalista do país. O certo é que, ainda de acordo com Pierre Rousset, trata-se de um processo que avança aceleradamente no aprofundamento da “burguesificação” da alta burocracia e, por outro lado, da incorporação ao mando burocrático dos grandes capitalistas. É ainda componente essencial desse bloco de poder dominante, o capital privado chinês instalado em Hong Kong, Taiwan e Cingapura, herdeiro das velhas classes dominantes chinesas derrotadas no continente pela revolução[10].

No entanto, é importante registrar que há tensão nesse compromisso. Essa tensão se torna visível no acirramento das disputas entre as diferentes facções internas do PC Chinês, principalmente no que se refere ao debate sobre os caminhos a seguir para enfrentar a presente crise internacional. Por outro lado, fica claro também que o pressuposto para a estabilidade relativa desse arranjo elitista, constitutivo do capitalismo chinês, é a contenção das demandas das massas trabalhadoras e a intensificação da própria acumulação capitalista.  Nesse sentido, a tensão aponta para uma crescente fusão burocrático-capitalista no topo.

É a luta da gigantesca massa de trabalhadores chineses contra a precariedade de sua condição de vida, em especial, no momento em que a crise econômica internacional impõe a desaceleração do crescimento, com a pressão negativa que isso exerce sobre o nível de emprego e renda, que constitui o maior desafio colocado à ordem socioeconômica estabelecida. À disciplina imposta coercitivamente, o bloco dominante agrega a estratégia de exportação em massa de força de trabalho como meio de conter a pressão operária e popular anti-sistêmica. A eficácia dessa estratégia combinada terá de ser acompanhada, mas o certo é que parece estruturalmente frágil diante do volume das contradições que se acumulam na sociedade chinesa.

2 – Projeto geopolítico chinês e a América Latina.

A caracterização adequada do papel global da China contemporânea precisa partir da compreensão de que não estamos tratando de mais um país capitalista dependente da periferia do sistema, como o são outros “gigantes” como o Brasil, África do Sul ou, em outra medida, Índia. Tendo sepultado irreversivelmente a transição ao socialismo, iniciada com a revolução de 1949, a burocracia chinesa foi capaz de assumir a direção e o controle, tanto do sentido como do ritmo da restauração e do desenvolvimento capitalista interno, do início ao fim. Diferentemente do que aconteceu na Rússia[11]. Isso permitiu que a China emergisse como uma potência capitalista, crescentemente disposta a disputar a hegemonia internacional contra o imperialismo estadunidense, em um projeto de longo prazo. Tão certa como a incipiência desse processo de disputa hegemônica internacional da China é sua tendência de fortalecimento.

Como sabemos, sob o capitalismo dependente, ou seja, sob a hegemonia do capital estrangeiro, o “desenvolvimento econômico nacional” sempre promove a reprodução ampliada da dependência: “o desenvolvimento do subdesenvolvimento”. Se esse é o caso, por exemplo, da trajetória recente do Brasil, não é o da China. Enquanto o primeiro, nas duas últimas décadas, experimentou uma acelerada modernização capitalista que desnacionalizou, desindustrializou e reprimarizou sua economia. Fazendo da inserção na “globalização neoliberal”[12] uma verdadeira regressão que aprofundou o caráter dependente da economia e da sociedade brasileira[13], a China vem acentuando a força e a complexificação de seu setor industrial, cada vez mais avançado do ponto de vista tecnológico e sob a direção do segmento nacional estatal[14] e privado, ainda que fortemente associado e combinado ao grande capital transnacional[15].

Dessa maneira, o desenvolvimento econômico chinês, assentado sobre a independência assim assegurada, e em função de sua necessidade de expansão – determinada pela lógica própria da acumulação capitalista – se encontra na base de um projeto geopolítico e de uma atividade concreta (política, diplomática, militar e econômica) internacional que é complexa e que requer que se vá além do superficial para o desvendamento de sua natureza. A face mais visível desse projeto e dessa atividade tem sido o chamado impulso ao “multilateralismo” e, segundo alguns mais entusiasmados, uma retomada da orientação “terceiro-mundista” que a China desenvolveu a partir de meados da década de 1950 (quando da Conferência de Bandung, na Indonésia) até sua aproximação com os EUA, em meados dos anos 1970.

A alegada agenda internacional “Sul-Sul” da China, expressa no apoio ou na vanguarda de iniciativas como o G-20 ou o BRICS, muito mais que qualquer “cerco da cidade pelo campo” (para usar uma expressão do próprio Mao Tsé-Tung), revela, na verdade, uma estratégia de expansão do capitalismo burocrático chinês. Nos marcos da crescente crise de legitimidade da supremacia estadunidense, agravada desde o governo Bush, e nos marcos das dificuldades econômicas da super-potência, a China tem se articulado a um conjunto de nações econômica e politicamente relevantes, ainda que a nível regional, para pressionar o clube restrito dos países centrais e ampliar a estrutura institucional da “governança global” de modo a ganhar espaço.

A poderosa burguesia oligárquica russa, com Putin à frente, vale-se desse arranjo para fortalecer também sua independência frente ao imperialismo estadunidense e consolidar seu projeto nacional (reacionário e proto-imperialista, é importante ressaltar) fundado no controle de suas imensas reservas de petróleo e gás e em sua indústria e capacidade bélica, principalmente. Por outro lado, a grande maioria dos sócios minoritários do projeto geopolítico chinês, países da periferia capitalista dependente, participa no rearranjo das estruturas de poder do capitalismo global (em favor da China) mais como “força de choque” em uma estratégia alheia do que, propriamente, como beneficiária real. Tendo, ao contrário, sua condição dependente consolidada ou mesmo aprofundada.

Obviamente que esse arranjo apenas foi possível em função da crescente influência econômica chinesa no plano internacional.  Alguns setores da esquerda se recusam a caracterizar como proto-imperialista ou neo-imperialista a expansão dessa influência porque estaria ausente o elemento da força e da coerção, típicas dos imperialismos europeus, japonês e estadunidense nos séculos XIX e XX. Essa recusa, no entanto, expressa desconhecimento de dois elementos fundamentais para uma correta apreensão desse expansionismo chinês: a política do país dirigida ao seu entorno mais imediato, no leste e sudeste asiático; e a utilização pelo capitalismo burocrático chinês das estruturas de dependência e subordinação da periferia, previamente estabelecidas.

Quanto ao primeiro desses elementos, a política agressiva de expansão econômica chinesa sobre países como Vietnã, Tailândia, Filipinas e etc. tem não apenas reforçado – e duplicado – as cadeias da dependência e do subdesenvolvimento desses seus vizinhos, como tem impulsionado também uma escalada expansionista chinesa no âmbito político-militar, como vem destacando Pierre Rousset[16]. O Mar da China é tratado pelo governo de Beijing como um “mar interior”, do qual pretende dispor quase exclusivamente. Ignorando a posição do Japão, Vietnã, Filipinas e outros países limítrofes, a China não apenas toma posse ou reivindica a totalidade das ilhas Paracelso e Spratley, do Atol de Scarborough e das ilhas Senkaku/Diaoyu, como estende seu “mar territorial” na região de modo a deixar os países vizinhos com parcelas diminutas. Para garantir suas pretensões, o governo chinês vem montando estruturas militares em ilhas e arquipélagos desabitados da região, impondo uma conquista de fato.

A intransigência ameaçadora dos chineses frente aos protestos mais veementes do Japão e do Vietnã não se confunde com a crítica, legítima, contra a enorme presença militar estadunidense na região, ainda que essa seja a estratégia do discurso de Beijing. O gigantesco aparato militar chinês é o que vem garantindo seu avanço sobre as prerrogativas dos países vizinhos. Por si só, essa realidade desmente a tese de que a China seria essencialmente um “gigante gentil”. O desenvolvimento do capitalismo chinês determina a necessidade de expansão territorial de sua área econômica e essa, por sua vez, determina que a burocracia – cada vez mais fundida ao grande capital – sirva-se da máquina militar do Estado, e seu poder de dissuasão, como sua garantia em última instância. Temos certamente aí “um imperialismo em construção”, como no título de um trabalho de Rousset[17].

No que se refere ao avassalador crescimento da presença e influência econômica, política e diplomática chinesa além de seu entorno mais imediato, os dados são impressionantes. Voltando a atenção apenas para sua relação com a periferia capitalista dependente, foco de interesse desse trabalho, é possível constatar que a China é hoje o principal parceiro comercial da África[18] e chegará, em 2016, à condição de segundo parceiro comercial da América Latina e Caribe, ficando atrás apenas dos Estados Unidos[19]. E essa relação se intensifica em uma velocidade tremenda. O intercâmbio comercial com a África que era da ordem de US$ 10 bilhões no ano 2000, passou para US$ 100 bilhões no ano de 2011, e segue aumentando[20].

Um terço do petróleo consumido pela China vem da África, principalmente de Angola, assim como 20% do algodão consumido por sua indústria têxtil. Além das trocas comerciais propriamente ditas, o capital chinês tem avançado aí por sobre o terreno abandonado pelo desinvestimento relativo estadunidense e europeu. O volume de seu investimento direto (produtivo) e financeiro no continente é enorme e crescente. No entanto, aponta no sentido de expandir e consolidar o padrão inaugurado pelos europeus, garantindo a troca de matérias-primas e recursos energéticos e alimentares por bens industrializados. O investimento chinês se concentra em torno da atividade extrativista de petróleo e outros recursos naturais essenciais para garantir seu modelo de desenvolvimento, viabilizando também seu escoamento e beneficiamento primário. As elevadas somas destinadas à compra de imensas extensões de terra, jazidas minerais, montagem de infra-estrutura e construção de zonas industriais exportadoras[21], longe de representarem qualquer tipo de benevolência, promovem a reprodução ampliada da dependência africana.

Em conseqüência do caráter espoliativo de sua presença no continente, dos métodos peculiarmente extremos de exploração do trabalho em suas empresas, e do grande afluxo de trabalhadores chineses imigrados, um forte sentimento anti-chinês se expande por vários países africanos, como acontece também em países do sudeste asiático. O tema do rechaço a essa presença chinesa é forte e tem pautado inclusive o debate político e eleitoral nacional em muitos países, chegando a conduzir a Frente Patriótica de Zâmbia à vitória nas eleições presidenciais no ano de 2011. Uma vez no poder, o grupo teve de retroceder em sua retórica e subordinar-se aos interesses chineses que controlam cerca de 20% do PIB do país[22]. Conflitos e explosões de violência, de intensidade variável, em torno do tema também já vieram à tona.

Assim como sua relação econômica com a África, a interação econômica chinesa com a América Latina também se estrutura em torno de um intercâmbio comercial assimétrico. Enquanto essa última fornece bens primários de baixo valor agregado, a China exporta bens industrializados, dotados de tecnologia cada vez mais avançada (e crescentemente inacessível aos seus parceiros). Não apenas a assimetria nos termos de troca é bastante considerável, como tem provocado conseqüências regressivas drásticas nas economias latino-americanas, como o desmantelamento de suas indústrias nacionais de máquinas e equipamentos, incapazes de enfrentar a concorrência chinesa. Um problema sentido, principalmente, em países como o Brasil, no qual se havia atingido avanços consideráveis nessa área ao longo do século XX[23].

Esse comércio bilateral entre China e América Latina e Caribe segue em uma dinâmica de crescimento. O presidente chinês Xi Jinping anunciou, em janeiro último, a intenção de dobrar nos próximos anos o valor do intercâmbio comercial China-CELAC (que reúne os países da região), chegando a US$ 500 bilhões. É importante registrar que o valor atual desse intercâmbio, que é de cerca de US$ 275 bilhões, partiu de uma base que era, no ano 2000, de apenas US$ 10 bilhões. Esse fortalecimento acelerado da China no comércio com a região se explica, em primeiro lugar, pelo fato de que o gigante asiático tem sido um dos principais atores e beneficiários da “globalização neoliberal”, ao lado dos EUA, seu impulsionador central. Não se pode compreender o lugar acompanhado pela China na economia mundial de hoje, sem levar em consideração os ganhos que obteve com a liberalização e crescimento exponencial do comércio e dos fluxos de investimento internacionais nas duas últimas décadas.

Sua conversão em “fábrica do mundo” não apenas vem abarrotando o mercado mundial com seus produtos manufaturados, cujo baixo preço relativo é garantido pela compressão dos salários reais da classe trabalhadora chinesa; pelos ganhos de produtividade impostos pela incorporação da pesquisa tecnológica do país à atividade industrial; e pelo câmbio administrado que mantém desvalorizada a moeda chinesa em relação ao dólar. Segue também atraindo para o país uma parcela elevadíssima do fluxo internacional de investimentos produtivos e financeiros, canalizados estes pela burocracia dirigente, fundamentalmente para a produção (e não para a especulação, como na América Latina). No entanto, isso não explica tudo.

O correto enquadramento do intercâmbio crescente da China com a economia latino-americana e caribenha exige a compreensão do papel fundamental exercido pela enorme – e também crescente – presença do investimento chinês na região. Ainda que o investimento de natureza financeira ultrapasse em muito qualquer investimento direto na atividade produtiva[24], a estrutura e a característica desses dois tipos de investimento revela uma profunda complementaridade, voltada prioritariamente para a consolidação e ampliação da capacidade de nossas economias satisfazerem a demanda chinesa por energia, matérias-primas e alimentos. Nesse aspecto, a perspectiva da China em relação à região é essencialmente a mesma que dirige ao conjunto da periferia capitalista dependente.

Esse fluxo maciço de investimentos é centralizado em torno da atividade extrativista (petroleira e mineral) e agro-exportadora. Em primeiro lugar, é preciso abordar a aquisição de vastíssimas extensões de terra em toda a América Latina e Caribe (assim como na África e Austrália, principalmente) por parte dos chineses. Essas operações expressam a ação combinada de fundos soberanos e conglomerados industriais de natureza estatal; da administração direta do Estado, com vistas à destinação das elevadas reservas cambiais; e do capital privado, prioritariamente via estabelecimento de joint ventures com empresas locais. Grandes corporações chinesas, como Shanghai Pengxin Group Co. Ltd. e COMPLANT, são a ponta mais visível de uma intrincada teia de negócios na qual, da mesma forma que a China serve de plataforma para a compra de terras na América Latina para o capital estadunidense, europeu e árabe, o capital chinês adquire terras aqui partindo de outros países e regiões estrategicamente selecionadas[25].

A China tornou-se o maior comprador de terras do mundo, totalizando cerca de 7 milhões de hectares adquiridos em todo o globo, sendo grande parte em nossa região[26]. Assim, vem contribuindo decisivamente para a ainda maior concentração da propriedade da terra na América Latina, o vetor mais importante historicamente para a reprodução de nossa dependência e subdesenvolvimento. Além do mais, vem se combinando ao grande capital estadunidense, europeu e à grande burguesia latino-americana, para promover um salto qualitativo no sentido de uma profunda desnacionalização e financeirização da propriedade da terra, mas também do controle sobre a atividade agro-exportadora. Caracterizando-se um avanço do “desenvolvimento do subdesenvolvimento” representado pelo latifúndio latino-americano.

Nessa investida, a Argentina cumpre um papel estratégico, não apenas pelo avanço do capital chinês sobre sua atividade agropecuária, mas principalmente pela íntima associação da China com o setor empresarial do “agronegócio” local, que converteu o país em sede de grande parte das operações de compra de terras agrícolas na América do Sul. Os dispositivos de integração sul-americana, limitados e postos sob o controle do capital, tem servido a essa estratégia. Quando não se apropria diretamente da terra, o capital chinês (mas não apenas ele) promove aquisições de empresas agroindustriais nacionais que subordinam a si o trabalho de dezenas de milhares de pequenos agricultores dependentes.

Mais que o “agronegócio”, o extrativismo petroleiro e minerador da região tem sido, sem sombra de dúvidas, o foco principal dos investimentos chineses. Segundo um estudo que reúne dados de 2010 a 2012[27], revela-se o lugar da América Latina na estratégia econômica da China. Em relação apenas ao investimento econômico direto (não-financeiro), o quadro é o que segue: enquanto que o montante desse investimento, na região, direcionado à indústria de transformação é de apenas 15% do total, contra 31% do total do investimento chinês no exterior voltado para a mesma atividade, o montante diretamente investido no extrativismo é de 13% do total, contra 6% do total do investimento externo chinês direcionado nesse sentido. A maior parte desse investimento segue, no entanto, para atividades direta ou indiretamente relacionadas com o desenvolvimento comercial bilateral, 61% do total, contra 37% do total do investimento chinês no exterior voltado para o mesmo fim. Esse investimento é aquele dirigido, principalmente, ao negócio de importação e exportação e, portanto, ainda que indiretamente, relacionado também com a atividade extrativista (e agrícola) e o escoamento de sua produção em direção ao mercado chinês.

Dados mais recentes revelam um avanço extraordinário do capitalismo chinês sobre o setor extrativista latino-americano e caribenho, assim como sobre o setor de infra-estrutura logística e energética. Alguns dos exemplos mais emblemáticos dessa ofensiva são os acordos das gigantes chinesas do petróleo CNPC e Sinopec com o governo da Venezuela para investimentos na extração na Faixa do Orinoco que, somados, chegam a US$ 42 bilhões. A liderança das chinesas CNPC e CNOOC no consórcio que venceu o leilão do campo de petróleo de Libra, na região do pré-sal no litoral brasileiro[28], bem como a liderança da estatal chinesa State Grid Brazil Holding no consórcio vencedor para a construção e exploração das linhas de transmissão da energia produzida pela usina hidrelétrica de Belo Monte, também no Brasil, demonstram a importância desse avanço[29].

Projetos igualmente emblemáticos são: a aquisição chinesa das minas de cobre de Las Bambas, no Perú, a maior aquisição de jazida, em valor, na história do país andino[30]; o financiamento à construção de um canal na Nicarágua para ligar os oceanos Atlântico e Pacífico (que ficará sob controle chinês) e rivalizar com o Canal do Panamá, de modo a permitir a expansão do comércio internacional do país [31]. Em conjunto, esses dados revelam uma presença não apenas maciça, e cada vez maior, do capital chinês na América Latina, como seu caráter predatório que, ao se combinar (competindo) com a presença do imperialismo estadunidense (e dos imperialismos europeus), reproduz e aprofunda o caráter capitalista dependente e relativamente subdesenvolvido da região.

O controle da produção e/ou da exportação dos bens primários latino-americanos por parte das grandes corporações chinesas faz com que parcelas, cada vez maiores, do excedente econômico produzido internamente, sejam enviadas, na forma de lucros e dividendos, para o exterior. Portanto, não são reinvestidas aqui e transferem para fora os ganhos da acumulação capitalista, que nos integra e incorpora de modo subordinado e periférico. No contexto atual, marcado pela semi-estagnação da economia mundial e de forte desaceleração da economia chinesa, a demanda mundial pelas commodities agrícolas e minerais é drasticamente reduzida, fazendo cair seus preços no mercado. Esse quadro geral deprecia a situação latino-americana nas trocas internacionais, aprofundando a sua posição desvantajosa na estrutura assimétrica do comércio, em especial, com a própria China.

Toda essa situação, já bastante negativa para os países de nossa região, é ainda agravada pelo aumento acelerado da dependência em relação ao financiamento chinês e suas condições. Por um lado, o crédito chinês para o exterior – e para a América Latina, aí incluída – vem aumentando vertiginosamente desde a crise de 2007/2008, que esvaziou bastante de crédito o mercado financeiro internacional, por outro lado, e de modo complementar, esse aumento do financiamento chinês vem dar conta da necessidade de valorização do capital oriundo desse país, no contexto da forte desaceleração econômica interna ditada pelo governo. Aqui, as condições impostas pelo dinheiro chinês – seja como crédito aos governos ou diretamente a projetos econômicos específicos – incluem a garantia de posicionamento privilegiado para suas corporações em setores estratégicos ou o pagamento direto em petróleo ou outros recursos oriundos do extrativismo[32].

A mencionada desvalorização do petróleo que, para além da conjuntura, possui um aspecto estrutural que acompanha a crise do capitalismo global, obriga países como a Venezuela, por exemplo, a entregar quantidades cada vez maiores do produto como pagamento pelo crédito chinês. Não se trata apenas de uma aceleração da espoliação dos recursos naturais do país, mas também da imposição de um aferramento do mesmo à atividade primário-exportadora, impedindo que a riqueza do petróleo possa servir de base a investimentos voltados a tão necessária diversificação produtiva do país, que segue tendo que importar a maior parte dos bens de consumo disponíveis ao mercado interno. E o que está colocado para a Venezuela, nesse aspecto, está colocado para quase todos os países da região em sua relação com o capitalismo chinês.

As conseqüências mais propriamente político-sociais desse padrão de relacionamento econômico são desdobramentos do já mencionado aprofundamento do caráter dependente e periférico da América Latina, com toda a fragilização que isso impõe. O congelamento  e regressão nos processos políticos revolucionários de caráter popular, democrático e anti-imperialista, vividos no Equador, Bolívia e, principalmente, Venezuela, expressa também os limites impostos pela subordinação ao capital chinês e seu modelo de acumulação extrativista.

Tudo aquilo que ganhou o apelido de “neodesenvolvimentismo” e foi apresentado, não apenas, mas especialmente pelo PT brasileiro, como alternativa macroeconômica ao neoliberalismo e passaporte para a superação do subdesenvolvimento,  expressou, e segue expressando, em larga medida, um movimento de adaptação às condições e imperativos postos pela crescente presença do capitalismo chinês e setores internos da grande burguesia a ele associados (como, em especial, o “agronegócio” e as mega-construtoras brasileiras). Isso não significa que o imperialismo estadunidense e europeu tenham sido neutralizados ou expulsos, muito ao contrário, eles vêm encontrando formas de se combinar – ainda que competindo – com o capital da China e o modelo primário-exportador de (sub) desenvolvimento que induz na região.

Isso não deve levar a crer que não existam tensões entre os velhos interesses imperialistas e o neo-imperialismo do gigante asiático. Essas contradições inter-imperialistas, por si, privam de coerência a condução dos governos e acirram as lutas entre as classes e frações de classe na sociedade. Como se expressa em maior medida nos países de governo bolivariano e na Argentina, o poder governamental goza de uma margem de autonomia mais significativa, justamente em função de uma maior polarização entre diferentes setores da classe dominante, mais articulados a um ou outro desses interesses externos. A uma maior contradição no topo corresponde maior atividade de baixo para cima, por parte das massas trabalhadoras, o que torna o quadro ainda mais complexo.

A crise política que vive o Brasil tem como um de seus componentes decisivos a contra-ofensiva do imperialismo estadunidense, que busca reconstruir o alinhamento automático da política externa do país a suas diretrizes e, através de Brasília, pressionar pela recuperação do espaço perdido para a China na região. O enfraquecimento do PT aparece aos EUA como uma necessidade relacionada à eliminação de qualquer vestígio de suporte a orientações de política externa mais independente (de Washington) na América do Sul, ainda que sob as limitações e inconsistências impostas pela estrutura econômica primário-exportadora, que se aprofunda.

No entanto, a recusa de parte da esquerda latino-americana em reconhecer o caráter neo-imperialista da presença chinesa no continente deve ser confrontada.  Não se pode ignorar que as contradições que estabelece com os velhos imperialismos (dos EUA, em primeiro lugar) possui também um sentido anti-popular e anti-nacional. No que há de fundamental, o que se busca são melhores condições para a acumulação capitalista, por sobre a perpetuação e aprofundamento da super-exploração dos trabalhadores.  É verdade que está ausente o uso da força e da coerção para a garantia de seus interesses nos países da região, mas não é possível ignorar que as velhas estruturas de subordinação e dependência, historicamente impostas e consolidadas pelas burguesias locais em associação com os EUA, e que remontam ao passado colonial e neocolonial, constituem a via pela qual se expandem os interesses chineses. De modo semelhante ao que fez o próprio capital dos EUA em relação às estruturas previamente montadas pelo imperialismo inglês em aliança com as oligarquias agrárias latino-americanas, ainda no século XIX.

Os setores burocráticos da esquerda da região que ocultam o neo-imperialismo chinês buscam ocultar sua própria subordinação em relação a ele e o retrocesso que isso significa em relação às conquistas nacionais e democráticas garantidas pela luta das massas no período anterior, especialmente nos países onde mais se avançou: Equador, Bolívia e Venezuela. A referência no “modelo chinês” de desenvolvimento, exibida por alguns desses setores, expressa uma perspectiva que não apenas omite a super-exploração dos trabalhadores, como também a espoliação dos recursos naturais na periferia capitalista, que lhe servem de fundamento. Além do mais, omite ainda que o capitalismo burocrático chinês tem como pressuposto, em suas origens remotas, a destruição das estruturas de poder das velhas classes dominantes e do capital estrangeiro. O que não aparece em seu horizonte estratégico.

A saída para os trabalhadores e as massas populares latino-americanas continua sendo forjar, na luta contra os interesses da burguesia local e do capital estrangeiro, uma democracia participativa e ampliada que coloque a economia, a política e a vida social sob o controle e a serviço dos interesses das amplas maiorias. A integração latino-americana e caribenha, em um arranjo profundamente democrático onde mandem os povos, em uma perspectiva de transição ao socialismo, é o que pode garantir à nossa região a autonomia e a dignidade historicamente exigidas por nossa gente.

[1] http://2014.kaosenlared.net/component/k2/29496-brasileconomia-dependente-impede-que-brasil-se-torne-imperialista

[2] http://pt.wikipedia.org/wiki/Economia_da_Rep%C3%BAblica_Popular_da_China.

[3] http://br.wsj.com/articles/SB11054895691343723447204580512700807497256

[4] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=109506

[5] http://data.worldbank.org/data-catalog

[6] http://cartamaior.com.br/?/Editoria/Economia/O-XII-Plano-quinquenal-chines-adeus-a-%27Chimerica%27%0D%0A/7/16820

[7] Idem.

[8] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=197310

[9] A discussão teórica proposta por Gérard Duménil e Dominique Lévy em “A crise do neoliberalismo” (2014) está sendo tomada aqui como ponto de referência. Em seu aspecto fundamental, se baseia em afirmar que não é possível considerar os “salários” da “classe gerencial”, ou seja, dos mais altos estratos da burocracia corporativa ou estatal, como sendo o preço de sua força de trabalho, como na clássica definição marxista sobre o salário. Segundo Duménil e Lévy, essa remuneração deve ser considerada como uma parte do excedente econômico produzido pelo trabalho, assim como a mais-valia.

[10] https://outrapolitica.wordpress.com/2014/02/23/dou-surgit-le-nouveau-capitalisme-chinois-bourgeoisification-de-la-bureaucratie-et-mondialisation/#more-39760

[11] A discussão sobre a restauração do capitalismo na Rússia e sobre as particularidades do neo-imperialismo russo, está para além das possibilidades deste trabalho.

[12] Ainda utilizando a conceituação de Duménil e Lévy.

[13] Mesmo que aparentemente revertida pelo breve interregno “neodesenvolvimentista” que poderemos abordar mais adiante.

[14] Ver nota 3.

[15] Como já mencionado anteriormente, em uma posição intermediária entre o capital privado propriamente nacional e o capital transnacional, ocupa um papel estratégico, da maior relevância para o desenvolvimento capitalista chinês contemporâneo, o chamado “capital chinês transnacional”, instalado em Hong Kong, Taiwan e Cingapura.

[16] http://vientosur.info/spip.php?article9230

[17] Idem.

[18] http://vientosur.info/spip.php?article7062

[19]http://www.bbc.co.uk/portuguese/noticias/2014/07/140721_chineses_negocios_america_latina_ms_kb

[20] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=195845

[21] http://www.unifal-mg.edu.br/economia/sites/default/files/economia/NEheEP/Artigo_Faleiros.pdf

[22] Ver nota 18.

[23] http://www.diplomatique.org.br/artigo.php?id=1698

[24] http://www.bbc.co.uk/portuguese/noticias/2014/05/140505_investimentos_china_venezueala_fl

[25] Ver nota 21.

[26] Idem.

[27]https://www.academia.edu/4386712/Inversi%C3%B3n_extranjera_directa_de_China_en_America_Latina

[28] Ver nota 24.

[29] http://www.indicadoresdebelomonte.com.br/2014/11/chineses-pressionam-dilma-para-driblar-lei-nas-linhas-de-belo-monte/

[30] Ver nota 24.

[31]http://www.bbc.co.uk/portuguese/noticias/2014/07/140721_chineses_negocios_america_latina_ms_kb

[32] Ver nota 24.

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