Polémica con el FIT-PO ¿Los transgénicos no son dañinos?

Mariano Rosa – Red Ecosocialista // MST de Argentina

En la web del FIT-PO del 16 de agosto aparece publicado un artículo titulado “Sobre Monsanto y los transgénicos”. En medio de una dura polémica con todo el conglomerado capitalista del agronegocio y la política tradicional que hace lobby por una nueva Ley de Semillas, y en medio de la ida de Monsanto de Malvinas, esta organización del FIT difunde un artículo ensayando una categórica defensa de los transgénicos. Increíble, pero cierto.

Pero, vayamos a los argumentos. Lo central que dice el FIT-PO es:

*No hay que confundir agrotóxicos con transgénicos

*Los transgénicos son dañinos en manos de los capitalistas

*Los transgénicos son un avance de la ciencia y en CUBA (sic) se investigan y producen varios eventos transgénicos

*La salida es el control obrero de la producción transgénica

Productivismo de izquierda y capitalismo en el siglo XXI

La tesis central del productivismo de izquierda, parte de la apreciación de que “toda tecnología es neutra, es un avance social de la ciencia aplicada, pero manipulada por empresarios tiene una finalidad distorsiva”. Este supuesto, deriva del esquema que explica que el capitalismo desarrolla fuerzas productivas con la contradicción de que los medios de producción son propiedad privada y que por lo tanto, el desafío revolucionario de la clase obrera entonces sería expropiar a los capitalistas y administrar ese “desarrollo” de fuerzas productivas pero socializando sus resultados, a partir de la propiedad también socializada de los medios de producción. Este enfoque aplicado mecánicamente y sin integrar además, las distorsiones del desarrollo depredatorio del capitalismo en el siglo XXI, termina concluyendo en una visión unilineal y dogmática que lleva por ejemplo a posiciones políticas tan equivocadas como plantear “la estatización y control obrero de la megaminería” como defiende el FIT-PO. Si todo lo resuelve la expropiación y el control obrero, entonces significa que todo el desarrollo capitalista hasta aquí es positivo y no hay nada para cuestionar, salvo la propiedad privada y la explotación. No nos oponemos a la ciencia y su aplicación técnica, pero siempre desde una lógica que contemple los intereses de la mayoría que trabaja y la sustentabilidad socioambiental.

¿Fuerzas productivas o destructivas?

 Hace 100 años Lenin escribió un texto de esencial vigencia: Imperialismo, etapa superior y decadente del capitalismo. Lo central del enfoque de Lenin era que el capitalismo transitaba un período de “sobrevida” y que ya su naturaleza como sistema de clases, como régimen de propiedad privada del fruto de la producción social, se transformaba en algo así como un “chaleco de fuerza” para el desarrollo de las fuerzas productivas sociales. Cabe aclarar que tanto en el Marx original -no en su distorsionada versión estalinista- como en Lenin, fuerzas productivas designa como categoría y proceso, a la relación dialéctica de “naturaleza, medios de producción y trabajo humano”, implicando que la primera y el tercero eran lo fundamental. Vale decir: avance científico-técnico, sin deriva en bienestar social de las personas y con impacto ecológico, no es desarrollo de fuerzas productivas. Por lo tanto, durante los últimos 100 años el sistema capitalista utiliza los avances de la ciencia y la técnica, no para beneficio social, sino para usufructo privado de una minoría cada vez más concentrada. Así, la ganancia privada como motor del sistema productivo ordena y subordina todo, convirtiendo las consecuencias socioambientales en meros fenómenos contingentes, secundarios, no planificados. En las últimas décadas la versión extractivista del capitalismo en América Latina, aplica enormes avances de la ciencia, prodigios de la técnica al servicio de la rentabilidad empresaria con consecuencias ecocidas. De esta forma, multiplica la minería a cielo abierto, que dinamita cordillera, cianura el agua y consume volúmenes de energía eléctrica increíbles. ¿Qué necesidad social justifica esa industria? Ninguna, salvo la rentabilidad de las megamineras, ya que el 85 % del oro y la plata extraídos se utiliza para barras de oro-para reserva especulativa- y el resto para joyas, como adorno fetichista de las clases pudientes. Entonces, la salida es ¿poner bajo control obrero esa industria o prohibirla por anti-social? Lo mismo podríamos decir del fracking como técnica de extracción de petróleo ¿bajo control obrero? No! Prohibirlo y reemplazar toda la matriz energética petrodependiente por renovables y limpias, sin reparar en “costos económicos”. Es decir: hay modalidades productivas desarrolladas bajo la subordinación del capital que hay que abolir revolucionariamente, no administrar con criterio reformista y productivista.

El caso de los transgénicos

El artículo del FIT-PO dice que “los transgénicos bajo control de los trabajadores” pueden ser útiles, por eso condenarlos hoy es equivocado. Hay una afirmación peligrosa del artículo que estamos discutiendo que es la delimitación de agrotóxicos por un lado y transgénicos por otro. Como si la modificación genética de semillas no tuviera como un objetivo resistir el impacto mortal de los agrotóxicos. Otra vez, llamativa la argumentación.

Pero lo más cuestionable, incluso proviniendo de una organización de izquierda, es que despacha de un plumazo todo el patrimonio experimental que cuestiona los transgénicos por su impacto en la salud, por la derivación no controlada de sus consecuencias tal como por ejemplo lo demuestran los muy serios y pacientes estudios del Dr. Séralini. El FIT-PO parece desconocer el principio precautorio del derecho socioambiental de los pueblos que indica que toda presunción de impacto sociosanitario de una actividad productiva, debe suspender la misma, habilitar estudios exhaustivos e independientes y junto con eso, abrir un proceso de deliberación social que tenga como desenlace una decisión democrática vinculante de la población. Con los transgénicos ocurre lo opuesto. Hay presunción, denuncias, impugnaciones y sin embargo, se los valida a escala planetaria, se los utiliza como modelo hegemónico y desde la izquierda el FIT-PO no los cuestiona, los asume como “patrimonio a administrar por la clase obrera”. Hoy la situación es esta, y la izquierda tiene que ser categórica.

Romper los tabúes del productivismo: anticapitalismo consecuente, ecosocialismo inevitable

La mayoría de la izquierda es productivista. Le tiene terror a determinadas hipótesis políticas, a determinados planteos. Por ejemplo, a decir: hay que arrebatarles el poder a los contaminadores, empoderar a lxs trabajadorxs, la juventud y el pueblo, y prohibir determinadas industrias, porque no tienen sentido social mayoritario, porque contaminan y eso no significa ninguno beneficio socal. Si mañana nos tocara influenciar con nuestra decisión política el rumbo del modelo productivo ¿qué haríamos con transgénicos, glifosato, megaminería, fracking? Nosotrxs someteríamos todo a deliberación popular democrática, pero seríamos -como somos ahora- militantes de prohibir toda lógica productiva que despoje, saquee y contamine. Por la sencilla razón de que además, hay alternativas. Hoy en Argentina, en materia agraria, producimos forraje y biocombustible, no comida. Nosotrxs planteamos producir comida suficiente, saludable, accesible. Para eso, agroecología, sin transgénicos ni glifosato es la alternativa. Declarar el territorio productivo, en especial el latifundio, bien de utilidad social, sujeto a expropiación. En buen romance: reforma agraria, repoblamiento del campo, planificación democrática de abajo hacia arriba de la producción con el paradigma de la agricultura de proximidad, cercana a los consumidores, sin la intermediación comercial especulativa que encarece y distorsiona. Claro, es con otro Estado -de transición, pos-capitalista-, con otra orientación social, el que puede impulsar esta perspectiva. Pero ese, es otro debate. Somos anticapitalistas, porque este sistema es incompatible con la vida de la mayoría que trabaja. Pero somos ecosocialistas, porque el modelo que imaginamos como alternativa integra de forma esencial, el principio marxista de la “interacción metabólica con la naturaleza” y la “gestión racional” de los bienes comunes. Esa es nuestra estrategia.

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