Trotsky: Morir en México… vivir en Nuestra América

Carlos Carcione

Había algo que no sabía Ramón Mercader cuando golpeó la cabeza que tenía enfrente: el grito lo perseguiría toda la vida. Lo encontró en cada rincón del mundo donde buscó esconderse para no oírlo. Por las playas de La Habana como relata Padura en su logrado “El hombre que amaba a los perros”. En las heladas tierras o en la cárcel impiadosa de lo que alguna vez había sido el hogar de los soviets. De paso por la triste España franquista… Ahí estaba, retumbando en su memoria, impidiéndole el sueño, agriándole los días. Mercader no halló tranquilidad ni en la tumba. La maldición lo acompaña por toda la eternidad y al menos, cada año, entre el 20 y el 21 de agosto, su nombre vuelve a ser señalado con la marca de la infamia.

“El Viejo” lo esperaba. Aceleraba el trabajo sobre la biografía de su verdadero verdugo. Había enviado gran parte de su archivo para Harvard, porque temía un nuevo incendio “accidental” como el ocurrido en Prinkipo-Turquía, su primer exilio luego de ser expulsado de la URSS. Recibía camaradas, aconsejaba, debatía y criticaba. Miraba por la ventana a Natalia con nostalgia y sonreía con las travesuras de su nieto. No había miedo en su alma. El último rastro de ese miedo se había borrado el día que recibió la noticia del asesinato de León Sedov, su hijo, su compañero, el editor del boletín de la oposición de izquierda con el que tozudamente continuaban, otra vez desde la clandestinidad,  la batalla al interior de una URSS stalinizada, degenerada, gris.

Cuando todas las puertas se cerraron por pedido de Stalin, agradeció a Lázaro Cárdenas haberle abierto las de un México todavía independiente y solidario. Allí con la carga de la tradición de una revolución esplendorosa, viva todavía en el muralismo testimonial de Diego de Rivera, pudo establecerse y continuar su trabajo.  Hasta allí lo fue a buscar Mercader. Allí fue donde “El Viejo” dio su última batalla. Y desde allí es desde donde se esparció su legado para germinar entre su gente, los obreros, los trabajadores, los jóvenes y los campesinos de Nuestra América.

Hay una diagonal de tiempo y espacio que cubre la distancia entre la Ciudad de México de Lázaro Cárdenas y la Caracas Bolivariana. En esta última, una tarde de agosto de 2007 Esteban Volkov, aquel niño que jugaba en el jardín de la casa de su abuelo Trotsky, en Coyoacán, estaba sentado al lado de la trotskista cubana Celia Hart Santamaría escuchando, entre sorprendido y satisfecho, a Hugo Chávez reivindicar a su abuelo.  Años después, un Chávez ya enfermo, pidió a las Ediciones de la Presidencia, la publicación de La Revolución Traicionada.

Venezuela es quizás el país del sur del continente donde más tarde se organizó el trotskismo. Pero hizo su bautismo de fuego en la heroica huelga de las textiles a mediados de la década del ’70. Fue esa corriente la que organizó el primer acto público del que participó Chávez a su salida de la cárcel luego del fallido intento de febrero de 1992. Y parte de esa corriente es la que hoy construye Marea Socialista. Pero entre el asilo generoso y valiente de Lázaro Cárdenas y el libro premonitorio enviado a imprenta por Chávez, hubo un prolongado tiempo de combates del que participaron activamente y en primera línea centenares de cuadros y miles de militantes que se consideran discípulos de “El Viejo”, y ese tiempo continúa.

A esos discípulos y sus organizaciones se los puede encontrar en la Revolución Boliviana del ’52 que desde las asambleas en los socavones de las minas construyen las Tesis de Pulacayo, una hoja de ruta para la lucha elaborada por los mineros insurreccionados, con el método del Programa de Transición. En el Cuzco Peruano, en la organización de los sindicatos y las milicias campesinas que en Lares y La Convención impusieron una reforma agraria desde abajo, defendida a punta de fusil de los ataques de la fuerza armada. Su líder el trotskista Hugo Blanco fue luego miembro de la Asamblea Constituyente, diputado y senador hasta el autogolpe de Fujimori, vive todavía hoy en el Cuzco. Este recorrido, nos lleva a los levantamientos urbanos obrero-estudiantiles del Cono Sur de finales de los 60, al enfrentamiento al golpe contra Allende en los Cordones Industriales en Chile, a las luchas de los obreros metalúrgicos en Sao Paulo, Brasil, o los del acero en San Nicolás, Argentina. A esos discípulos se los pudo encontrar combatiendo en el frente sur en la revolución sandinista, haciendo parte de la Brigada Simón Bolívar.

Así el movimiento que inspiró “El Viejo” estuvo presente en los últimos 80 años, en pequeñas y grandes jornadas de lucha y en la construcción de partidos y corrientes políticas nacionales e internacionales. Acertando o revisando críticamente sus propios errores.

Pero quizás todo este recorrido comenzó una tarde de septiembre de 1938 cuando el dirigente de los trabajadores de la madera de Argentina, Mateo Fossa, llegaba a México como delegado a un Congreso Sindical Latinoamericano enviado por la Central General de Trabajadores de su país. Y aunque el principal enemigo de Trotsky en México, Lombardo Toledano, le impidió participar del Congreso, no pudo evitar que Fossa cumpliera el segundo objetivo de su viaje, visitó a Trotsky en Coyoacán, quería llevar las opiniones de “El Viejo” a la clase obrera argentina, dijo.

Tiempo después de aquella entrevista y miles de kilómetros al sur, en Buenos Aires, un grupo de jóvenes aprendía de Mateo Fosa. Dice Nahuel Moreno, constructor de la principal corriente del trotskismo en América latina y parte entonces de aquel grupo de jóvenes: “A Mateo Fossa se debe que en enero de 1945 nuestro grupo se ligara a la huelga de la carne y se pusiera los pantalones largos como corriente obrera e internacionalista.” El mismo Moreno y su corriente, fueron de los principales artífices en que la simiente del pensamiento y la acción trotskistas se sembrarán con arraigo en Latinoamérica.

Hoy, en un momento crucial de la historia de nuestro continente es alentador saber que la corriente que se inspira en “El Viejo” no pudo ser asesinada en México, por el contrario está viva y actuando en Nuestra América. Aportando a esa diversidad que se expresa en el pensamiento y la acción revolucionarias.

 

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