Siria: una tragedia que dura más de 6 años

Naomí Ramírez Díaz*

En la pasada ceremonia de los Oscar, que pasará a la historia como la del gran patinazo al anunciarse la película ganadora del preciado galardón, hubo otro hecho destacado: el cortometraje ‘Cascos Blancos’ (White Helmets) se llevó el premio al mejor corto documental. Las búsquedas se dispararon en Google: ¿Qué son los Cascos Blancos? Más allá de la alegría que puede suponer el hecho de que se ponga el foco en la labor de rescate sobrehumana que hacen estos voluntarios en Siria, jugándose la vida para rescatar víctimas ─ y en innumerables ocasiones, cadáveres─ de debajo de los escombros, el hecho de que sea un premio de cine esconde una oscura realidad: la tragedia siria, que estos días leemos que “dura ya más de seis años”, se ha convertido en un espectáculo.

Los Cascos Blancos, como organización, y no como protagonistas de un documental –sin dejar de insistir en lo loable de la labor del director Orlando von Einsiedel─, fueron nominados al Premio Nobel de la Paz en 2016. Sin embargo, no estaban destinados a ganarlo, o al menos no parece que lo merecieran tanto como la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas tres años antes. En 2013, esa organización fue laureada con dicho premio por su labor de observación y certificación de la retirada de armas químicas en Siria, tras la terrible matanza de Al-Ghouta en las afueras de Damasco en la madrugada del 21 de agosto de 2013.

Esa noche en que la Defensa Civil y los equipos paramédicos, conmocionados por la magnitud y novedad del ataque, no dieron abasto y se quedaron sin medicinas, murieron cerca de 1.500 personas. Así lo relataba hace varias semanas en Madrid un médico sirio que vivió los hechos y perdió a varios compañeros que no se protegieron lo suficiente mientras trasladaban o trataban a las víctimas. La activista comunista opositora al régimen de Asad, Samira Khalil, secuestrada por una milicia contrarrevolucionaria a finales de ese mismo año, describiría en su Diario del Asedio a Duma 2013 esa tragedia como la única en que se ha logrado enterrar los cuerpos completos y no hechos pedazos, aunque muchos no pudieron ser identificados porque familias enteras perecieron.

La organización galardonada con el Nobel tuvo una única misión: retirar las armas químicas de Siria, tapar el crimen cometido por las fuerzas del régimen ─si bien hasta la fecha no se ha publicado ningún informe que apunte directamente al responsable, los indicios son demasiados como para estar equivocados, por la envergadura, los proyectiles y las coordenadas─ y permitir que continuara la masacre de la población siria que “dura ya más de seis años”. Cabe resaltar que en los últimos tres años, no han cesado de registrarse ataques contra la población con armas químicas, mucho menos con otro tipo de armas.

Frente a esto, los Cascos Blancos, que son bombardeados por el régimen y sus aliados cuando se dirigen a las zonas de rescate, que Rusia ha identificado en repetidas ocasiones ─desde cuentas gubernamentales oficiales─ con Al-Qaeda, y cuyo lema es “Quien salva una vida es como si salvara a toda la humanidad”, no han sido merecedores de un reconocimiento a su labor. El fondo no cuenta, sino la forma. Su día a día es insignificante; su película, un éxito.

Ese día a día que “dura ya más de seis años” se ha ignorado sistemáticamente y se sigue ignorando a nivel internacional. Se habla de los civiles como si lo que sucede en Siria fuera una catástrofe humanitaria, un terremoto, un tsunami, un tifón o un tornado. Ha llegado el momento de plantarse: ¡Basta!

En Siria no estamos ante una crisis que “dura ya más de seis años”. En Siria se llevan cometiendo crímenes contra la humanidad desde hace décadas. Las tristemente célebres imágenes de cuerpos mutilados y torturados que “César” ha logrado sacar de Siria y en las que muchos han podido reconocer, no sin esfuerzo, a sus seres queridos, o los informes sobre la tortura sistemática en las cárceles (incluyendo el más reciente sobre Seidnaya) no cuentan nada que no sucediera ya en los setenta, los ochenta y los noventa. Un breve repaso a la literatura de cárcel de autores sirios da buena cuenta de situaciones que a día de hoy siguen repitiéndose: la tortura por diversión, el desprecio por la vida humana.

Ese desprecio por los civiles que decidieron un día tomar las riendas de su vida y decir no a un régimen cuya supervivencia pasará a la historia como un ejemplo de cinismo internacional, no es, por tanto, nuevo. Este cinismo, que se lleva viendo desde 2011 con especial claridad, se convierte en absoluta obscenidad en el caso de Rusia, que se ha arrogado el derecho de presentar un borrador constitucional para un país a cuya destrucción ha contribuido con esmero: bombardear hospitales con tanta puntería seguramente le reporte algún premio internacional.

En dicha constitución, casi al final, como de soslayo, no solo se contempla que Asad pueda volver a presentarse a la presidencia del Estado, sino que, dado el carácter cuasi-fundacional de esta Carta Magna, tendría derecho a agotar otros dos mandatos de siete años, el máximo permitido en la misma. Ello supondría que el principal valedor de la política de tierra quemada en el país, Bashar al-Asad, podría seguir siendo presidente hasta aproximadamente 2030. La tragedia que “dura ya más de seis años” ─cuya “gesta” más reciente es la toma de Alepo tras meses de asedio y bombardeos indiscriminados sobre la población, que hicieron que los propios activistas en otras zonas suplicaran la evacuación de activistas, civiles y combatientes─ podría prolongarse durante al menos quince años más.

Alepo ha sido solo el episodio más reciente de una política de desplazamiento forzoso de la población que reside en zonas fuera del control del régimen. Bueno no, ha sido el último episodio televisado: la evacuación de zonas de Al-Ghouta a principios de 2017 ha pasado inadvertida. Alepo ganó el Oscar y Al-Ghouta perdió el Nobel. Mientras Al-Ghouta era castigada, el foco estaba puesto en los cortes de suministro de agua potable en el corazón de Damasco (bajo control de Asad), pero no se señalaba al culpable, que no era otro que el régimen y sus aliados. Sin embargo, y paradójicamente, todo esto no ha apartado ni un instante la atención mediática de la figura de Asad, que genera verdadera fascinación a nivel internacional, y que le convierte en un modelo peligroso para gobernantes del mundo entero, como bien sentencia Santiago Alba.

No, en marzo de 2017 no hablamos de una tragedia que “dura ya más de seis años” –tampoco podemos celebrar demasiado dada la connivencia internacional– contra la dignidad de un pueblo. De todos modos, el hecho de fechar el inicio de la revolución en marzo es una especie de acuerdo tácito, porque ya en febrero de 2011 hubo manifestaciones. Es célebre el episodio en el zoco de Hariqa en el centro de Damasco el 17 de febrero de 2011, cuando el entonces ministro del Interior se acercó al lugar para decir: “Pero chicos, esto no está bien, esto es una manifestación”. Tal episodio, bastante cómico en realidad, demuestra el ínfimo grado de libertad (si es que lo había) para expresarse políticamente en el “Estado de la barbarie”, como lo definió Michel Seurat en los ochenta ─pagando tal osadía con su vida─, y ello a pesar de que los manifestantes en el zoco no dijeron otra cosa que “Al pueblo sirio no se le humilla” y “La muerte antes que la humillación”.

No, al pueblo sirio no se le humilla. El pueblo sirio no es protagonista de una historia televisada. El pueblo sirio es víctima de un régimen autoritario que no solo “dura ya más de seis años”, sino que lleva dos generaciones en el poder silenciando toda palabra en su contra, y cuya megalomanía ha llevado al país al caos, permitiendo que se cuelen en él “todos los demonios de la Tierra”, como diría Samira Khalil, a la que esperamos.

*Naomí Ramírez Díaz es doctora en Estudios Árabes e Islámicos, traductora del libro de Samira Khalil Diario del asedio a Duma 2013 (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2017) y responsable de la página Traducciones de la revolución siria.

Fuente: CuartoPoder

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