Por Pedro Fuentes y Charles Rosa

La primera semana de septiembre registró un terremoto político de cinco grados, cuyo nombre podría ser “maletas de Geddel / delación del Palocci”. Si eso no bastara, todavía hubo la revelación de nuevos audios que culminaron en la rescisión del acuerdo que Joesley Batista hizo con la Justicia y en su ida a la cárcel. Sigue habiendo una gran crisis en las alturas; pero a pesar de ella, el gobierno golpista (sostenido por la casta política) logra hacer tramitar sus reformas neoliberalizantes y no para agravar la regresión social que vive Brasil. Por todos los rincones del país, es perceptible el aumento diario del hambre, del desempleo, de la violencia y de la miseria. Sin embargo, otra sería la situación si la movilización del 30J no hubiera sido frenada; la suspensión de la huelga general fue más golpe contra el pueblo; y esta vez, quien aplicó el golpe fueron las direcciones sindicales con el aval de un Lula desesperado por recuperar la confianza de la burguesía. La consecuencia más dramática de ese retroceso operado por la burocracia sindical fue que, al perder las calles, los trabajadores y el pueblo perdieron la posibilidad de pasar a una ofensiva directa. En la jerga futbolística, se desperdició un contraataque. Y es por eso que en medio de su rocambolesca crisis, los de arriba pueden seguir maniobrando y gobernando al sabor del ‘mercado’.

Esta situación compleja expresa un impasse crítico que no significa, en definitiva, ni calma ni derrota. Al final, ella también puede ser la ventana de oportunidad para pasar a limpio la historia reciente del país y colocar en su debido lugar quién es quien en la política brasileña, condición esencial para continuar construyendo las nuevas alternativas de empoderamiento popular. Los textos que escritos últimamente por Roberto Robaina (goo.gl/SdFh1i), Luciana Genro (goo.gl/v855TJ) e Israel Dutra (goo.gl/CPWnJF), entre otros, nos han ayudado a entender mejor el pandemonio en que estamos . En pocas palabras, la fotografía del momento puede ser resumida de la siguiente manera: 1-este gobierno golpista es nuestro enemigo público número uno contra el cual tenemos que luchar; 2- la existencia de este gobierno es resultado de una ofensiva de las clases dominantes, parte de una política mundial de todos los gobiernos burgueses y del imperialismo a fin de que los sectores populares paguen por la crisis; 3- al mismo tiempo, es imposible constatar que esta ofensiva se desdobla con relativa facilidad en Brasil, debido al hecho de que el PT y su política-estelionato electoral, fisiologismo parlamentario, ajuste del Levy, etc- abrieron las puertas y se recolocaron en la mesa presidencial a la derecha sin disfraces (o es posible olvidar que Michel Temer ya fue ovacionado en un Congreso del PT?).

 

Pretender acercarse a la verdad para exponerla de la manera más fiel no significa hacer el juego de la derecha, como el ala más carcomida del lulismo busca mistificar a sus adversarios a la izquierda. Conforme a los textos que escribimos en los últimos meses, defendemos el derecho democrático de Lula a postularse en las próximas elecciones, ya que ninguno de los otros presidenciables involucrados en los esquemas de Odebrecht probablemente será impedido de postular. Es el pueblo – a partir de la comprensión de que no es el PT que resolverá sus necesidades más sentidas, en la línea de lo que acaba de indicar un estudio sobre la evolución de las desigualdades sociales del país entre 2001-2015 [1] -, y no un tribunal ‘tecnocrático’, quien debe decidir el nombre del próximo presidente de la República. Afirmar esto también es algo muy distinto de siquiera pensar un apoyo al PT y / o callar sobre las metamorfosis que este partido ha atravesado en las últimas décadas. Roberto Robaina ya expresó muy bien las posiciones del MES en diversas intervenciones, al afirmar que la débacle del petismo es para Brasil un acontecimiento similar al que fue la caída del Muro de Berlín en 1989 a la izquierda mundial. El partido de la estrella no sólo gobernó para los intereses de las grandes corporaciones y del renóstico financiero (que nunca acumularon tanto capital, hecho evidenciado en innumerables estadísticas y en la histórica entrevista del ‘economista-mor’ de la dictadura, Delfim Netto, en la que resumió en una frase la satisfacción de las élites con el PT: “Lula salvó al capitalismo brasileño”!): la trayectoria del PT también significó un golpe profundo en la conciencia de las masas. Más que ‘aquello-que-podría-haber-sido-y-no-fue’, el PT “fue-aquello-que-siempre-negó-durante-los-tiempos-de-oposición”.

El partido obrero -que tuvo en sus años iniciales el seringueiro asesinado por Chico Mendes, por ejemplo- se convirtió hoy en el mejor amigo de la ruralista Katia Abreu (que a la verdad siempre agradeció las ganancias que el agronegocio tuvo desde 2003, a diferencia de la Familia Marino). El partido progresista -que tuvo un Florestan Fernandes en sus filas- hoy no ve problemas en ser línea auxiliar del coronel Renan Calheiros en Alagoas. El partido ético – cuya ficha de filiación nº 1 fue firmada por el histórico trotskista Mario Pedrosa – tiene como presidenta una senadora sospechosa de desviar dinero de los jubilados para su campaña electoral.

Una decepción como el PT crea inmensas dificultades para construir una nueva alternativa. La visión del movimiento de masas es obstaculizada por el fracaso de un proyecto otrora transformador a punto de no ser fácil ver la nueva alternativa que el PSOL y la izquierda necesitan construir y están construyendo. Para millones de personas, es como si el próximo ciclo de la izquierda brasileña estuviera condenado a repetir los pasos petistas. Se puede identificar, sin embargo, al menos un elemento positivo en este problema, ya que la negación es una etapa que suele preceder a la reflexión ya la búsqueda de lo nuevo, aunque eso demande una cierta paciencia y aumente la urgencia de reafirmarnos categóricamente “. no somos todos iguales “y” que hay otra salida en construcción “.

Relación orgánica

 

En este sentido, conviene reforzar que nuestra salida está siendo construida con cementos muy sólidos, con cimientos finalizados ya en 2002, a partir de un análisis marxista que ya era capaz de comprender la transmutación acelerada de la cúpula del PT como determinante clave de sus rumbos una vez que ha llegado al gobierno. La famosa carta a los brasileños (2002), firmada por Lula y afianzada por los Odebrecht, que buscaba asegurar a la burguesía que el PT no moviera las estructuras económicas del país, puede ser considerada la punta del iceberg de la capitulación petista. Ahora que el papel de los actores de la tragedia lulista está más claro, (ver las confesiones de Palocci, Delcidio y del marquetero João Santana, por ejemplo), no sería malo volver a tal asunto para explicar la “relación orgánica” de la dirección mayoritaria del PT con el gran Capital.

Sobre el tema hay trabajos y reflexiones bastante elucidantes, como el libro “A falência do PT” (2003) de Robaina y Luciana Genro, el artículo “A financeirização da burocracia sindical no Brasil” (2011) de Ruy Braga y Alvaro Bianchi o aún, el ensayo “O Ornitorrinco” (2003) del gran sociólogo Chico de Oliveira. En este último conviene detenerse en su explicación para el surgimiento de una ‘nueva clase’ (los administradores de los fondos de pensión). En un buen resumen de “O Ornitorrinco”, elaborado por la Folha de SP aún en 2003, cuando el PT intentaba pasar su Reforma de la Previdencia, encontramos:

“Lo que caracteriza la historia reciente de Brasil es el hecho de que los sindicalistas se convirtieron en capitalistas sin capital: dejaron de ser trabajadores sin haberse convertido en empresarios. No son burgueses porque no tienen la propiedad de las empresas, pero controlan los recursos públicos que el capital necesita para sobrevivir.

La evolución del país acabó así en una nación anómala, que no es más subdesarrollada, pues logró industrializarse, pero no llegó a ser desarrollada, pues sólo logra acumular capital aspirando recursos públicos. Para explicar el monstruo social resultante de esa “acumulación truncada” es que Oliveira usó la imagen del ornitorrinco, mamífero con pico de pato y que pone huevos “. [2]

En una entrevista al periódico el mismo año, Chico de Oliveira desarrollaba mejor a dónde quería llegar:

“La meta de esta nueva clase social no es la ampliación de los derechos laborales, sino una buena gestión financiera, pues ‘lo que está es juego es la jubilación de ellos. Esos administradores de fondos que definieron la política económica conservadora del gobierno de Lula. (…) Los obreros fueron transformados en operadores de fondos de jubilación, núcleo duro del PT “.

Si la existencia determina la conciencia, en esa nueva ubicación social de la dirección petista, los que administran los millonarios fondos de pensión, al mismo tiempo, defienden que esos fondos lógicamente maximicen sus ganancias, lo que implicará en última instancia en defender el capital explorador, y no al trabajador explotado – que dirá el medio ambiente! Por lo tanto, queda concluido que sus intereses pasan a ser también los intereses de la burguesía, especialmente la más rentista parasitaria, con la ventaja adicional para ésta de que no necesita desgastar sus cuadros con la carga de la ‘vitrina política’, combinando mecanismos garantizadores del ‘ consenso pasivo “de las capas subalternas con el ‘consenso activo” de las burocracias sindicales.

Al ampliar esta perspectiva, conviene retomar el concepto de “clase gerencial” de Dumenil / Levy (desarrollado en el libro “La crisis del liberalismo” de 2011). Los economistas franceses mencionan la diferenciación de una nueva clase gerencial, los aliados de alto rango que operan en beneficio de las capas más altas de ingresos, es decir, los propietarios capitalistas y las fracciones superiores de la administración. La mayor concentración de ingresos constituirá la realización crucial del nuevo orden social. Este análisis nos pareció muy interesante y potente para entender el papel gerencial que pasaron a desempeñar la vieja socialdemocracia europea, el PT en Brasil y otros grupos políticos alrededor del mundo.

Las cúpulas políticas de los partidos identificados (más en la retórica y en la simbología, que en la práctica) con los sectores obreros y populares se integran de tal forma en la reproducción del metabolismo capitalista que se van convirtiendo paulatinamente en castas alienadas o distanciadas de los intereses de las capas medias y bajas de la sociedad, es decir, sus clases de origen. Si no son exactamente burgueses, ya que no son los titulares efectivos de los medios de producción, atrevan su destino estructural al éxito estructural de la gran burguesía. En vez de ser los verdugos del Capital, se convierten en sus médicos, como el dr. Palocci evidencia con su patrimonio millonario.

 

Pacto de sangre

Pues es precisamente este proceso que contaminó el aparato petista. La mayoría de la dirección del PT (el pétit comité que expulsó a los radicales del partido en 2003 y que hasta toparía cambiar a Babá por Geddel Vieira Lima en 2003!) celebró su compromiso serio e inquebrantable con la burguesía a través de la referida Carta a los brasileños, sacramentando papel pasado su transformación política. Fue el cambio social de esa dirección que explica lo que sucedió en el plano político. El “pacto de sangre” con la gran burguesía vampiresca de Brasil impide que el PT encamine cualquier proyecto mínimamente emancipatorio. Volviendo a la metáfora del fútbol, es como si esperáramos que un jugador hiciera goles para nuestro equipo, incluso ya habiendo firmado contrato con el adversario. Y si tiene algo que el PT ha sabido hacer hasta ahora ha sido respetar los contratos … con la burguesía!

Este es el análisis marxista que no podemos perder de vista ahora. Palocci, con su delación, pudo haber traicionado a su viejo compañero Lula; sin embargo, como señala bien Robaina, el ‘Italiano’ no mintió ni actuó contra sus nuevos intereses de clase. De la misma forma, las relaciones orgánicas entre Lula y Odebrecht son indiscutibles: ‘nunca antes en la historia de este país’, un político del porte de Lula actuó tan bien los intereses subimperialistas de la constructora como lo hizo. Y las vinculaciones de otros grandes empresarios (Walfrido Mares Guía, Luiz Fernando Furlan, Leo Pinheiro, etc.) con Lula también son orgánicas.

Comprender este análisis marxista fue el punto de partida acertado, y sigue siendo, para construir con el PSOL y otras fuerzas la nueva alternativa contra las variantes ‘social y neo’ liberales que dominaron y dominan a Brasil. Para ello, es necesario matar al monstruo sindical-político engendrado por la formación social del Ornitorrinco, porque él no va a morir por sí mismo.

————————————————————————————————————————————————————————————————

1- Haciendo un resumen bien esquemático de la orientación económica de los 13 años de lulismo en el gobierno hasta el golpe palaciego, podemos decir que las opciones estratégicas de los gobiernos petistas fueron en el sentido garantizar primero la supervivencia de los privilegios de los más multimillonarios, a través de la super-estabilidad del gobierno, el sector financiero y las masivas benesses concedidas a los sectores agro-extractivistas, mientras que funcionalizaban la pobreza con las políticas públicas gestadas por el Banco Mundial y estimulaban el consumo con crédito barato de los trabajadores que, absurdamente, fueron llamados ‘nueva clase media’. La ortodoxia neoliberal de los primeros años de lulismo (con Palocci, ministro de Hacienda) fue exitosa por la política de campeones nacionales (con Mantega, ministro de Hacienda), acompañando las variaciones y oscilaciones del capitalismo en este inicio de siglo y principalmente los vientos chinos, y finalmente se volvió con la ortodoxia neoliberal en los últimos actos del gobierno de Dilma (con Joaquim Levy, en la Hacienda). Los programas compensatorios (que la máquina de propaganda gubernamental llegó a comparar con los derechos conquistados por la lucha obrera durante el gobierno Vargas o incluso con la Constitución de 88, haciendo el tipo de política más rara sobre el hambre de millones de brasileños) no alteraron en lo esencial el cuadro de la desigualdad social en el país, como acaba de comprobar un estudio del Instituto de Thomas Piketty: de 2001 a 2015, las parcelas de apropiación de ingresos por el 10% más rico y el 10% más pobres permanecieron absolutamente las mismas, una u otra variación residual. De todo el crecimiento económico registrado en el período, el 10% más rico amalgama el 61%, dejando el 10% más pobre con un 18%. Además, es importante recordar la expansión escandalosa de los empleos precarizados y tercerizados durante el auge del lulismo, que ahora este gobierno ilegítimo intenta consolidar de vez en el ordenamiento jurídico del país.