Bernardo Corrêa

En esta polémica suscitada por recientes posiciones de Gilberto Maringoni, el autor trata la estrategia de la conciliación de clases con la cual Lula y el PT gobernaron por 13 años.

Una polémica con Gilberto Maringoni

“…ellos nunca ganaron tanto dinero en la vida como ganaron en mi gobierno. Ni las emisoras de televisión, que estaban casi todas quebradas; los periódicos, casi todos quebrados cuando asumí el gobierno. Las empresas y los bancos también nunca ganaron tanto, pero los trabajadores también ganaron. Ahora, obviamente que tengo claridad que el trabajador solo puede ganar si a la empresa le va bien. Yo no conozco, en la historia de la humanidad, un momento en que a la empresa le va mal y que los trabajadores consiguen conquistar alguna cosa a no ser el desempleo” (Lula da Silva – entrevista a Emir Sader en mayo de 2013).

Tal vez uno de los debates más importantes que la izquierda brasileira y latinoamericana esté haciendo actualmente sea sobre el balance de la experiencia del PT en el gobierno. Junto a la situación venezolana, es un tema que ya compone lo que podríamos llamar la agenda pública de la izquierda.

Innumerables militantes y analistas han insistido en que la lección más importante a ser tomada es relación a lo que Ricardo Antunes llamó el “mito de la conciliación de clases” que el PT propagandizo. Hay otros, sin embargo, que han dado énfasis en la necesidad de construir un programa para Brasil, que habría sido esta la gran ausencia de la experiencia lulista. De estas dos evaluaciones, evidentemente derivan distintas caracterizaciones. Hay quienes sostienen que se trató de una traición a la clase trabajadora y su historia de luchas, de las cuales el PT formó parte determinante. Otros buscan encontrar errores que serían responsabilidad del conjunto de la izquierda, debilidades de su elaboración, no preparado para lidiar con el Estado y el gobierno. Muchos apuntan en los límites de la “gobernabilidad” y del presidencialismo de coalición las explicaciones para la colaboración de clases. No me parece correcto.

Hay quien dice que en una estrategia revolucionaria no cabe esta táctica. No es mi caso. No hay que tener ilusiones bernsteinianas de que es posible que la mayoría social de los trabajadores pueda transformarse gradualmente en mayoría parlamentaria, tampoco de que es posible modificar la naturaleza del Estado burgués por mera “voluntad política”, para usar un término en boga

La clave para responder a la pregunta me parece que está justamente en la visión procesal de esta táctica. A finales de los años 90, principios del 2000, cuando aún participábamos de las luchas internas en el PT contra las posiciones de colaboración de clases de la dirección lulista, en un encuentro del Bloque de Izquierda del PT en Río de Janeiro, el militante histórico Vladimir Palmeira hizo una definición de que nunca me voy olvidar. Decía que un gobierno de izquierda elegido debería llevar las barreras de la legalidad al límite de la ilegalidad, para entonces construir una nueva legalidad. Evidentemente, no se refería a ser corrompido por contratistas o cooptado por los negocios de la burguesía y sus partidos, sino de la necesidad de ir más allá de los límites que la legalidad impone, articulando las medidas gubernamentales a la movilización social, como forma de superar estos límites. Es decir, se trata de utilizar la posición adquirida en la superestructura de la sociedad capitalista para modificar las prioridades gubernamentales y el propio régimen político, desgarrar los mecanismos de la democracia representativa y, de esa forma, rediseñarlo transitando a una democracia directa o participativa.

Yo añadiría a la definición de Vladimir que la posición en el aparato del Estado abre la posibilidad de una administración de los conflictos sociales, siendo que la tarea del gobierno no debe ser apaciguar tales conflictos, pues son ellos quienes revelan los propios límites de la sociedad capitalista y tensionan al gobierno a dar pasos adelante en su estrategia. La tarea primordial es modificar la relación entre la sociedad política y la sociedad civil, valiéndose de los conflictos sociales existentes. Ampliar los espacios de participación política de la mayoría del pueblo, para que éste constituya una especie de contrapoder frente al “comité ejecutivo de los negocios de la clase dominante”. De cierta manera, gobernar significa producir una agenda de conflictos sociales que favorezcan el ejercicio de la función hegemónica. Como bien dice Marcelo Freixo, quien dice gobernar para todos está mintiéndole a alguien.


La estrategia del PT en el gobierno fue exactamente lo contrario. El PT partió del supuesto de que el Estado democrático de derecho, este hermoso apodo para el Estado burgués, es una institución que puede ser utilizada para equilibrar los conflictos de clases, arbitrar esta lucha por medio de reformas y un programa que pueda ser una síntesis de los intereses de los de abajo y de los de arriba, en la fórmula de Lula “el trabajador sólo puede ganar si la empresa le va bien”. Por la propia naturaleza del Estado, es imposible implementar este “gana-gana”. Las concesiones a los trabajadores fueron mediadas por la desmovilización de los movimientos sociales y por la apertura de nuevos negocios, muchos con financiación pública y exenciones fiscales a los empresarios. Por eso Lula afirmaba que “ellos nunca ganaron tanto dinero en la vida como ganaron en mi gobierno”. Tres ejemplos son clave.

El FIES y el ProUni posibilitaron el acceso de muchas personas a las universidades privadas en el país, algo importante. Por otro lado, el mecanismo de endeudamiento de estudiantes, al tener el gobierno como fiador, garantizó un riesgo cero a los empresarios de la rama frente a un posible (y probable) incumplimiento, hoy en el 53%. En 2014, había cerca de 7,8 millones de matriculados en la enseñanza superior, siendo que el 75% de las matrículas se concentraba en la red privada (5,9 millones). Después de la fusión entre las empresas Kroton y Anhanguera en 2013, Kroton Educacional se ha convertido en la mayor del mundo en la rama, obteniendo un crecimiento del 22.130%, pasando a valer casi 5 mil millones de reales en la Bolsa de Valores. La empresa es de Walfrido Mares Guía, político minero involucrado en el “ Mensalão Tucano”, ex ministro de Lula (de 2003 a 2007) y dueño del pequeño jet que llevó a Lula a Curitiba a la audiencia con el juez Sergio Moro. Mares Guía también fue uno de los mayores donantes de la campaña de Haddad a la alcaldía de SP, cuando fue ministro de Educación, promovió reformas en el FIES que multiplicaron los beneficios y el valor de mercado de las universidades privadas.

“Mi casa, mi vida” fue el principal programa habitacional del lulismo. Millones tuvieron acceso a la casa propia. Sin embargo, las unidades reservadas a la población de bajos ingresos (rango 1) quedaron bajo la responsabilidad de la empresa Barrio Novo, brazo de Odebrecht. Creada en 2007, Odebrecht Realizaciones Inmobiliarias desarrolla proyectos residenciales, empresariales, comerciales, hoteleros y se ha convertido en pionera en utilizar casas prefabricadas para atender a la demanda de Mi Casa Mi Vida del rango 1, a través de la venta de debentures a la Caixa Económica Federal (casi con exclusividad por monopolizar la tecnología en el país) abrió un nuevo mercado atendiendo a la demanda de la población de bajos ingresos, compartiendo nuevamente el margen de riesgo de la inversión con las arcas públicas. No hay nada más valioso para un capitalista que nuevos mercados sin riesgo.

Por último, la llamada política externa saludada por muchos como progresista, propalaba la falacia de la integración regional, pero fue de hecho una expansión internacional de capitales brasileños. Fue una política de gobierno, incrementada por enormes financiaciones públicas del Banco de Desarrollo Económico y Social (BNDES por sus siglas en portugués). En el lulismo, el BNDES profundizó un patrón de acumulación del capitalismo brasileño iniciado con las privatizaciones en la era FHC, basado esencialmente en la formación y fortalecimiento de conglomerados privados fomentados con recursos públicos. Los contactos públicos se convirtieron en catalizadores para nuevos negocios de empresas multinacionales brasileñas. Encabezaron la lista de esta expansión a JBS-Friboi (Agronegocio), Odebrecht (Construcción), Coteminas (Textil), Gerdau (Siderurgia). Difícil pensar en casualidad en el hecho de que las mismas están entre las empresas que más donaron recursos para la campaña de Dilma en 2014.


La hegemonía lulista se caracterizó por un bloque de poder de estas fracciones burguesas aliadas a una “financierización de la burocracia sindical”, en las palabras de Ruy Braga (2016):


(…) el sindicalismo lulista se transformó no sólo en un activo administrador del Estado burgués, sino en un actor clave del arbitraje de la propia inversión capitalista en el país. A través de la ocupación de puestos en los consejos de los fondos de pensiones y de los bancos públicos, la alta burocracia sindical se financió “, es decir, fusionó sus intereses de capa social privilegiada al ciclo de acumulación del capital financiero” (BRAGA, lulismo y el retorno de la lucha de clases, 2016, p.88).


Por medio de concesiones a los de abajo y el “consentimiento activo de las direcciones sindicales” obtuvo “el consentimiento pasivo de las masas”. La corrupción y la cooptación fueron las principales mediaciones de la acumulación postfordista y de la dominación política capitalista. El proyecto garantizó hasta la explosión de protestas en junio de 2013 y el advenimiento de la crisis económica, también el consentimiento y el lucro de los de arriba, además del transformismo del propio PT.

Evidentemente, toda estrategia está subordinada a una determinada correlación de fuerzas, no somos ingenuos de creer que se puede pelear contra toda burguesía al mismo tiempo. En este marco, es posible admitir acuerdos o concesiones a determinadas fracciones de la clase dominante, pues, después de todo, no estamos hablando de un gobierno producto de una revolución social. Pero lo que caracterizó al gobierno petista no fue una estrategia de los de abajo con algunas concesiones a la burguesía, sino un proyecto hegemonizado por fracciones de la burguesía y de la burocracia sindical, con algunas concesiones a los trabajadores. Como se ve, no se trata de una ausencia de programa o de estrategia, sí, de una estrategia de conciliación de clases, bajo un programa social-liberal. Una especie de neoliberalismo descafeinado.

Que Lula reivindique esta estrategia no puede sorprendernos, lo que realmente sorprende es que frente a la crisis del lulismo militantes que estuvieron en la oposición de izquierda al gobierno acepten algunos de sus presupuestos. Las nuevas vanguardias surgidas después de las Jornadas de Junio, la Primavera Feminista, la ola de ocupaciones de escuelas, la lucha por la vivienda en las ciudades, las vidas negras importan, entre otras, no deben confundirse sobre las lecciones del gobierno petista. El fin de este ciclo también es la apertura de un nuevo y todas las unidades de acción con sectores del lulismo que la coyuntura post-Temer nos impone, no puede traer ilusiones con el pasado.

El programa de fundación del PSOL, aunque no sea una fórmula lista y acabada como él mismo alerta, apunta de forma nítida al principio irrenunciable de un proyecto realmente transformador en Brasil:

“Nuestra base programática no puede dejar de guiarse en un principio: el rescate de la independencia política de los trabajadores y excluidos. No estamos formando un nuevo partido para estimular la conciliación de clases. Nuestras alianzas para construir un proyecto alternativo tienen que ser las que busquen soldar la unidad entre todos los sectores del pueblo trabajador-todos los trabajadores, los que están desempleados, con los movimientos populares, con los trabajadores del campo, sin tierra, pequeños agricultores con las clases medias urbanas, en las profesiones liberales, en la academia, en los sectores formadores de opinión, cada vez más dilapidadas por el capital financiero, (…). Son estas alianzas que van a permitir la construcción de la autoorganización independiente y del poder alternativo popular, más allá de los límites del orden capitalista. Por eso, nuestro partido rechaza a los gobiernos comunes con la clase dominante “(Programa aprobado en el Encuentro Nacional de fundación del PSOL, realizado los días 05 y 06 de junio de 2004):


Me parece que perder esta brújula puede llevarnos al naufragio, junto a aquellos que apuntaban el norte hacia el camino opuesto y ya empezaron a hundirse.

Nota del autor

1 BRAGA, Ruy. “El fin del lulismo y el retorno de la luch de clases, 2016, p.88 en: SINGER, André e LOUREIRO, Isabel (org,) Las contradicciones del lulismo: a que punto llegamos? São Paulo, Boitempo, 2016.

Traducción: Gustavo Reynoso