por Vladimir Safatle (01/09/2017) – Folha de SP

 

Una de las características más evidentes del pensamiento oligárquico está en su forma de describir el pueblo y las masas. Son normalmente representaciones de una especie de sonámbulo que actúa de forma irreflexiva y nunca escapa por completo de un estado de somnolencia. De ahí las sobre el estado de anestesia del pueblo, de su apatía e indiferencia. En Brasil, este tipo de pensamiento está tan arraigado que el país tiende a verse a sí mismo como un gigante durmiendo.

Sin embargo, hay de preguntarse si muchos no confunden deliberadamente el pueblo con sus representaciones por el poder y por los organismos que buscan construir un imaginario social.

Así, por ejemplo, una historia como la de Brasil, marcada por secuencias de levantamientos populares (Cabanada, Revolta de Carrancas, Cabanagem, Revolta dos Malês, Sabinada, Revolta do Quebra-Quilo, Revolta do Vintém, Canudos, Revolta da Chibata, Contestado, Coluna Prestes, lucha armada contra la dictadura de 1964) es presentada como el movimiento plácido de un pueblo servil y cordial.

Así es como las manifestaciones de junio de 2013 tomaron a todos por sorpresa. A pesar de haber comenzado el año con una impresionante secuencia de huelgas, de la frustración relativa resultante del final del proceso de movilidad social ser palpable en el aire, de la revuelta contra las promesas incumplidas (seríamos la quinta economía mundial, nuestras grandes ciudades serian repaginadas por inversiones venidas de la Copa del Mundo y de los Juegos Olímpicos, etc.), nadie parecía notar ninguna placa tectónica moviéndose debajo del suelo brasileño. Hasta que la revuelta explodió.

Proyecciones temporales no tienen validez objetiva, es cierto. Pero pueden indicar latencias de la situación actual, posibles, que a muchos les gustaría de ni siquiera tomar nota.

El hecho es que algo como junio de 2013 probablemente se repetirá. La verdadera pregunta es si estamos preparados para ello o vamos a perder la oportunidad, una vez más, de acabar con la estructura institucional degradada y su casta política.

El nivel de desencanto y la insatisfacción popular llegó a niveles dificilmente descriptibles. A pesar de la propaganda masiva de defensa de lo que se llama “política económica” actual, el rechazo de la población es tenaz y completamente mayoritario. Aparte de los economistas de Itaú y Bradesco, nadie apoya tal “política”. La sensación general de despojo y la falta de respeto está ahí para que todos lo vean.

Por otro lado, los niveles del rechazo a la clase política son absolutos. Hace días, el Instituto Ipsos publicó una encuesta sobre la percepción de los brasileños y brasileñas sobre los representantes políticos. Adicionando los que desaprueban totalmente o un tanto, las cifras son del orden increíble.

Michel Temer tiene 93% de reprobación, seguido por Aécio Neves con 91%, Eduardo Cunha (91%), Renan Calheiros (84%), José Serra (82%), el deificado por la prensa FHC [Fernando Henrique Cardoso] (79%), Dilma (el mismo 79%, pero con una mayor tasa de aprobación de FHC) Alckmin (73%) y Lula (66%).

En primer lugar, hay que señalar la diferencia entre cómo los evalúa la población y como los principales sectores de la prensa charlan sobre la percepción popular. Que todos los cardenales del PSDB son más reprobados que Lula, aquí hay algo que merecía una reflexión honesta. Que un ocupante de la Presidencia tenga 93% de desaprobación y continúe haciendo la misma política, aquí es un caso de hospitalización forzada.

Por último, la misma investigación muestra que aquel que tiene reprobación inferior (Doria, 52% y aprobación 19% de sólo) todavía tiene un número monstruoso. Es decir, todos sin excepción, tienen más del 50% de desaprobación. Esto demuestra la falta de correspondencia entre la casta política y las personas que ella juzga representar.

Signos de esta naturaleza muestran cómo se produce una latencia de explosión en Brasil. A medida que la historia no es la tierra del necesitarismo, son configuraciones contingentes que determinan si tal latencia pasará para acto o no. Pero es cierto que un otro 2013 es posible.