Dan La Botz

El régimen del antiguo dirigente revolucionario y presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, ha asesinado en los últimos días al menos a 24 manifestantes que protestaban contra los súbitos cambios drásticos contemplados en una nueva ley de reforma de las pensiones, cambios que mermarían los ingresos de decenas de miles de personas. Unas 200 han sido detenidas y otras 20 han desaparecido, según informa la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Otros manifestantes, muchos de ellos estudiantes universitarios, fueron golpeados por la policía o por comandos armados con tubos, enviados por el partido del presidente Ortega, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El gobierno de Ortega también ha clausurado el canal informativo Noticias y el Canal 12 para impedir que se informe de los hechos y se critique al gobierno. Matones sandinistas han golpeado a reporteros y destruido cámaras de televisión. Ángel Gahona, presentador del programa Onda Local en Facebook Live, estaba informando de las manifestaciones cuando fue asesinado por arma de fuego durante la emisión. Su asesinato, la censura y la represión han levantado nuevas protestas y dado lugar al saqueo de mercados en Managua.

Los estudiantes han llamado a la huelga en todos los campus y, curiosamente, grupos de campesinos han llamado a su vez a la huelga hasta que se cumplan las reivindicaciones de los estudiantes. En Managua y otras ciudades ha habido grandes manifestaciones con miles de personas. Los diplomáticos estadounidenses han recibido la orden de abandonar el país lo antes posible. El cardenal católico Leonardo Brenes trata de organizar una reunión del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP) y el gobierno de Ortega. Aunque es demasiado pronto para vaticinar lo que ocurrirá, la revuelta en curso tiene todos los rasgos de un movimiento revolucionario, si bien, por el momento, sin una dirección.

La ley de reforma de las pensiones del gobierno se ajusta a la misma lógica neoliberal que otras medidas legislativas de países de todo el mundo, a saber, la imposición de la austeridad para la clase obrera y la gente pobre. La reforma, de aplicarse, aumentaría tanto las cotizaciones de las empresas como las de los trabajadores, reduciendo al mismo tiempo las prestaciones en general. Nicaragua, con una población de seis millones de personas, es uno de los países más pobres de América Latina; más de un tercio de los habitantes viven en la pobreza y la mitad de los que viven en el mundo rural sufren pobreza extrema. Allí, la renta media es de 2 dólares al día.

Las manifestaciones han llevado a Ortega a anunciar que revoca la ley de reforma de las pensiones y que quiere negociar, pero no está claro con quién va a negociar ni si está dispuesto a hacer concesiones significativas. Algunos opositores, que han lanzado el lema de “No tenemos miedo”, reclaman que Ortega, que actualmente cumple su tercer mandato como presidente (en total lleva cuatro), dimita del cargo.

¿Qué se ha torcido?

¿Cómo un partido político y un gobierno nacidos de una revolución popular en 1979 han podido degenerar hasta este punto? ¿Y degenerar en tantos sentidos? Porque a pesar de que esta haya sido la peor represión de la historia posrevolucionaria nicaragüense, no ha sido la única. Campesinos y ecologistas vienen manifestándose desde 2014 contra los planes de Ortega de construir, con financiación china, un canal interoceánico a través de Nicaragua, y la policía ha intervenido a menudo de forma violenta contra estos manifestantes. El gobierno, aliado con la iglesia católica, también ha actuado contra el movimiento feminista que lucha por la abolición de las leyes del país contra el aborto.

En toda Managua aparecen enormes vallas publicitarias con retratos sonrientes de Ortega y su esposa, la copresidenta de hecho Rosario Murillo, junto al lema: “¡Cristiana, Socialista, Solidaria!” Pero sería mejor calificar el régimen de autoritario, proempresarial y antiobrero. El gobierno sandinista de Ortega es fruto tanto de la ideología que inspiró su pasado revolucionario como de los pactos que definen su práctica desde 1990. Como explico en mi libro What Went Wrong? The Nicraguan Revolution: A Marxist Analysis, el problema central es que los sandinistas nunca han defendido la democracia como un valor fundamental, ni en su pasado revolucionario ni en su presente posrevolucionario y bastante reaccionario.

Sin embargo, hubo un tiempo en que los sandinistas inspiraron a la izquierda de todo el mundo. De 1936 a 1979, Nicaragua estuvo sometida al régimen de la familia Somoza, una brutal dictadura dinástica apoyada por EE UU, que en alianza con sectores de los partidos Liberal y Conservador utilizó el Estado para proteger a los terratenientes, modernizar la economía y reprimir a la oposición. Los sandinistas, un movimiento fundado en 1961 por un pequeño grupo de antiguos comunistas estalinistas (miembros del Partido Socialista Nicaragüense) que admiraban a Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, adoptaron una estrategia guerrillera.

Después de casi quince años de actividad de pequeños grupos guerrilleros en las montañas y de espectaculares secuestros y asesinatos de cargos del gobierno, el movimiento revolucionario sandinista se estancó. La guerra de guerrillas había fracasado. ¿Qué hacer?

Los líderes sandinistas, frustrados, se dividieron en tres fracciones rivales, una encabezada por Daniel Ortega y el escritor Sergio Ramírez, llamada laTendencia Tercerista, que finalmente salió ganando y propuso una nueva estrategia, basada en un programa moderado, la alianza con la burguesía progresista, el respaldo de otros gobiernos latinoamericanos y una invasión militar armada desde Costa Rica, combinada con un levantamiento nacional. Con el apoyo de miles de combatientes extranjeros latinoamericanos, los sandinistas tomaron el poder en 1979.

Inspirados por el triunfo, miles de extranjeros acudieron en tropel a Nicaragua, yo entre ellos, para aprender o para ayudar; algunos permanecieron durante días o semanas, otros durante años o incluso decenios. La revolución acabó siendo diferente de lo que imaginaban.

En el poder y en la guerra

Aunque hubo brevemente, y de forma ostensible, un gobierno de coalición, de hecho los sandinistas dominaban el país desde el primer día de la revolución, mientras sus socios de coalición fueron dimitiendo gradualmente. La revolución estaba basada en el engaño. En una reunión secreta de tres días de duración, tras la revolución, el directorio sandinista, la dirección colectiva, proclamó que el partido sería marxista-leninista, establecería la dictadura del proletariado y se integraría en el campo comunista junto con la Unión Soviética, el bloque del Este y Cuba. Ortega y otros dirigentes del FSLN, sin embargo, dijeron al pueblo nicaragüense y al mundo que establecerían un gobierno democrático, con una economía mixta y una política exterior no alineada.

Sin preocuparse por la democracia y la honestidad, pero profundamente comprometidos con la igualdad social, los sandinistas llevaron a cabo notables campañas nacionales de alfabetización y atención sanitaria. El FSLN creó una serie de organizaciones de masas, dirigidas por el partido, de obreros, mujeres y jóvenes, a través de las cuales podía movilizar y canalizar a la población. Y con la ayuda de la Unión Soviética y Cuba, creó un nuevo Estado, un ejército y una fuerza de policía. Mientras tanto, el presidente estadounidense Ronald Reagan decidió destruir la revolución.

El Departamento de Estado de EE UU y la Agencia Central de Inteligencia se encargaron de organizar y armar a antiguos somocistas y nuevos opositores en la Contra, un grupo contrarrevolucionario. Los errores políticos del FSLN también contribuyeron al crecimiento de la Contra. La negativa del FSLN a repartir tierras al campesinado y la mano dura empleada contra la población indígena de la costa caribeña generaron una amplia oposición en el mundo rural y desembocaron en una verdadera guerra civil. Incapaces de formar un ejército de voluntarios operativo, los sandinistas instauraron la conscripción, perdiendo más apoyos, algunos de los cuales se pasaron al bando de la Contra.

Después de una década de guerra, la población, aunque no derrotada, estaba exhausta y desmoralizada. Daniel Ortega, quien había sido elegido presidente en la primera elección posrevolucionaria en 1985, se enfrentó en 1990 a la candidatura de Violeta Chamorro, viuda de un popular editor de prensa que había sido asesinado por Somoza. Respaldada por una amplia oposición, que abarcaba desde los comunistas hasta la extrema derecha, pero sobre todo preconizando el final de la guerra y contando con la ayuda masiva de EE UU, Chamorro ganó la elección y asumió la presidencia.

Daniel Ortega se alía con políticos, obispos y empresarios

La coalición de Chamorro se fragmentó inmediatamente después de su elección, mientras la Asamblea Nacional Nicaragüense estaba dominada por el FSLN de su oponente Ortega. Antonio Lacayo, el hombre fuerte tras el trono de Chamorro, pactó en secreto con Ortega, quien todavía dirigía el FSLN, y su hermano Humberto Ortega, y juntos gobernaron Nicaragua. Ortega y el FSLN transfirieron inmuebles y otros bienes del Estado a sus propias arcas –la famosa piñata–y entablaron relaciones con antiguas figuras del somocismo y la vieja clase terrateniente. Ortega y su novia, Rosario Murillo, se casaron por la iglesia católica y se declararon creyentes.

La compleja implicación de Ortega en corruptelas y negocios oscuros, que he comentado en mayor abundancia en otro lugar, es demasiado enmarañada para entrar aquí en detalles, pero baste decir que mediante tales maquinaciones siguió siendo hacedor de reyes y destronador de 1996 a 2006, bajo las presidencias de Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños. En ese periodo, Ortega y Murillo se hicieron con el control absoluto del FSLN y lo convirtieron en un aparato político, dirigido por viejos cuadros sandinistas y engrosado por miembros posrevolucionarios, apolíticos pero dispuestos a dar su voto a cambio de una camiseta y a repartir folletos a cambio de unas cuantas comidas.

Hoy, Ortega no solo controla la presidencia, sino también la Asamblea Nacional y la Corte Suprema. Como un monarca –y como Donald Trump–, ha dotado de mucho poder a su mujer y sus hijos.

Ortega ha contado con mucha cobertura de izquierdas en su conversión en un dictador abiertamente reaccionario. Durante las dos últimas décadas pudimos ver a Ortega en numerosas fotografías sonriendo junto a Fidel y Raúl Castro en Cuba, o a Evo Morales en Bolivia o Hugo Chávez en Venezuela. ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), una alianza económica creada por Castro y Chávez, aportó millones de dólares a Nicaragua, un dinero que Ortega controlaba personalmente. El Foro de São Paulo, el congreso regular de los partidos de izquierda de América Latina, al que asistí en el verano de 2016, trata a los sandinistas como si fueran un gobierno socialista. Y en EE UU la Alianza por la Justicia Global, que publica NicaNotes, ha sido hasta ahora complaciente con el gobierno sandinista. Es hora de que la izquierda deje de dar pábulo a un dictador.

Ortega ha atribuido los problemas del país a enemigos políticos no identificados. Hoy por hoy, el gobierno cubano sostiene que el levantamiento en Nicaragua es un intento de cambiar el régimen por parte de la clase empresarial nicaragüense y del gobierno de EE UU.

Actualmente, Ortega, su familia y sus amigos poseen una serie de empresas, controlan la mayor parte de cadenas de televisión del país y hacen negocios con la antigua burguesía. Los trabajadores nicaragüenses en las maquiladoras o en la agricultura no cuentan con verdaderos sindicatos que les defiendan y toda resistencia puede ser motivo de despido. Cientos de miles de nicaragüenses han tenido que emigrar para encontrar un empleo en otros países de América Latina y en EE UU. Durante años, los intelectuales del país han equiparado a Ortega a los Somoza. Ahora el pueblo también lo piensa.

Cuando terminé de escribir mi libro What Went Wrong? en 2016, especulé sobre las perspectivas del pequeño y asediado movimiento de oposición nicaragüense. Predije que algún día surgiría una nueva oposición para enfrentarse al régimen corrupto de Ortega. No esperaba que la oposición surgiera con tanta fuerza y tan pronto como lo ha hecho. Pero ahora Nicaragua ha puesto al dictador en la picota. Nada teme más un dictador que su lema: “No tenemos miedo”.

24/04/2018

*Dan La Botz es coeditor de la revista New Politics.

http://newpol.org/content/are-we-eve-another-nicaraguan-revolution