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Fuente: http://manifiestonicaragualibre.blogspot.com/2018/06/imagen-javier-bauluz-sumate-en.html

Por una Nicaragua libre y democrática

La Revolución Sandinista, que derrocó a la saga familiar de los Somoza en Nicaragua en julio de 1979, cumplirá el próximo año cuatro décadas. Fue el último sueño revolucionario perdido, la última esperanza que se fue por el sumidero de la historia.

No fue fácil construir un país esquilmado por la dictadura en medio de un conflicto disfrazado de guerra civil en plena Guerra Fría. Pero al sandinismo la estocada de muerte no se la dio la CIA. Se la dio la codicia de algunos de sus comandantes, especialmente Daniel Ortega Saavedra. Cuando el Frente Sandinista perdió las elecciones en 1990 frente a la Unión Nacional Opositora de Violeta Chamorro —el mayor logro del Frente Sandinista fue ser capaces de llevar al país a unas elecciones democráticas— se produjo el fenómeno conocido como la piñata. Como si de ese juego infantil se tratase, con la excusa de que el Frente Sandinista de Liberación Nacional no podía quedarse en la oposición sin recursos, altos cuadros de la organización se repartieron propiedades, la mayoría expropiadas.

Ese fue el momento del gran cisma en el FSLN, cuando muchos de sus militantes y líderes vieron con horror el espectáculo y no pudieron soportar éticamente esa enorme traición a los principios. Daniel Ortega se fue afianzando como líder supremo de las cenizas que quedaron del FSLN y fue construyendo una organización en la que los ideales revolucionarios de sus comienzos sólo eran una música, cada vez más desafinada, con las viejas consignas. Pasaron 16 años de gobiernos neoliberales en Nicaragua y Ortega, poco a poco, a través de pactos asombrosos con la oposición, fue ganando fuerza y logró tras facilitar con sus votos la liberación del presidente del Partido Liberal Arnoldo Alemán, condenado a 20 años de cárcel por corrupción, que el porcentaje para ser elegido presidente del país se redujera al 35% que, calculaba, necesitaba para volver al poder. En 2007 se alzó con la presidencia del gobierno. Y gracias a pucherazos electorales denunciados por organismos internacionales lo ha seguido haciendo hasta ahora violando la propia constitución que impide que una misma persona esté al frente del país más de dos mandatos. Lo que estos días estamos viendo en la prensa, las revueltas de miles de nicaragüenses, no es más que el resultado de casi 12 años de deriva autoritaria alimentada por la generosidad del petróleo venezolano, con el que Ortega se ha hecho multimillonario.

No fue la bajada de las pensiones lo que ha provocado que los jóvenes salgan a las calles. Eso solamente fue la chispa. Es más de una década de un Gobierno que ya ni siquiera se preocupa de maquillar sus formas dictatoriales y antidemocráticas. La mano de Ortega se ha manchado estos días con la sangre de más de un centenar de compatriotas, la mayoría estudiantes y algún periodista. La mano de Ortega pero, sobre todo, la ensortijada mano de Rosario Murillo, su esposa y vicepresidenta todopoderosa, un personaje que parece sacado de una novela de realismo mágico con sus amuletos y supersticiones, con sus árboles de la vida metálicos, máquinas de consumir energía eléctrica con los que ha llenado Nicaragua, como si de un extraño sortilegio se tratase para conjurar a quién sabe qué demonios para perpetuarse en el poder y que ahora los nicaragüenses talan para sembrar, en su lugar, árboles auténticos.

Los jóvenes son los que han dicho basta ante la obscena censura en los medios de comunicación que Ortega ha ido comprando, literalmente, en todos estos años y poniendo a su familia al frente. Han dicho basta al enriquecimiento salvaje y corrupto de la familia presidencial mientras que el país sigue siendo el más pobre de América Latina tras Haití y los salarios y las pensiones no llegan ni para asegurarse los frijoles cada día. Han dicho basta a la venta de Nicaragua a un empresario chino para que destruya uno de los ecosistemas más maravillosos del planeta construyendo un canal interoceánico para competir con el de Panamá. Han dicho basta a la ilegalización de los partidos políticos que podían suponer alguna amenaza, como el Movimiento Renovador Sandinista que fundara en 1995 el Premio Cervantes de Literatura Sergio Ramírez. Han dicho basta a la dictadura. Y por eso los están matando. Hace algunos años el padre jesuita Fernando Cardenal, que lideró en 1980 la Cruzada Nacional de Alfabetización en Nicaragua, un milagro sandinista que supuso reducir el analfabetismo mayoritario a unos porcentajes mínimos y que como tantos otros sandinistas estaba horrorizado con la deriva del FSLN dio este titular a un medio de comunicación: “Los jóvenes nicaragüenses volverán a las calles para hacer historia”. Esa frase circuló por las redes y luego se convirtió en un grafiti que se repitió por las calles de Managua. Ese momento ha llegado y los nicaragüenses han salido a las calles para gritar basta. Lo han hecho de manera pacífica, pero el gobierno de Ortega y Murillo a través de la policía, antimotines y fuerzas paramilitares está masacrándolos.

La farsa de diálogo nacional con la que Ortega ha intentado ganar tiempo no conduce a nada. Solamente hay una vía para la solución pacífica y democrática de la situación de Nicaragua: que Daniel Ortega y Rosario Murillo abandonen el poder y sean juzgados por tribunales independientes por ordenar los crímenes cometidos contra su pueblo. Los nicaragüenses merecen nuestra solidaridad, que como escribiera Gioconda Belli, es la ternura de los pueblos. Por eso los abajo firmantes pedimos a Daniel Ortega y a Rosario Murillo que cesen la represión contra su pueblo, que abandonen el poder. Por eso pedimos que un tribunal independiente e internacional juzgue a los tiranos por crímenes de lesa humanidad.

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