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Dilemas de la consolidación del Frente Amplio

Publicado en: El Mostrador

Sin grandes novedades ni realizaciones, el gobierno de Piñera y la derecha avanzan políticamente. La oposición parece no ser capaz de encontrar su lugar, ni de ser efectiva en sus funciones. Dada la crisis y obsolescencia de la vieja Concertación, el vigor de la oposición termina siendo responsabilidad del Frente Amplio.

De ahí que las dificultades del Frente Amplio sean tan caras en el desafío de enfrentar a la derecha y recuperar la política para los ciudadanos. Bien lo saben las fuerzas conservadoras de la sociedad, ubicadas en la derecha formal y fuera de ella. Los interesados en neutralizar el avance de la nueva coalición han utilizado la destitución del presidente de la FECH, y la forma en que se abordó la acusación constitucional al Ministro de Salud, para sentenciar su incapacidad política, su reducción a un discurso efectista y puramente moral.

Desafortunadamente, para quienes estamos comprometidos con el proyecto del Frente Amplio como conjunto no nos basta con desestimar estas críticas. Negarlas no resuelve, mecánicamente, las reales dificultades que se enfrentan. Estamos compelidos de hecho a encarar las raíces de estos dilemas, que apuntan al proceso de descomposición partidaria que marca el proceso político inmediato.

La descomposición actual de los partidos antecede a las protestas de 2011, y por ende, es el telón de fondo de la conformación y desarrollo de la generación política que lidera el Frente Amplio. El largo agotamiento y decadencia de los partidos de la transición ha terminado por descomponer la dinámica misma de la política, reduciendo a la mayoría de los partidos existentes a agrupaciones de carreras individuales sin cohesión ideológica, sin proyectos de sociedad ni unidad de acción. Una incoherente batahola de carreras individuales, principalmente de parlamentarios, chocan en sus organizaciones negociando en forma particular cada voto, para sostener sus nichos clientelares.

En el caso del Frente Amplio, los problemas no apuntan a esas prácticas clientelares que en la derecha y la Concertación corroen la política. Los visos de inorganicidad se presentan como la extrapolación de lógicas de acción que, si en los movimientos sociales lograban producir vínculos, convocatoria e identidades, en el parlamento resultan menos efectivas. La derecha logra resistir el asedio de la oposición a través de acusaciones constitucionales, en gran medida porque se prolonga en el parlamento una lógica de denuncia y búsqueda de culpables individuales, en lugar de desplegar una acción propositiva que proyecte la fuerza social como fuerza política capaz de amarrar cambios concretos y reformas.

Los movimientos sociales, expresión viva de los cambios, expectativas y frustraciones que fluyen en la sociedad, tienen una extraordinaria capacidad para impactar en el debate público y alterar la agenda política. Sin embargo, las lógicas de acción que construyen y levantan esa fuerza no son necesariamente las mismas que permiten sostenerla y proyectarla a la política, incluida en ella las dinámicas y espacios institucionales. Dicho en simple: se ha tenido una tremenda capacidad para plantear los problemas de la sociedad, esos que la vieja política echaba bajo la alfombra, pero no se ha sido capaz de cerrarlos, de expresarlos en cambios institucionales y de política concretos que la ciudadanía experimente en su vida cotidiana. Esa es la deuda del Frente Amplio.

La experiencia del 2011 lo demuestra. La potencia de la movilización alteró la agenda pública y puso la demanda por educación pública de calidad y gratuita en debate en todos los rincones del país. No obstante, cuando llegó el momento de la reforma, no hubo actor con capacidad de acordar cambios que revirtiesen la lógica de mercado existente en la educación. El movimiento estudiantil fue excluido de la misma reforma que impulsó, y la solución que se impuso, como modalidad de ensanchamiento de la integración social a la educación superior, fue una que opera en detrimento de la educación pública y en favor de las instituciones privadas, hacia donde fluyen el crecido gasto estatal bajo las modalidades de gratuidad pactadas por las fuerzas institucionales.

Este cuadro señala la necesidad de un diagnóstico sustantivo sobre la Concertación. En el Frente Amplio a veces se señala que la crisis de la Concertación se debe a la “falta de empatía” de sus dirigentes con la ciudadanía, como si se tratara de un problema comunicacional o subjetivo. Este diagnóstico lleva a que se discuta más con los modos de gestión comunicacional de las políticas concertacionistas, y con el talante de sus liderazgos personales, que con su contenido. Tal lectura carga las tintas en el Frente Amplio hacia la empatía y cercanía comunicacional con los ciudadanos, lo que a su vez va perfilando una cultura de eludir discusiones más de fondo, pues se teme a la tensión que produce el debate. Así se termina en una política de no tomar decisiones. Sin que se busque esto conscientemente, el peligro es que semejante dinámica pueda terminar conduciendo a la sobre-determinación de líderes personales, depositarios de la “empatía” ante los ciudadanos, sobre la reproducción de la inorganicidad de las bases.

El riesgo mayor de este panorama, en lo inmediato, es que toda alianza posible en el marco de la oposición se reduzca a horizontes electorales. Peor aún, a unos más susceptibles de carreras individuales que de la construcción de horizontes más promisorios para un proyecto de izquierda. El Frente Amplio está impelido a dialogar y llegar a acuerdos con fuerzas políticas que nunca serán parte de su cultura política ni de su ideario transformador. Ante este cuadro, las ansias de actuar como oposición y de obtener resultados electorales inmediatos pueden terminar minando cualquier perspectiva de transformación sustantiva. La apertura al diálogo no implica asumir sin más esta cultura subyancente, que naturaliza el vínculo con el gran empresariado, el ideario neoliberal y las prácticas clientelares. En la medida que el Frente Amplio eluda sus definiciones, no podrá presionar por mayor claridad a sus posibles aliados. Por esto, es un error abordar la formación de alianzas y el diálogo político exclusivamente desde el campo electoral. La heterogeneidad real del Frente Amplio, en esa lógica electoralista, se procesará como negociación de cuoteo, cultura que corresponde al declive de la Concertación. Comenzar por el tema electoral es reducir la relación de las organizaciones al cuoteo, cultura que corresponde al declive de la Concertación. Cuando se hace así, lo que queda afuera son los proyectos.

En este contexto, urge una institucionalidad política vinculante para todo el Frente Amplio que represente adecuadamente el peso de sus miembros y nazca de un acuerdo entre las organizaciones. Ya no se puede seguir proyectando una lógica federativa de un grupo/un voto, sino que hay que dar paso a instancias en que el peso de las organizaciones más fuertes efectivamente les permita ser mayoría, pero en condiciones explícitas, democráticas y transparentes, y no sólo por el poder carismático y de empatía de sus liderazgos personales. Esa institucionalidad no sólo ha de tener la labor de representar la heterogeneidad, sino, sobre todo, de conducirla. De organizar la diversidad, y en tal acto, transformarla en fuerza.

Actualmente el Frente Amplio tiene participación en movimientos sociales, en municipios y en el Congreso. Esta heterogeneidad es una fortaleza política, no una debilidad. Cada una de estas esferas tiene lógicas, formas de acción y tareas distintas. La política no reside única ni centralmente en el parlamento o en los cargos institucionales, sino que es precisamente el ejercicio de totalidad en todos estos planos, coordinados. Así, tampoco es solución reemplazar la parlamentarización por una centralidad de los territorios municipales o de los movimientos sociales. Ninguna esfera es a priori más importante que la otra, sino que su peso depende del momento y los objetivos políticos planteados. Esta complejidad es imposible de coordinar sólo desde figuras en el parlamento, y es abordable únicamente por una institucionalidad política que, a través de mecanismos democráticos, formales y efectivos, incorpore la heterogeneidad de miradas e intervenciones existentes, produciendo síntesis y dirección política conjunta.

El Frente Amplio tiene la posibilidad de romper los amarres y las inercias de la política de la transición, y abrir un nuevo ciclo histórico. Pero la tarea no está dada. El distanciamiento entre política y sociedad sigue acrecentándose; a la vez, se fortalecen actores que se presentan como “anti-políticos” y que promueven el desquiciamiento de la esfera política. Tales tendencias son precisamente de las que se nutre la derecha y su avance, y le permiten llenar el espacio político sin grandes logros en lo inmediato. La historia no esperará eternamente la consolidación del Frente Amplio como actor político, el tiempo que tiene es finito si quiere enfrentar la actual situación. Aprovechemos esta oportunidad.

 

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