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La era Trump y la ola socialista en EEUU

Una acumulación de incertidumbres en cuanto a los próximos pasos de la elite dirigente de EEUU viene provocando incesante aprehensión mundial. Casi dos años después de la sorprendente victoria, el sentido estratégico de las acciones de Donald Trump sigue siendo difícil de entender para los analistas de corriente. Se observan varias oscilaciones en el discurso sostenido por la Casa Blanca; todo posicionamiento aparenta ser una distracción, ninguna polémica logra ser sofocada con eficiente desenlace. La lista de episodios extravagantes en la política exterior es enorme: el encuentro cordial con Putin en Helsinki, la distensión con Kim Jong-Un, el malestar con el gobierno canadiense en la cumbre del G-7, las palabras duras contra sus tradicionales aliados europeos en la reunión de la OTAN, la transferencia de la embajada norteamericana a Jerusalén, la guerra comercial con Pekín, la ruptura del acuerdo nuclear con Irán, la caída de su brazo con Erdogan en Turquía, la retirada de los Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU … Se confirma así un perfil de liderazgo incendiaria, que protagoniza semanalmente nuevos capítulos de una grotesca novela internacional.

La base estructural que condiciona la actuación explosiva de Trump se relaciona con la quiebra de una lógica comercial que organizaba los intercambios internacionales en el período ascendente de la globalización neoliberal. La crisis de 2008 y la pérdida de tracción industrial de las economías occidentales avanzadas abrieron espacio para movimientos disruptivos que se expresaron en las urnas con la opción mayoritaria de los británicos por el divorcio con la UE a la llegada de la derecha populista al gobierno de algunas naciones del Viejo Continente (Italia, Austria, Hungría, etc.), y la propia elección de Trump. Un nuevo arreglo global de las principales fuerzas económicas aún no se cristalizó. Una de las pocas situaciones consolidadas hasta ahora consiste en el surgimiento de China como la mayor enemiga geopolítica a largo plazo de Estados Unidos en una batalla en la que ya asistimos toda la suerte de herramientas proteccionistas que se ponían en práctica, además de los movimientos militares en la región del Pacífico. Las ganancias de productividad presentadas por las economías asiáticas (cuya influencia, por otra parte, se expande gradualmente por el planeta con la exportación de capitales a Europa, África y América Latina) será una constante amenaza al poderío norteamericano en este siglo.

Para los que se acostumbraron al papel de sheriff mundial ejercido por Estados Unidos impresiona la pérdida progresiva de capacidad del Imperio de sostener sus aventuras y proyectos intervencionistas, alineados a los intereses de los negocios transnacionales de su complejo industrial-militar. Es nítida la decadencia de su hegemonía, tras la frustración de los objetivos prioritarios de sus incursiones militares en Irak y Afganistán. La extrema maleabilidad moral de Trump sólo complica este de cuadro de deterioro del prestigio de las instituciones norteamericanas ante la comunidad internacional. No sorprende, por tanto, que los índices de rechazo de Trump en los países extranjeros alcancen niveles altísimos. Recientemente, su visita diplomática a Gran Bretaña posibilitó manifestaciones masivas en las calles, donde el globo gigante de un “bebé Trump” dio muestras de cómo la personalidad egocéntrica y vanidosa del presidente de EEUU es malvada en el mundo.

Al mismo tiempo, Trump preserva su base popular de apoyo en Estados Unidos. Como constatamos en el párrafo inicial, las turbulencias atravesadas por su gobierno fueron incontables; sin embargo, Trump cuenta con el respaldo de una capa expresiva del electorado estadounidense. El relativo crecimiento económico obtenido este año (cerca del 3%, según las proyecciones) ha ocasionado las menores tasas de desempleo (3,8%) de las últimas dos décadas. Esta realidad material, sensiblemente mejor que la vivenciada durante el gobierno anterior, protege al multimillonario inescrupuloso de perder la parte del electorado que lo eligió. Es decir, veinte meses después de su posesión en 2017, Trump no vio deshidratar la parcela de más o menos el 40% de estadounidenses que aprueba su gestión, en que pese su conducta misógina, xenofóbica, racista e imprevisible. Las últimas primarias para las elecciones de medio término indican que el Partido Republicano está cada vez más bajo el control de Trump: nada menos que catorce candidatos reaccionarios apoyados por Trump triunfaron en quince disputas internas. Reportajes junto a la base del partido conservador revelan que sus banderas agitativas ya se han convertido en la línea mayoritaria de la derecha norteamericana.

De forma programática, los multimillonarios y las grandes corporaciones no tienen motivos para reclamar de su gobierno, ya que han sido presentadas con un recorte masivo de impuestos y una desregulación generalizada. Sin embargo, Trump está lejos de contar con la simpatía de acuerdo mediático. Su agresividad contra las “minorías” obstaculiza la estrategia de capitalización de las pautas identitarias por el “neoliberalismo progresista”. En el piso de abajo, los refugiados e inmigrantes sufren con las medidas restrictivas de movimiento y permanencia, mientras los ciudadanos más pobres resienten el corte de programas sociales. El ultranacionalismo viene siendo un instrumento de Trump para cohesionar a los sectores más atrasados de la clase trabajadora blanca que lo apoyan.

El efecto colateral más inmediato de esta neopopulismo de derecha es el agravamiento de las contradicciones culturales y políticas existentes en la sociedad estadounidense. Como veremos a continuación, el espacio para un contrapunto radical con influencia de masas también se está ensanchando. Los socialistas no conseguían tanta repercusión en el país más importante del capitalismo occidental hace tiempo.

La respuesta de los socialistas

La crisis del capitalismo global de 2008, así como la frustración con las promesas incumplidas por el fenómeno de Barack Obama, fue la puerta de entrada para que la juventud estadounidense iniciara un nuevo ciclo de luchas sociales, apuntando prioritariamente a la avaricia Wall Street. La ola de los Ocuppy en 2011, sintonizada con los indignados españoles y los revolucionarios de la primavera árabe, sería reavivada algunos años después por la campaña meteórica del senador Bernie Sanders en las primarias presidenciales del Partido Demócrata. El veterano parlamentario de Vermont recuperó la atracción de la causa socialista (calumniada durante años por el establishment y enturbiada al retomar demandas de recomposición de la malla protectora del Estado (Medicare for All, universidad pública y gratuita para todos, salario mínimo por 15 dólares / hora) por el desastre soviético) ante los ojos de la juventud progresista de EEUU.

Con el “colapso del centro”, bien diagnosticado por los trabajos de I. Wallerstein, hubo una radicalización también a la izquierda del electorado norteamericano. Ante la incapacidad de los liberales derrotar el proyecto Donald Trump, crece la búsqueda de las salidas anticapitalistas que den consecuencia práctica al discurso de oposición a la barbarie trumpista. La insensibilidad de la burocracia del Partido Demócrata en relación con las necesidades urgentes de los trabajadores norteamericanos hizo que la palabra “socialismo” dejara de ser un monstruo repulsivo para la mayoría de los estadounidenses. La investigación reciente del Instituto Gallup con los simpatizantes del Partido Demócrata demuestra que el 57% de los entrevistados poseen una visión positiva de la palabra “socialismo”, mientras que el 47% de este mismo universo ve con buenos ojos la palabra “capitalismo” (un descenso, por otra parte, de 9 % en relación a la misma encuesta aplicada en 2016). Por cierto, entre los jóvenes de 18 a 29 años, el prestigio de la palabra “capitalismo” disminuyó del 68% al 45%, en un período de 8 años. Organizativamente, ese avance ideológico en la conciencia de las masas estadounidenses se traduce en el aumento expresivo de nuevos afiliados y militantes de los grupos de la izquierda socialista. De 2015, DSA tuve un increíble salto de 5000 miembros a 45.000 miembros.

Bernie Sanders – y todo lo que representa – se ha convertido en un problema grave para el establishment demócrata. Hasta entonces, acostumbrados a tratar con parlamentarios que pretenden ser la izquierda demócrata (por ejemplo, Elizabeth Warren), el establishment tiene dificultades para neutralizar a Sanders, en la medida en que éste levanta un programa (Medicare for All, universidad pública para todos, salario mínimo de 15 dólares / hora, etc.) cuya consecuencia lógica conduciría a una ruptura del partido. Si se profundiza este proceso de fortalecimiento de los socialistas en Estados Unidos, Sanders habrá acumulado fuerzas para el gran pleito de 2020, cuando Trump y los serán juzgados por las urnas. Por lo tanto, un error estratégico a evitar en este momento es la confusión con el ala de Warren.

Las primarias para las elecciones de medio término han sido una buena muestra de esta fase de disenso en el Partido Demócrata. En California y NY (dos bastiones tradicionales del electorado demócrata), la izquierda logró un avance significativo. En Nueva York, la ex camarera de origen puertorriqueño Alexandría Ocasio-Cortez (Our Revolution) venció a un poderoso congresista vinculado al establishment demócrata, considerado hasta el futuro liderazgo de la oposición en el próximo período. Esta victoria mayúscula de la cual DSA hizo partehizo aumentar el interés por su estructura, como demuestra una amplia secuencia de artículos y noticias en la gran prensa norteamericana e internacional. El próximo 13 de septiembre, la actriz Cynthia Nixon (la “Miranda” de la serie televisiva Sex and the City) competirá, con el apoyo del DSA, a la nominación estatal del partido Demócrata contra el actual gobernador Andre Cuomo que busca la reelección.

En Brasil, la Folha de SP el 23 de julio un reportaje de la Associated Press, en la que concluía que “el socialismo democrático se ha convertido en una fuerza significativa en la política democrática”. El hecho de que los portavoces del DSA son los campeones de la defensa de banderas populares-como salud pública para todos, salario mínimo por hora de 15 dólares (el doble del nacional actual), facultades gratuitas y la abolición del órgano federal de Policía de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), les confiere una aceptación creciente, aún más porque se distancian del dinero proveniente del lobby corporativo.

Evidentemente, como casi todo proceso político real en construcción, la emergencia del socialismo democrático comporta un espectro matizado de perspectivas políticas. En el paraguas del “socialismo democrático” se refugian desde figuras bien intencionadas defensoras de un programa posibilista, limitado al rescate de mejoras sociales ya experimentadas en el New Deal de los años 1930, los que abogan el fortalecimiento de un ala en el Partido Demócrata a con el fin de convertirlo (por ejemplo, Bernie Sanders), hasta los que buscan viabilizar un polo alternativo independiente, como el DSA, el Our Revolution, el Family Workers y otros grupos. Las numerosas candidaturas que surgieron están dentro de este espectro. Evidentemente, hay también los que visten temporalmente la repaginada camiseta del socialismo por pura conveniencia electoralista. Al margen de este amplio abanico, se encuentran también grupos abstensionistas que minimizan la importancia de acumular fuerzas en las elecciones, perdiendo las oportunidades de solidificar una fuerza contrahegemónica.

Parece ser irrefutable el crecimiento de una izquierda con una plataforma osada y con intereses vinculados a la clase obrera. Es necesario, pues, debatir cada vez más los rumbos que los protagonistas de este momento histórico deberán tomar de aquí en adelante. De la misma manera que las posibilidades de construcción para una alternativa de masas son inmensas, los riesgos de acomodación de parte de esta vanguardia a la maquinaria parlamentaria y partidaria de los Demócratas tampoco son despreciables. Es preciso estar permanentemente vigilante contra una situación de eterna convivencia con el centro progresista en el interior del Partido Demócrata. Al final, el sistema siempre reserva un pequeño espacio cómodo para quien se dispone al papel de conciencia crítica del mismo.

Una vez hechas estas ponderaciones, desde el punto de vista de los revolucionarios internacionalistas, el sentimiento que debe prevalecer en esta etapa de florecimiento de una nueva izquierda en el corazón del capitalismo mundial es el de apoyo entusiasta y de interés apasionado por este momento histórico. Con todas sus particularidades, la consolidación de Sanders y el DSA vino para sumarse a otros signos de la izquierda mundial (Corbyn en el Reino Unido, Podemos en España, HDP en Turquía, MNP en Perú, Frente Amplio en Chile, Gustavo Petro en Colombia , para citar algunos ejemplos) que conforman el desarrollo internacional de un nuevo proceso de acumulación de fuerzas contrahegemónicas, donde los revolucionarios necesitan estar a fin de impulsar un polo que dispute los rumbos estratégicos de estos movimientos hacia la ruptura con los regímenes políticos podridos y, con un modo de producción que ya no tiene mucho que ofrecer al progreso de la humanidad.

 

 

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