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The Left and the City: socialismo democrático y la primavera de las mujeres en las elecciones

En los años 1990, para una adolescente que aún no sabía bien definiciones de feminismo aunque ya identificaba el prejuicio vivido por las mujeres, algunas producciones de la industria cultural son icónicas. En la música, el boom de las girl bands como Spice Girls o Destiny’s Child representaban a mujeres jóvenes que tenían sus propias opiniones y enfrentaban a sus parejas cuando era necesario. En la televisión, pocas series hicieron tanto éxito como Sex and the City, que mostraba a mujeres de 30 años con sus profesiones, hablando abiertamente de sexo y de los conflictos con sus parejas – novios, maridos o la mayoría de las veces “amigovios”.

Cynthia Nixon es la actriz que representó a Miranda Hobbes, una abogada exitosa un poco yuppie y autosuficiente, huyendo del estereotipo presentado en la serie de mujeres que buscan “el tipo” para casarse. También es el personaje que enfrenta el dilema de hacer un aborto (en ese caso, legal), pero decide tener al hijo, abordando las dificultades de ser madre soltera en un mundo machista. En la vida real, Cynthia ha sido una activista vinculada a la defensa de la educación en Estados Unidos, junto con su compañera, Christine Marinoni, en una ciudad en la que el movimiento Save Our Schools fue capaz de movilizar no sólo a profesores y estudiantes demandando una educación de calidad y, mejores condiciones de trabajo, pero padres y activistas simpáticos a la cuestión, como es el caso de las dos.

Para quien la conoce de la serie, puede parecer sorprendente que hoy Cynthia Nixon sea candidata en las primarias demócratas contra el actual gobernador del estado, Andrew Di Cuomo. Sin embargo, después del fenómeno Bernie Sanders y la nueva generación de jóvenes (los millenials, que crecieron en la década de 2000) que se identifican como socialistas, los medios de comunicación que siempre trató del socialismo como sinónimo de dictadura están necesitando gastar bastante tinta y saliva de sus editoriales para explicar el fenómeno del socialismo democrático, que ha hecho el DSA – Democratic Socialists of America – crecer vertiginosamente en los últimos años.

La política estadounidense históricamente se polarizó entre demócratas progresistas y republicanos conservadores, que siempre guardaron entre sí mucha semejanza en las políticas imperialistas, en los intereses del status quo, en la restricción de los derechos laborales, nunca más fue la misma después de Bernie Sanders. Hay una gran expectativa de que sea él la figura capaz de derrotar a Trump en 2020, teniendo en cuenta que la idea de socialismo con libertad ha crecido ampliamente entre aquellos descontentos con las políticas demócratas. En el gran mosaico que es la política en cada estado, en algunos lugares los demócratas están simplemente descartados como cualquier posibilidad de representar esta nueva perspectiva. En algunos estados, como es el caso de Nueva York, es posible identificar candidatos que quieren llevar adelante esta política, chocando contra el establishment del partido.

La polarización entre conservadores y progresistas en un estado de amplia mayoría demócrata como es el caso de Nueva York se ha traducido dentro de las propias primarias, entre el establishment del partido, que representa los intereses de las grandes corporaciones, y la izquierda del partido, que cada vez más lo identifica como instrumento limitado para concretar las ideas que el rótulo de socialismo democrático defiende. Hay un sector considerable del DSA que ha llamado la atención sobre la necesidad de apoyar a estos sectores independientes que pueden hacer que una plataforma política que se enfrenta a los intereses corporativos amplíe enormemente el campo socialista democrático, en franca ascendencia especialmente entre jóvenes.

La victoria de Alexandra Ocasio-Cortez en las primarias para diputado por el distrito del Bronx / Queens, una joven latina de 28 años que derrotó a Joe Crowley, que desde hace 20 años en el cargo a través de campañas multimillonarias, se ha convertido en uno de los mayores símbolos de este nuevo proceso. En el caso de que las ideas de Medicare for All, gratuidad en las universidades, salario mínimo, son plataformas necesarias para ser llevadas adelante, y más, son las más capaces de movilizar a la juventud que hoy busca la política como medio de transformación radical. El mismo ha ocurrido en la campaña de Julia Salazar al Senado por el Brooklin, desafiando la máquina del Partido Demócrata que apoya a su oponente, el senador Martin Dilan, hace 16 años en el cargo. Así como Ocasio-Cortez, Julia Salazar es una joven trabajadora latina de 27 años que se ha enfrentado con los intereses de las corporaciones inmobiliarias, y cuenta con el entusiasmo de la militancia de los millenials, inmigrantes, mujeres y negras identificadas con las ideas del DSA para derrotar el status quo de los demócratas millonarios de Brooklyn.

No es coincidencia que los nombres más prominentes asociados al socialismo democrático en Nueva York sean de tres mujeres. Nixon, Ocasio-Cortez y Salazar, guardadas las diferencias entre trayectorias, son fruto de uno de los movimientos más masivos de la historia de Estados Unidos: el levantamiento de mujeres que culminó en la multitudinal Marcha de las Mujeres en posesión de Donald Trump. El papel que las mujeres han desempeñado en la política de Estados Unidos, así como en varios otros países, como podemos atestiguar en los nombres jóvenes compitiendo también en la campaña electoral brasileña, a ejemplo de Samania Bomfim, Fernanda Melchionna, Aurea Carolina, de la Bancada Feminista del PSOL – pasa por lo que fue conocido como política de identidad, pero va más allá. Defender el derecho de las mujeres, como la legalización del aborto (a ejemplo de la movilización sin precedentes ocurrida en Argentina), la lucha contra la cultura de la violación, pasa por el enfrentamiento duro a los representantes de la vieja política. Esta representación, además de simbólica, es bastante concreta: los derechos de las mujeres no caben en el proyecto de poder del 1%, a ejemplo de la soñada igualdad salarial, bandera histórica del feminismo desde su primera ola.

El feminismo de la nueva generación ha sido capaz de articularse con la crítica más amplia al propio sistema: en el capitalismo hay un proyecto que necesita la mercantilización de los cuerpos de las mujeres, que necesita subyugar su trabajo, sus derechos reproductivos y su propia autoestima para mantener sus beneficios y los privilegios de los poseedores de poder. Es por eso que Hillary Clinton es símbolo de un establishment que no entusiasma a esta nueva generación: aun defendiendo el aborto y las políticas de identidad y siendo objeto de campañas extremadamente misóginas, está profundamente imbricada en la casta política tan criticada desde el Occupy Wall Street, y crecientemente por las socialistas democráticas que defienden el feminismo del 99%.

Es verdad que no se puede contar con la victoria, pues el otro extremo de la polarización tiene un proyecto claro y reaccionario, que busca los valores ultraconservadores como intento de salir de una crisis que se profundiza, del cual Trump es el principal representante, y en Brasil, Bolsonaro. Sin embargo, defender un progresismo abstracto en nombre del mal menor ha hecho que los movimientos de izquierda paguen el alto costo del descrédito como resultado. Aunque en construcción, el programa del socialismo democrático exige una defensa decidida, a ejemplo de lo que las jóvenes y valientes feministas han hecho, tanto allí como aquí.

 

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