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Las caravanas de migrantes desafían a los gobiernos del continente

Los migrantes centroamericanos, tan desesperados como valientes, han ocupado el centro de la política mexicana y estadounidense con su exigencia de refugio y asilo. Tal como explicó el director de la ONG Pueblos Sin Fronteras a una periodista, “esto no es una caravana, es un éxodo causado por el hambre y la muerte”.

Las miles de personas migrantes organizadas en caravanas que caminan rumbo al norte, partiendo de Centroamérica hacia EE UU, pasando por México –unos 4.800 kilómetros– han planteado un reto a los gobiernos y a los pueblos de Norteamérica. Empujadas por la pobreza y la violencia, su larga marcha constituye una crítica implícita a los gobiernos de Centroamérica, que no les protegen y les impiden ganarse el sustento. Al mismo tiempo, suponen una denuncia contra México, puesto que tienen que viajar en caravanas debido a la violencia a que se enfrentan las personas migrantes en este país, tanto a manos de organizaciones criminales como de la policía corrupta. Y cuando la caravana llegue a la frontera, desafiarán a EE UU a que respete sus propias leyes y los tratados internacionales, que permiten a la gente migrante solicitar el estatuto de refugiado o de asilo.

Sin embargo, más allá de todo esto, el simple hecho de caminar hacia el norte es un valiente y desafiante acto de resistencia contra el sistema económico y político de América del Norte, con sus mercados libres, sus gobiernos autoritarios y su incapacidad para satisfacer las necesidades humanas básicas de millones de personas. Los migrantes han puesto a prueba el capitalismo contemporáneo y el imperialismo.

Los migrantes, hombres, mujeres y niños, formaron las caravanas a fines de octubre. Durante años, las personas migrantes han viajado en grupos,tanto en América Central como en México, debido al peligro de ser golpeadas, robadas, violadas, secuestradas o asesinadas por criminales o policías, pero estas caravanas con miles de personas representan un nuevo desarrollo. Por lo general, las personas migrantes pagan miles de dólares a los contrabandistas conocidos como coyotes o polleros para atravesar las fronteras mexicanas y estadounidenses. Sin embargo, estas nuevas caravanas de migrantes, se abrieron paso por sí mismas a través de la frontera con México, desbordando a la policía fronteriza o cruzando el río Suchiate y obligando al gobierno mexicano a permitirles entrar en el país.

En México, estas personas migrantes recibieron el apoyo de gobiernos locales, de la Iglesia católica y de algunas ONG, como Pueblos Sin Fronteras, que ayudaron a proporcionarles agua y alimentos, y también les ayudaron a elegir las mejores rutas y campamentos. Las ONG también ayudaron asistiendo a las personas que llegaban agotadas, enfermas o lesionadas. Irineo Mújica, el director de Pueblos Sin Fronteras, informó que la policía mexicana había maltratado a hombres y mujeres de la caravana. “Nunca en la historia de las caravanas hemos visto tanta violencia. Entiendo que el gobierno mexicano está desesperado, pero la violencia no es la solución”, dijo Mújica. A veces, algunos grupos se han separado de la caravana para encontrar su propio camino o para aprovecharse del paso de camiones con remolques, montando en ellos y viajando abarrotados en ellos. Hay informes de que a medida que la caravana avanzaba, desaparecieron unas 100 personas migrantes y hay quien cree que han sido secuestradas por los cárteles criminales.

Al tiempo que llegan las personas migrantes, el nuevo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, que asumirá el cargo el 1 de diciembre, propuso un programa de desarrollo internacional para Centroamérica para abordar de raíz los problemas que causan la migración, y prometió que sus programas de trabajadores públicos crearían 400.000 empleos para mexicanos e inmigrantes. A finales de octubre afirmó que tendremos empleos para todos, tanto para mexicanos como para centroamericanos. Promesas poco creíbles para quien conozca la historia de México.

Frente al desafío de las personas migrantes y bajo la presión del presidente de Estados Unidos Donald Trump el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, ofreció a la caravana un programa llamado “Estás en tu casa”, ofreciéndoles asilo, permisos de trabajo, documentos de identidad, asistencia médica y escolarización. Condicionándolo a que las personas migrantes permanecieran en los Estados del sur de México, Chiapas y Oaxaca. La caravana se reunió para discutir la oferta de Enrique Peña Nieto, y la rechazó globalmente. La mayoría quería continuar avanzando. Como dijo un hombre, “Estos Estados [Chiapas y Oaxaca] están abrumados por la pobreza, en México los empleos están en el norte”. Sin embargo, cientos de personas aceptaron la oferta mexicana y abandonaron la caravana.

En este momento, dos caravanas, varios miles de migrantes en total, han llegado a la Ciudad de México, donde el gobierno mexicano les ha ofrecido refugio en el estadio Jesús Martínez “Palillo”. Se han instalado baños portátiles, pero no han sido suficientes para el número de personas y visitantes, lo que ha creado condiciones insalubres. Edgar Corzo Sosa, de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) afirma que “las mujeres embarazadas y, sobre todo, los recién nacidos, constituyen el grupo más vulnerable. No hay un censo, es complicado, pero un tercio de la caravana está formada por niños y niñas, y hay alrededor de 5.000 personas”.

El presidente Donald Trump, en una campaña febril en la que asistió a 17 mitines electorales, fundamentalmente para apoyar a las y los candidatos republicanos al Senado en las elecciones a medio mandato, convirtió a la caravana en el centro de su campaña. La calificó como una “invasión”, afirmando que las personas migrantes pertenecían a la Mara Salvatrucha o MS-13, que eran “criminales endurecidos” y afirmó que entre ellos había personas provenientes de Medio Oriente –léase terroristas–. Trump amenazó con enviar 15.000 soldados estadounidenses a la frontera y dijo que los soldados estadounidenses podrían disparar contra los migrantes si estos les arrojaban piedras. Amenazó con suspender la ayuda a los países centroamericanos de donde provienen las caravanas y planteó la idea de usar su poder ejecutivo para poner fin al derecho constitucional de ciudadanía a los nacidos en Estados Unidos.

Los demócratas no ofrecieron consuelo a los migrantes. Ante las elecciones a medio mandato, los demócratas evitaron cualquier mención de la caravana de migrantes o a los problemas de inmigración.

 

¿Cuales son las causas de la caravana?

El imperialismo estadounidense está el origen de la actual crisis migratoria. La historia de Estados Unidos en Centroamérica es larga y se remonta al siglo diecinueve, pero el capítulo más reciente comienza en 1981 cuando el presidente Ronald Reagan apoyó a los gobiernos derechistas de Guatemala y El Salvador mientras luchaba contra una revolución popular en Nicaragua. Estados Unidos inundó de armas esos países durante las guerras civiles que duraron hasta los años 90. Esas guerras se cobraron cientos de miles de vidas y dejaron a partes enteras de esos países en ruinas.

En estos países centroamericanos se negoció la paz a mediados de los años 1990, justo en el momento en que Estados Unidos y los gobierno de América Central negociaban el Acuerdo de Libre Comercio (CAFTA, según sus siglas en inglés), un tratado que abrió sus economías a la competencia extranjera. El tratado devastó las industrias locales y la agricultura, dando lugar a un gran desempleo. Los agricultores perdieron sus granjas; las fábricas despedían a los trabajadores y trabajadoras.

Más de una década y media de guerra había inundado la región de armas pesadas y la disolución de varias guerrillas arrojó a miles de personas al desempleo. El gobierno de Estados Unidos estableció una cadena de operaciones de tráfico de drogas para financiar la guerra de la Contra en Nicaragua; redes que continuaron funcionando tras finalizar la guerra. En la década de 1980, Estados Unidos también comenzó a deportar de Estados Unidos a grupos a miembros del MS-13 y la Mara-18. Muchos de estos hombres y mujeres que no tenían relación con los países a los que estaban siendo deportados, una vez en Centroamérica establecieron sucursales de las pandillas a las que pertenecían en Estados Unidos. Esta mezcla tóxica de grupos entrenados en la violencia, armas pesadas de fácil acceso y actividades delictivas ha hecho del “triángulo norte” de Centroamérica, Honduras, El Salvador y Guatemala, los países más violentos con las tasas de asesinatos más altas del mundo.

La intervención imperialista más reciente en Centroamérica se dio cuando el ex presidente Barack Obama y su secretaria de Estado Hillary Clinton patrocinaron un golpe militar en Honduras contra el presidente izquierdista elegido democráticamente, Manuel Zelaya. Desde entonces, el gobierno antidemocrático del presidente Juan Orlando Hernández puso en pié un modelo neoliberal que ha profundizado la dependencia económica hacia Estados Unidos y ha empeorado las condiciones de vida de millones de hondureños. Hernández también criminalizó a quienes organizaron la caravana para intentar responder a la crisis humanitaria que tantos hondureños y hondureñas están viviendo.

Hoy en día, América Central está gobernada por una nueva elite. Como Aaron Schneider y Rafael R. Ioris escribieron en NACLA, tras la extraordinaria violencia vivida en las elecciones hondureñas de 2017, hubo “una creciente consolidación en el poder de un nuevo tipo de alianza de derechas en Honduras y en toda América Latina: una alianza que reúne el poder de las élites terratenientes tradicionales y el de las élites financieras que se han beneficiado más recientemente del neoliberalismo globalizado. Esta alianza surgió en medio de las cenizas de la Guerra Fría y los albores del Consenso de Washington…”.

 

Pobreza y violencia en la actualidad

La pobreza ha sido y sigue siendo endémica en la mayor parte de América Central, donde cerca de un tercio de la población vive en la pobreza extrema. Naciones Unidas define la pobreza extrema como “una condición caracterizada por la privación severa de las necesidades humanas básicas, incluidos los alimentos, el agua potable, las instalaciones de saneamiento, la salud, la vivienda, la educación y la información”. El Banco Mundial lo expresó recientemente en términos económicos, describiendo a los que viven en la pobreza extrema como aquellos que ganan menos de 1,90 dólares USA por día.

Como escribió la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hace un año, “Más de 50 millones de jóvenes en América Latina y el Caribe hacen frente a un mercado laboral caracterizado por el desempleo, la informalidad y la falta de oportunidades”. Aproximadamente la mitad de las personas de América Latina trabajan en la economía informal –en Centroamérica, la tasa está entre el 40 y el 80 por ciento–; es decir, las personas trabajan para empleadores que a menudo pagan mal e ignoran las leyes laborales, o las personas trabajan por cuenta propia en microempresas o como vendedoras ambulantes. La falta de empleo y de un salario digno significan una vida con viviendas deficiente y mala salud, al tiempo que las familias se enfrentan a la inseguridad y los niños corren un gran riesgo de desnutrición que puede afectar su desarrollo físico y mental.

El cambio climático también juega un papel en la migración centroamericana. Según Scientific American, este año una sequía privó de alimentos a unos 2,8 millones de personas de la región. La sequía afectó al llamado corredor seco de América Central, que atraviesa el sur de Guatemala, el norte de Honduras y el oeste de El Salvador. Olman Funez, un joven agricultor de Orocuina en el sur de Hunduras, dijo: “La sequía nos ha matado. Perdimos todo nuestro maíz y frijoles”.

Las decisiones tomadas en Washington y Nueva York a favor de promover los llamados mercados libres o de continuar permitiendo la expansión de combustibles fósiles como el carbón y el petróleo, han causado la miseria enAmérica Central, exacerbando la pobreza y movilizando a la gente, haciendo que vayan hacia el norte, allí donde puedan encontrar trabajo.

La violencia es también una forma de vida en los países centroamericanos, y recientemente ha venido aumentando. Guatemala estuvo sometida a la violencia durante años, pero recientemente el terror ha aumentado. Cualquier persona puede ser asesinada en cualquier momento, y los activistas campesinos y obreros son a menudo víctimas de la violencia. Entre el 9 de mayo y el 8 de junio, siete líderes de organizaciones campesinas fueron asesinados en Guatemala.

Como Simon Granovsky-Larsen escribe en NACLA, “Los datos recopilados por las organizaciones de derechos humanos a lo largo de los años muestran un patrón relativamente constante: en Guatemala hasta el año 2000 se asesinaba a un defensor de los derechos humanos cada mes o cada dos meses, al margen de los tiroteos policiales o militares en las protestas. El asesinato de campesinos de 2018 superan cualquier previsión. Guatemala no ha vivido nada parecido desde que concluyó oficialmente el conflicto armado en 1996”. La violencia contra los líderes campesinos no solo está orientada a impedir que se organicen, sino también de disuadirles de desafiar políticamente al gobierno.

La rebelión democrática popular contra el régimen autoritario de Daniel Ortega en Nicaragua fue reprimida violentamente por el gobierno con arrestos, torturas y cientos de muertes, lo que llevó a decenas de miles de nicaragüenses a huir a la vecina Costa Rica. En algunos estados, la violencia política se combina con la violencia criminal presente en toda la región, creando un baño de sangre cada vez mayor. Los sobrevivientes de la masacre se unieron a la migración a través de México hacia los Estados Unidos para escapar de la miseria y la violencia que sufren.

 

El reto al que se enfrenta la caravana en Estados Unidos

Las caravanas pueden encontrar su mayor desafío en la frontera de México con EE UU cuando las personas migrantes intenten presentar sus solicitudes de refugio o asilo. Las y los inmigrantes deben presentar su solicitud de asilo ante un juez de inmigración, lo que significa que deben recibir una audiencia de inmigración. Las y los refugiados económicos, quienes vienen simplemente porque quieren trabajar y ganarse la vida, no tienen derecho al estatus de refugiado. La legislación estadounidense define como refugiado o a quien busca asilo como “una persona que no puede o no quiere regresar a su país de nacionalidad debido a la persecución o a un temor fundado de persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social particular u opinión política”.

Actualmente Estados Unidos ofrece pocas esperanzas a las personas refugiadas. En la década de 1980, bajo el presidente George H.W. Bush, el gobierno aceptó entre 125.000 y 142.000 personas refugiadas. En la década del 2000, años de George W. Bush y Obama, Estados Unidos admitió a unas 80.000 personas cada año. Sin embargo, en virtud de la Ley de Asilo de 1980, el presidente tiene la responsabilidad, tras consultar al Congreso, de establecer el número máximo de personas refugiadas que serán admitidas en Estados Unidos cada año fiscal. Este año solo se han admitido unas 22.000. Trump ha dicho que para 2019 esa cifra se incrementará a 30.000.

Trump ha declarado que “Estados Unidos no será ni un campamento de migrantes ni un centro de detención de personas refugiadas”. Ha amenazado con cerrar completamente la frontera sur de EE UU, si bien parece poco probable que lo haga, fundamentalmente por razones económicas. Según un grupo de derechos de inmigración, la Seguridad Nacional de Trump utilizó a la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos para “negar la entrada a solicitantes de asilo de forma sistemática”. La política de la Administración Trump es que deben ser arrestadas todas las personas adultas que cruzan la frontera sin control o sin documentos de inmigración. Actualmente, cuando estas personas son arrestadas, a los niños y niñas se les separa rutinariamente de sus padres, como ya ha sucedido con miles de ellos, incluidos centenares de niños de muy corta edad. El último paso de Trump, basado en la amenaza para la seguridad nacional que viene del extranjero, ha sido el ordenar la denegación del asilo a toda persona que atraviese la frontera de forma ilegal. Las asociaciones de defensa de los derechos humanos argumentan que muchas de las políticas sobre inmigración de Trump son ilegales y las están impugnando en los tribunales.

La frontera de Estados Unidos está en ampliamente militarizada en la actualidad, con miles de agentes de Control de Fronteras respaldados por la Guardia Nacional y, en estos momentos, algunas tropas del Ejército estadounidense. Excepto a lo largo del río Grande, la frontera entre los Estados Unidos y México está cerrada por un muro continuo. Es posible escalar la pared o cruzar las brechas en el muro, aunque las cámaras y el radar supervisan el área y muchas de las personas que intentan cruzar son capturadas. También hay cientos que mueren en el desierto cada año. Miles llegan al otro lado, a una vida sin permiso legal de residencia con la amenaza constante de ser arrestadas y deportadas.

Sin embargo, la caravana sigue avanzando hacia las peligrosas regiones áridas del norte de México, dominadas por los carteles de la droga y la policía corrupta que trabaja con ellos. Mientras tanto, en Estados Unidos, grupos de humanitarios, religiosos y políticos, se están organizando para acudir a la frontera, acoger y mostrar la solidaridad a las personas migrantes. Harán frente a las políticas del gobierno e intentarán dar la bienvenida a aquellos que vienen como refugiados y solicitantes de asilo.

 

La migración como lucha de clases

Esta caravana no es la primera y no será la última. Como Laura Weiss escribió recientemente, “En América Central el uso de las caravanas como activismo –y estrategia de supervivencia– se ha popularizado desde hace años. Desde 2008, las madres centroamericanas cuyos hijos desaparecieron mientras cruzaban México organizan una caravana anual a través del país para concienciar sobre sus luchas. En 2012, el poeta Javier Sicilia y el Movimiento Por La Paz con Dignidad y Justicia organizaron una caravana en México y Estados Unidos para llamar la atención sobre la violencia de la guerra contra las drogas después de que el hijo del poeta fuera asesinado. En años posteriores continuó habiendo una serie de caravanas similares centradas en la violencia de la guerra contra las drogas y los abusos”. Las caravanas en México se remontan a décadas: caravanas de campesinos, maestros y mineros. Hay ejemplos de peregrinaciones religiosas que forman parte de la cultura centroamericana y mexicana: personas que caminan por su fe. Caminan hacia donde la Virgen visitó una vez la tierra, donde un santo ayudó a los pobres y oprimidos. Caminan con Dios.

No solemos pensar en caminar como forma de rebelión o de lucha de clases pero ciertamente a menudo lo es. A la caravana se le ha denominado éxodo, como el éxodo de los judíos de la esclavitud en Egipto. Durante la esclavitud en Estados Unidos, las gente negra retomó la historia del éxodo, viéndose a sí misma como los judíos de Egipto, viviendo en la esclavitud, soñando con la libertad, y cantaron su famoso himno: “¡Deja ir a mi pueblo!” (Let my people go!) Hoy en día las y los migrantes están comprometidos en su éxodo, caminando hacia la libertad, aunque están descubriendo que el Faraón no solo está en Egipto, no solo en América Central, sino también en México y en Estados Unidos. La caravana sigue avanzando, manteniendo a las y los migrantes en un abrazo de esperanza, inspirándoles para luchar, inspirándonos a solidarizarnos con ellos y ellas. Al fin y al cabo todos y todas estamos implicados en esta caravana, en este camino hacia la libertad.

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