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Después del G20: una tregua comercial que no esconde las contradicciones profundas

A principios de diciembre, Buenos Aires organizó la reunión anual del G-20. Fue un importante encuentro que retrató las principales contradicciones económicas y geopolíticas del planeta. Con la ciudad militarizada, competencia de los principales jefes de Estado del mundo, la declaración final fue modesta. Sólo días más tarde, las tensiones entre los protagonistas volverían con aún más fuerza.

La escena que puede resumir el espíritu de la reunión de los líderes en Buenos Aires, a comienzos de diciembre, fue la de la llegada del presidente francés, Emanuel Macron. En una de las numerosas gafes del gobierno argentino, anfitrión del evento, la vice presidenta Michetti, llegó tarde, dejando al jefe de estado bajar del avión sin el debido acompañamiento de la comitiva de recepción oficial. Bajo la mira de periodistas del mundo, Macron aterrizó y, coincidencia o no, se encontró con un funcionario del aeropuerto que fue el primero en saludarle. Detalle: el aeroviario en servicio vestía un chaleco amarillo!

Además de la anécdota, al final del encuentro, mientras la ministra de seguridad se jacta de haber garantizado el evento sin mayores disturbios, a su lado el presidente Macron todavía tenía que explicar las imágenes del Arco del Triunfo tomado de barricadas, en una postal de » parte de las contradicciones de la situación internacional.

Así fue la «tranquilidad aparente» del club de los países millonarios. La reunión que congregó a los dueños del mundo estuvo marcada por una creciente inestabilidad internacional, tensiones diplomáticas, comerciales y geopolíticas.

Trump y Xi Jiping dividían la atención en un escenario económico volátil. El príncipe saudí Bin Salman, envuelto en el escándalo de la muerte del periodista Khashoggi, además de promover crímenes bárbaros contra civiles en el Iemem. Putin, que alias, saludó de forma efusiva a su par saudita, actúa en una nueva escalada militar en Ucrania. Y con muchas dificultades, el bloque de la UE intenta posicionarse, con un dramático escenario motivado por el brexit. No son pocas contradicciones de una reunión que debería discutir problemas más generales como el cambio climático, la cuestión del empleo en los países más poblados y temas sociales complejos como la cuestión de los inmigrantes.

La Argentina como país sede se esforzaba para mostrarse como un capitalismo dependiente y viable, tras el vejame internacional del aplazamiento de la final de la Copa Libertadores. El mayor operativo de seguridad de la historia fue montado para evitar cualquier tipo de conflicto, con gastos millonarios, con miras a garantizar el buen desarrollo de los acuerdos comerciales de los mayores países del globo.

La participación brasileña fue tímida, inexpresiva. Lo que es una paradoja: hay una gran preocupación sobre los rumbos de Brasil después del Ascenso de Bolsonaro, sin embargo la delegación encabezada por Temer fue completamente apagada. No hubo un comentario digno de nota sobre la participación de la delegación oficial brasileña.

Mientras tanto, Bolsónaro recibió con buena acogida al secretario de estado, Bolton, para no dejar lugar a dudas a la nueva política exterior que abandona la multilateralidad tradicional de Itamaraty para abrazar el puesto de línea auxiliar de Trump.

Lo que marcó la reunión del G-20 es una tregua inestable, el horizonte incierto de la economía mundial, mayores tensiones sociales y diplomáticas y la necesidad de enfrentarse a la extrema derecha y el ajuste.

En las semanas siguientes, la realización de la COP24, las dudas sobre Brexit, el escándalo de Huawey, hicieron las dudas sobre los acuerdos disparar.

La represión como método: guerra social contra los pueblos

La organización de la reunión del G-20 ilustró cómo la burguesía internacional quiere encarar la nueva fase de la crisis política y económica: apelando a una mayor militarización, con un giro represivo para evitar protestas y conflictos sociales. Lo que se vio en Buenos Aires durante los días previos a la cumbre fue un laboratorio. Más de 50 agencias de seguridad de todo el mundo, trabajando hace dos años, garantizaron la «paz» durante la reunión. Más rejas, tanques, efectivos policiales. Un escenario que se repite, no sólo en Buenos Aires, como en varias partes del mundo. El objetivo: ampliar la guerra social contra el pueblo.

El aparato militar contó un dispositivo extranjero, con Uruguay cediendo su territorio a bases de operación estadounidenses, China llevando sus propios tanques, además de aviones militares yanques sobrevolando la ciudad, estacionados en los principales aeropuertos.

El desafío de Macri era doble: demostrar un anfitrión viable y estancar la etapa más aguda de la crisis argentina. Para ello gastó casi cien millones de dólares y un efectivo de decenas de miles de policías. El problema fue anterior a la reunión del G-20. La tan soñada final de los libertadores entre los dos equipos más populares de la argentina, River y Boca, se convirtió en una pesadilla para Macri, una semana antes del g20. Al no poder garantizar la realización del partido -que irónicamente se acabó realizándose en Madrid- el gobierno elevó el nivel de bronca social. Esto contaminó la semana anterior la cumbre, dividiendo las atenciones televisadas, generando la caída del secretario de seguridad de Buenos Aires.

Desde el punto de vista de los movimientos sociales, una caminata, en que pese a los obstáculos del feriado prolongado y de la cancelación del transporte público, juntó a unas 40 mil personas, en las calles de Buenos Aires, valiente, desafiando el aparato de seguridad. Como parte de la contrapuesta, que realizó dos días de actividades, la marcha coronó un proceso organizativo que hizo un bello contrapunto a la reunión de los bandidos responsables de las guerras y la división del botín del planeta.

El PSOL participó con una delegación. El debate principal sobre Brasil contó con la presencia de Perez Esquivel, Nobel de la paz, el MST argentino, Monica Francisco, Carolina Coltro y Marcela Azevedo de la CSP Conlutas.

A pesar de la buena entrada de la discusión, el gran ausente de los debates del G20 fue el campo del autodenominado «progresismo», encabezado por Cristina Kirchner. Al realizar una cumbre días antes de la reunión del G20, aprovechando el encuentro de CLACSO, ese sector vació la protesta antiG20. El evento, que entre sus talleres y actividades, tuvo un discurso de Cristina llamando a la unidad nacional, contó la presencia del PT, PCdoB, Boulos, CUT, también diversos PCs latinoamericanos. En la semana de la reunión del G20, Cristina y dirigentes como Axel Kicililoff y el área de influencia de la izquierda peronista convocó directamente a no marchar, para evitar conflictos con China y no cuestionar los acuerdos con el FMI.

El giro represivo de Macri es sólo un síntoma de un fenomeno más amplio, para descargar el costo del ajuste, una parte de la burguesía coquetear con salidas más autoritarias.

Trump en el espejo mundial

 Figura central en el tablero de las grandes potencias, Trump es el conductor del mundo en crisis. La declaración de tregua comercial firmada con el líder chino es un aspecto contradictorio en su orientación global. Ganó tiempo y consigue negociar algunas la retención de algunas tarifas, después de la crisis con el anuncio de GM del cierre de tres grandes plantas en Estados Unidos. El acuerdo tiene validez de 90 días.

Lo que no se esconde es que las contradicciones tienden a aumentar. Su proyecto plantea la cuestión de un nuevo estándar, por fuera del libre comercio, oponiéndose a «globalistas» y «patriotas», generando crisis en el actual diseño de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Como escribió el dirigente Pedro Fuentes, en su artículo de balance del proceso electoral reciente en Estados Unidos:

«Por su parte, la prensa burguesa mundial comentó con ironía y desprecio el discurso de Trump. Pero en el mundo de más caos y crisis que vivimos, estas opiniones de Trump deben ser colocadas en el contexto serio de la guerra comercial entre China y EEUU, que es más que eso: es una lucha por la primacía geopolítica, como indica el aumento del presupuesto militar de las dos potencias. Lucha que, por ahora, se limita al control del Pacífico y de Asia.

Sin embargo, Trump, tiene muchos problemas en su frente interno. La tormenta no disipa en la Casa Blanca. El resultado electoral fue negativo, perdiendo el dominio republicano de la cámara de los diputados, aunque reteniendo la mayoría en el senado. Mientras tanto, corre el proceso de la llamada «trama rusa», que ya costó la dimisión de nombres importantes del núcleo del gobierno como Paul Manafort y Michael Flynn.

El final de año de Trump fue aún peor. Con el gobierno paralizado por la falta de acuerdo presupuestario, Trump insiste en la construcción del muro, incluso en minoría en el parlamento, llevando a un impasse formal.

La retirada de tropas de Siria generó la ruptura con el secretario de Defensa, James Mattis, representante del ala militar del gobierno, que presentó su dimisión en carácter irrevocable y salió criticando la estrategia general de Trump.

Incluso movimientos formales como el nuevo ropaje del tratado de libre comercio de América del Norte, antes del NAFTA, ahora UMCSA, no garantizan el necesario margen de legitimidad política y económica para construir un polo mundial estable.

Al aislarse en el terreno internacional de los derechos humanos, como el caso de la inmigración, donde el planeta asistió a la muerte de dos niños centroamericanos por omisión de las autoridades responsables, Trump polariza y busca exportar su modelo «pirómano», de la extrema derecha .

La reunión en Foz do Iguaçu de personajes de la extrema derecha del continente, con los hijos del clan Bolsonaro, el ex presidenciable Kast de Chile, y figuras menores, embala el sueño de una internacional «anti-liberal», cosa que el ideológo Steve Bannon se propagó en su reciente viaje por Europa.

Trágua comercial: una paz precaria en un mundo en turbulencia

Además del débil documento votado, con poco más de dos páginas, la reunión más importante fue la cena entre Trump y Xi Jiping. El acierto entre ambos se puede tratar como precario. El documento se puso de acuerdo sobre todo lo que se está en desacuerdo, como bien definió Roberts. No hubo acuerdo sobre los tres temas centrales de la agenda: la necesidad de marcos comunes para un nuevo entendimiento de la OMC y del comercio mundial; las medidas concretas para controlar el calentamiento global y la emisión de gas carbón y el tratamiento sobre la cuestión de los inmigrantes. El documento no fue capaz de emitir un juicio o diagnóstico sólido sobre los temas más importantes.

Menos de una semana después el caso Huawey señalaba los límites de dicha tregua. En una operación cinematográfica, fue detenida en suelo canadiense, la ejecutiva Meng Wahzou, principal marco comercial de la empresa e hija de su fundador. La acusación de espionaje industrial generó un clima de tensión diplomática y reveló una red de intereses en la disputa del mercado de las nuevas tecnologías digitales.

Por detrás de eso, está la hipótesis de superación de las tecnologías 4g y 5g, en el soporte y transmisión de datos móviles, objetivo manifestado por China en el proyecto «Made in China 2025». Y tal incremento no se da de forma artificial- aunque la disputa del 5G involucra movimientos en el campo de la investigación por parte de pesos pesados ​​como Israel e India- siendo que la propia Huawey y la china ZTE fueron las que empresas que más registraron descubrimientos y patentes de propiedad intelectual en los últimos dos años.

El gigante chino acumula sus contradicciones: el proyecto expansionista, donde América Latina es uno de los destinos, vía una mayor activación de la Ruta del Pacífico, el nuevo lugar del sudeste asiático en la economía-mundo, y la creciente oposición interna, con la ampliación del número de huelgas y la organización de nuevas vanguardias culturales y sociales como el grupo «estudiantes marxistas», que cuestionan el régimen. Para saber más sobre China, especialmente sus pasos geopolíticos, recomendamos la lectura del artículo de Pierre Rousset en la edición impresa de la Revista Movimiento, nº 10.

La crisis en la cuestión climática se arrastró a la COP24, que se celebró dos semanas después del G20, en Polonia. No teniendo en cuenta el llamamiento de los científicos para la adopción del informe climático del IPCC, referido sólo como mera «contribución», el resultado fue una victoria de Estados Unidos, apoyados en Rusia, Kuaitw y Arabia Saudí para burlar un mayor control sobre la emisión de gases.

El bloque de la Unión Europea asiste impotente al conflicto, con demasiados problemas en su jardín. También es parte de la carrera por el mercado tecnológico, ve la crisis del Brexit la deriva, además de cuestiones como la crisis inmigratoria, la presión de las deudas públicas como Italia y el conflicto bélico alrededor de Ucrania.

La agenda de las tensiones va a seguir y agudizarse en el año que está naciendo.

El factor «revuelta»

Dentro del cuadro imprevisible, podemos afirmar que la guerra comercial no sucumbirá con la frágil tregua acordada en Buenos Aires. El casino de las bolsas del mundo ya señala que la lucha será feroz. Las principales contradicciones que se han arrastrado a lo largo de 2018 permanecen y se desarrollan. Los ojos del mundo estarán orientados hacia las próximas movidas de Trump, cada vez más aislado y errático. La retirada de las tropas de Siria le sitúan bastante cerca de una ruptura definitiva con el sector militar. ¿Cómo se renovará el acuerdo del G20, cuando expirará en marzo próximo?

El «factor» que la burguesía finge no tener en cuenta, pero que en última instancia, es lo que puede acelerar todas las demás contradicciones es lo que estuvo implícito durante todo el G20: cómo los movimientos sociales van a resistir al plan de guerra que está en curso contra sus condiciones de vida? La entrada en escena de los chalecos amarillos franceses despertó el «factor revuelta», derribando la pompa y la popularidad del «júpiter» Macron.

La lucha que tomó las calles de Hungría, contra la nueva ley laboral, también puso en jaque las medidas del derechista Victor Orbán. Al igual que la fortaleza de los nuevos gobiernos de extrema derecha, incluso referencia para Bolsonaro, el coraje del movimiento de masas hungaro indica la resistencia que se expande.

Podemos hablar de numerosos conflictos sociales: protestas en los balcones, revueltas en Sudán y una nueva ola de luchas en Túnez, cuna de la primavera árabe de 2011.

La extrema derecha, a diferencia de las caras más tradicionales de la representación burguesa, va a disputar el botín del descontento social, como lo hace de forma activa en Francia, a través de LePen y de colectivos que actúan dentro del movimiento de los chalecos amarillos. La izquierda socialista debe ser capaz de actuar, incentivar la autoorganización popular y representar sus anhelos, en contra de las castas que gobiernan desde hace décadas y son odiadas por la masa.

De la mano de esta tarea, enfrentarse a la extrema derecha, que sale fortalecida de la crisis política, entrando en la esfera política de países centrales como España, es un imperativo para las fuerzas de la izquierda socialista. Para ello, es urgente una agenda que combine tareas de resistencia con la presentación de nuevas alternativas.

Una nueva página para apoyar y construir nuevas alternativas en Latinoamérica y en el mundo, defendiendo el poder de los trabajadores y el pueblo contra el 1% de ricos y privilegiados, y una sociedad sin explotación.

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