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Organizar la resistencia en Brasil y la solidaridad internacional contra el gobierno del neofascista Bolsonaro

Declaración de la IV Internacional sobre Brasil

Organizar la resistencia en Brasil y la solidaridad internacional contra el gobierno del neofascista Bolsonaro

Miércoles 5 de diciembre de 2018,

Comité Ejecutivo de la IV Internacional

Toda la solidaridad con los trabajadores, los negros, las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los campesinos, los Sin Tierra y los Sin Techo, la comunidad LGBTI, los maestros, los profesores, los científicos y los artistas que serán blanco de las políticas «ultra» neoliberales, conservadoras y autoritarias del nuevo ocupante del Palacio de Planalto. Con este giro hacia la ultraderecha, en el mayor país de América Latina, los logros sociales y democráticos de las dos últimas décadas en América Latina están más amenazados que nunca. La situación requiere una amplia movilización de todas las fuerzas políticas y sociales del mundo comprometidas con la democracia, con la lucha por el medio ambiente, contra las opresiones y las desigualdades de todo tipo.

El resultado final de las elecciones presidenciales en Brasil en octubre pasado catapultó al diputado y ex capitán del ejército Jair Messias Bolsonaro, considerado hasta hace poco menos de un año un “outsider” en la disputa y que tenía menos del 10% en las encuestas electorales a pesar de sus 28 años en el parlamento. El presidente electo de Brasil fue, de hecho, una figura casi folclórica con sus posiciones de defensa inconfundible de la dictadura militar (1964-1985) y de la tortura, su vehemente defensa de «disparar a matar» y el encarcelamiento masivo como solución a la violencia urbana, su torpe fanatismo contra las feministas y las mujeres en general, su flagrante prejuicio contra los homosexuales, las lesbianas y los transexuales, y todos los marginados y menospreciados de los derechos sociales, ambientales, de ataque a los derechos laborales básicos.

Pero esta figura de extrema derecha, que contaba con el apoyo de la agroindustria ganadera, parte del sistema financiero, la mayoría de las iglesias evangélicas neopentecostales, la mayoría de los sectores urbanos ricos de clase media y de grandes sectores populares, tomará pose el 1 de enero de 2019 como el 38º presidente de la República Federativa del Brasil. Con el 55% de los votos, Bolsonaro llegó al poder después de la campaña electoral más polarizada y violenta de la historia del sistema político inaugurada en 1985 con el fin de la última dictadura militar, la llamada Nueva República. También fue la elección brasileña con la manipulación más decisiva de noticias falsas a través de los medios sociales, con la muy probable participación de personalidades y empresas extranjeras.

Estas no fueron elecciones como otra cualquiera. El ambiente preelectoral comenzó ya bajo el signo primero de un asesinato político y luego de la persecución de la figura que lideraba las encuestas. Fue otro capítulo aterrador en el thriller del golpe institucional de 2016, que derribó al gobierno del PT. El 14 de marzo, fue el asesinato, de la concejal de Río y activista feminista, negra y LGBT Marielle Franco del PSOL, cuya muerte, junto con la del conductor Anderson Gomes, aún no ha sido esclarecida. Un mensaje macabro de las fuerzas más reaccionarias, a todos los negros, a todos los activistas de las favelas, a todas las feministas, a todos los LGBT, de una forma institucional sin precedentes. La persecución a Lula, el líder del PT, perpetrada por los Tribunales Superiores de Justicia, los partidos tradicionales y el Congreso, y también por grupos de base bolsonaristas (que incluso dispararon contra un autobús en la caravana del ex presidente en el sur del país), que terminó con su arresto el 7 de abril, tras un proceso jurídico altamente cuestionable.

A principios de septiembre, Bolsonaro fue apuñalado por un «lobo solitario» mientras hacía campaña en la ciudad de Juiz de Fora (Minas Gerais). El ataque lo llevó tres veces al quirófano, puso en peligro su vida, le dio el aura de un héroe sobreviviente; también le dio el pretexto que necesitaba para evitar los debates, que ya había demostrado que eran difíciles para él. Desde ese episodio, la polarización ha alcanzado niveles desconocidos en Brasil.

Las primeras encuestas de la segunda vuelta señalaban una aplastante y asustadora victoria del capitán-candidato, que al final no se produjo. Su victoria en la primera vuelta impuso tanto la unidad como la movilización de la mayoría de las fuerzas de izquierda y democráticas, en una acción unificada que incluyó a millones de activistas y personas que salieron a las calles por primera vez bajo la consigna de “#EleNao”. Las movilizaciones por Haddad en las últimas dos semanas de octubre se vieron reforzadas por la revelación de Folha de S. Paulo de que Bolsonaro había utilizado financiación empresarial ilegal para pagar noticias falsas en Whats App; una práctica similar a la que ya utilizaba Donald Trump en 2016 a través de Facebook. Muchos votantes de Bolsonaro eligieron no votar o cancelar su voto. Pero la campaña fascista no se desvaneció: el candidato respondió en un discurso en la Avenida Paulista, prometiendo barrer del mapa «los rojos» y el periódico más grande del país. El clima político estuvo marcado por agresiones físicas contra activistas pro-Haddad, violaciones e incluso el asesinato de un maestro de capoeira en Salvador (Bahía).

Sin embargo, Bolsonaro finalmente gano con una diferencia significativa, 10 millones de votos más que Haddad (55% a 45%), con victorias en la mayoría de los estados – con la excepción del Noreste y Pará (Amazonas). Sin embargo, el PT logró mantener el mayor grupo en la Cámara de Diputados (56 diputados, contra 52 por el PSL de Bolsonaro) y con sus aliados, los gobiernos de todo el Nordeste. Al mismo tiempo, la extrema derecha conquistó los gobiernos del rico y estratégico sudeste: Río de Janeiro, São Paulo y Minas Gerais. El núcleo duro de la coalición de Bolsonaro eligió a un grupo de 90 diputados, pero su alianza podría alcanzar más de 200 votos de un total de 534.

¿Por qué Bolsonaro fue posible?

Es imposible entender el ascenso de Jair Bolsonaro sin retroceder unos años en el relato y recuperar las principales características y acontecimientos que marcaron los 13 años de gobiernos del PT derrocados por el golpe institucional de 2016.

Los gobiernos del PT entre el 2003 y el 2013 se beneficiaron con el auge mundial de las exportaciones de productos básicos; incluso profundizando la desindustrialización del país. Su política basada en las exportaciones extractivistas permitió tanto a los gobiernos de Lula (2003-2010) como al primero de Dilma (2011-2014) garantizar ganancias extraordinarias al capital financiero, a los agronegocios y a los grandes grupos capitalistas de la construcción, la minería, las telecomunicaciones y la carne; sectores que contaron con recursos públicos.

Al mismo tiempo, los gobiernos de PT promovieron políticas redistributivas limitadas, con un impacto real en las poblaciones urbanas y rurales más vulnerables. Aumentaron el salario mínimo a tasas superiores a la inflación, mantuvieron el Programa Bolsa Familia (pago mensual a familias por debajo de la línea de pobreza, permitiendo el mantenimiento de los niños en la escuela), muchas políticas afirmativas (cuotas para estudiantes pobres, negros e indígenas en universidades y escuelas técnicas) y la multiplicación de nuevas universidades públicas, escuelas públicas y becas en universidades privadas. Estas medidas, junto con el fomento generalizado del consumo interno mediante el dinero fácil de los bancos públicos, hicieron posible que un amplio espectro de trabajadores compraron una vivienda y entraran en el mercado de consumo masivo por primera vez en sus vidas.

Sin embargo, ya en 2005, con el escándalo de la compra de votos en el parlamento por parte del gobierno de Lula («mensalão») el prestigio del PT comenzó a caer. Para entonces, estaba claro que el partido, que hacía tiempo que había abandonado cualquier discurso de clase, no adoptaría ningún tipo de medida o política para fomentar la participación popular y ciudadana en la vida pública. En cambio, para garantizar la gobernabilidad del régimen de coalición el PT hizo enormes concesiones para mantener en su base en el Congreso incluso a grupos de iglesias evangélicas como la Iglesia Universal del Reino de Dios y sectores de la Asamblea de Dios, (que serían decisivos para la victoria de Bolsonaro en 2018).

Estas concesiones a los ruralistas, neopentecostales y a «la bancada de la bala» (policías, diputados y fabricantes de armas) significaron que el PT no hizo nada para avanzar en las directrices feministas como la despenalización y legalización del aborto, la demarcación de las tierras indígenas. La adopción de programas de gran infraestructura y megaproyectos resultaron en la expulsión de los pueblos indígenas y ribereños de sus tierras. El PT tampoco adelanto nada en el debate para una reforma profunda del sistema judicial, policial y penitenciario, para poner fin a la guerra contra las drogas, al encarcelamiento masivo y al genocidio del pueblo negro (en particular de los jóvenes de las favelas).

En 2013, bajo Dilma, el declive político-ideológico del PT saltaría con los estallidos sociales de descontento. En medio de las gigantescas manifestaciones por la educación, la salud, un mejor transporte urbano, los grupos de derecha salieron a las calles para disputar con la izquierda y canalizar el movimiento contra la corrupción, contra todos los partidos políticos y contra el PT en particular. Sin embargo, junio de 2013 no fue, como afirma el PT, una explosión de naturaleza reaccionaria, ni mucho menos. Pero sin duda mostró a una parte de la élite que el PT ya no tenía tanto utilidad para mantener a las masas tan «pasivas» como antes. Y la derecha y la ultraderecha contaron desde entonces con el apoyo decisivo de los principales medios de comunicación en la lucha política e ideológica por las movilizaciones de masas, como vimos en 2015 y 2016 en las amplias protestas para destituir a Dilma.

El rol del escándalo del Lava Jato y del estancamiento económico

El descontento político-social con el gobierno se intensificó enormemente a partir de 2014 con el largo estancamiento económico, que impuso una caída en los ingresos de los sectores que formaron la base del lulismo y provocó la explosión de la violencia urbana y rural. Fue una contribución decisiva al profundo descrédito de Dilma que hizo su segunda campaña presidencial (de agosto a octubre de 2014). Levantó posiciones de izquierda y que en menos de dos meses de gobierno comenzó a aplicar un programa económico que iba en contra de todo lo que había prometido, con el neoliberal Joaquim Levy como ministro, un personaje del neoliberalismo, que ahora será parte del gobierno de Bolsonaro.

El estallido del PT se aceleró con el impacto en la conciencia de los trabajadores del mayor escándalo de corrupción en términos de cantidad de dinero y que contagio en todo el sistema político: el escándalo de Petrobras, develado por la Operación Lava Jato, que involucró una red de sobornos millonarios a prácticamente todos los partidos de la República. Entre finales de 2014 y principios de 2015 (más probablemente cuando Dilma despidió a Levy), con cientos de miles vestidos de «verdes amarillos» (los principales colores de la bandera brasileña) en las calles movilizados por la derecha contra la «corrupción», sectores fundamentales del capital brasileño rompieron con el apoyo que estaban dando al proyecto de colaboración de clases del PT y se adhirieron a la conspiración golpista.

Después del juicio de Dilma, entre abril y septiembre de 2016, mientras el PT perdía votantes, (y sólo podía responder hablando de persecución), activistas y militantes de la derecha y su versión más ultraderechista creció en la sociedad. Las facciones desesperadas de la burguesía y un gran sector de la clase media, tradicionalmente más reaccionarios (racistas, misóginos, homófobos y temerosos de las costumbres socialmente progresistas de las nuevas generaciones) abrazaron la ultraderecha.

La persecución al PT fue real: La Justicia y la Policía Federal fueron selectivos. Las fuerzas golpistas apelaron abusivamente al mecanismo de «acuerdo de culpabilidad». Lula ha sido acusado sin pruebas claras, y luego condenado sin un juicio justo. Los medios de comunicación publicaron los audios de Lula y Dilma sin autorización oficial. Los jueces arrestaron a varios líderes del PT sin ninguna necesidad obvia de hacerlo. La impugnación era política y jurídicamente injustificable. Sin embargo, el partido nunca delineó una autocrítica de las «malas acciones» (para usar la expresión de Dilma) de tantos líderes. La orientación oficial de la dirección era prohibir a Haddad que hiciera tal autocrítica en la campaña de 2018. El problema, para la dirección del PT, eran los «errores» de muchos individuos – una gran parte de ellos hoy en día en prisión. Ni una palabra sobre la «forma de gobernar del PT», tan adaptada a las reglas del sistema político, donde el partido cogió los peores hábitos de sus socios oligárquicos.

Así nació y creció en gran parte de la sociedad brasileña un fuerte rechazo al PT. En los sectores más empobrecidos, que se habían beneficiado de los años de Lula, esto no se consolidó. Entre los jóvenes más informados y activos y los sectores obreros de izquierda, este cuestionamiento del PT puede haber favorecido a Ciro Gomes, Marina Silva y PSOL. Pero en amplios sectores de la rica clase media urbana, particularmente en sus estratos superiores (y especialmente en el sureste y el sur), se ha convertido, con la ayuda de los medios de comunicación, Lava Jato y los partidos de derecha, en un odio ciego hacia el PT. Un odio ciego a la izquierda, a las políticas sociales, a la idea de Derechos Humanos válidos para todos, a la idea de solidaridad con los desposeídos, a la noción de pertenencia al mundo, a la ciencia y a la verdad. Un odio que se extendió al color rojo, a Cuba, a Venezuela, al feminismo, a los gays, a los trans y al ambientalismo y a todo menos al puro individualismo egocéntrico, basado en la teología de la prosperidad, en la creencia del Dios-mercados, en la oportunidad para todos y en el desprecio por lo diferente.

Fue la combinación de este antipetismo reaccionario, con la decepción justificada de millones de trabajadores con el partido que les había traído tanta ilusión, lo que eligió al Presidente Bolsonaro.

Así que, Bolsonaro no fue (o no debería ser) exactamente una sorpresa

Aunque Michel Temer dejará el gobierno con niveles de impopularidad sin precedentes, incapaz de sacar a la economía del estancamiento, ha hecho el trabajo de base para el capital y ha ayudado en la elección de Bolsonaro. El programa radical de congelamiento de la inversión pública y retirada de los derechos laborales, aplicado por el ex vicepresidente de Dilma, ha profundizado la crisis económica. La explosiva combinación de esa crisis con la fuerte base conservadora, patriarcal y autoritaria con los esclavos, siempre latente en el país que fue el último en abolir la esclavitud en el mundo, fertilizó el suelo para el crecimiento de la extrema derecha. En todo caso, los sectores más importantes de la burguesía brasileña apostaron no por Bolsonaro, sino por Geraldo Alckmin (PSDB de São Paulo). Los sectores que apostaron por Bolsonaro desde el principio fueron la industria armamentista, los comerciantes y la mayoría de los agronegocios.

También debemos recordar que hubo una verdadera cruzada político-ideológica contra la corrupción, alimentada por la «santa alianza» entre jueces, fiscales que operaban el Lava Jato, los principales medios de comunicación y, como ya se sabe, una gran parte de las Fuerzas Armadas. Esta campaña de cuatro años fue decisiva para reforzar el agotamiento con el sistema político, los viejos partidos y las figuras -así como la ilusión del supuesto «salvador» antisistémico que encarnó Bolsonaro- en la opinión pública. Los partidos gobernantes tradicionales, el PSDB y el MDB, fueron vistos como representantes del sistema antiguo y recibieron una paliza en las urnas, obteniendo 34 y 29 diputados. Alckmin nunca sería elegido.

Manipulación mediática internacionalizada

La exitosa manipulación de los grupos de WhatsApp por la campaña de Bolsonaro indica una peligrosa internacionalización de las elecciones brasileñas y anuncia una tendencia mundial. Es probable que haya habido consejos de campañas internacionales de empresas de marketing vinculadas a Steve Bannon, estratega de Trump, que ahora se dedica a organizar una «internacional» de «populismo» de ultraderecha. Esto dio forma a la intervención extranjera en el proceso electoral brasileño. Es importante señalar que los centros de producción de los datos digitales que influyen en las elecciones, en este capitalismo de vigilancia, están localizados globalmente en los Estados Unidos. Otra señal de adiós a las soberanías nacionales.

El candidato de extrema derecha surfeó en las altas olas de descontento con el gobierno corrupto e impopular de Temer, con la recesión y el desempleo, con la política tradicional y con el PT, por lo que Bolsonaro logró darse una imagen «antisistémica». Su ascenso, por lo tanto, encaja perfectamente en el escenario de imprevisibilidad y desgobierno global diseñado por el documento «Globalización capitalista, imperialismos, caos geopolítico y sus implicaciones», aprobado en el último Congreso de la Internacional. Sectores de capital en Brasil, incluso los bastante globalizados, como los bancos, las compañías de seguros y los agronegocios, han renunciado por completo a las «mediaciones» en el trato con el régimen democrático y las clases subalternas, optando por abrazar una alternativa que les ofrece mayores facilidades para profundizar la superexplotación y el saqueo.

Hay una nueva reestructuración capitalista global en la que los fondos públicos -todos ellos- y todos los bienes comunes, territorios, bosques, energía y agua, deben ser utilizados por el sistema. Ningún proyecto de este tipo puede sobrevivir sin poner fin a todo debate transparente en la sociedad. Es el mismo contexto en el que crecen los grupos racistas, xenófobos y nacionalistas en Estados Unidos, Francia, Alemania, India y en el que llegan al poder en Hungría y Filipinas. De hecho, las dificultades para volver a las tasas de ganancia obtenidas hasta 2007, antes del tsunami financiero de 2007/2008, han empujado a la burguesía mundial:

(1) la prosecución de un proyecto global de creciente despojo de los derechos de la clase obrera y de los pueblos del «Sur global», que incluye la (re)toma de derechos absolutos sobre lo que debería ser propiedad común de la tierra, como el propio territorio, el agua (acuíferos, ríos, océanos), los yacimientos minerales, las fuentes de energía;

(3) optar, al menos en parte, por soluciones de extrema derecha, con matices nacionalistas-protectores en los países industrializados, y con características más ultraliberales en el frente económico del Sur Global, con un fuerte discurso conservador en las costumbres y las políticas punitivas, anti-derechos humanos, la guerra sangrienta contra el tráfico y el bandolerismo en general.

Período de turbulencia en la disputa sobre el cambio de régimen

Además de ser bastante oscuros y difíciles los tiempos venideros para los explotados y oprimidos en Brasil, también serán intensamente turbulentos.

Aunque la elección de un gobierno neofascista en Brasil es una dura derrota para los movimientos sociales y democráticos de América Latina y el mundo, no es una derrota histórica. El salto de la actual situación reaccionaria a una situación abiertamente contrarrevolucionaria no ha ocurrido y puede que no ocurra: esto depende del resultado de los enfrentamientos y las luchas que se sigan librando. La radicalización de la situación política en Brasil dependerá del desarrollo de la crisis económica mundial y su impacto en la economía brasileña, de la capacidad de Bolsonaro y su gobierno para resolver las contradicciones internas de su bloque de apoyo y de la fuerza de resistencia de los trabajadores y oprimidos del país…

El núcleo duro del gobierno tiene un proyecto que lleva al cierre del régimen, a un sistema político menos permeable a las presiones populares. Otra pregunta es si actualmente existe una correlación de fuerzas para este cambio de sistema político y a qué ritmo Bolsonaro y su primer escalón podrán aplicar su proyecto. El gobierno es, en esencia, autoritario, racista, misógino, LGBT-fóbico, militarista, anti-izquierdista, indiferente a las instituciones democráticas e indicado para operar en la lógica de crear enemigos internos y externos. En una palabra, neofascista. Todo esto al servicio de una agenda ultraliberal, privatizadora y de retirada de derechos, contraria al nacionalismo proteccionista del fascismo clásico.

Junto con el núcleo militar y ultraliberal, conforman el bloque de apoyo del nuevo gobierno, el fundamentalismo religioso ultraliberal (en el que destaca la Iglesia Universal del Reino de Dios), fracciones de la Justicia (al igual que Sergio Moro), el agronegocio, economistas y banqueros ultraliberales de la Escuela de Chicago y políticos fisiológicos desviados de los partidos tradicionales – una parte importante del bloque que dio el golpe de estado de 2016. Esta suma de fuerzas tiene contradicciones entre sus agendas y proyectos. El futuro del gobierno dependerá de la capacidad de su núcleo para cohesionar a este bloque en su compromiso con su proyecto político.

Dependiendo de la evolución de estas cuestiones internas y externas, el núcleo duro del gobierno avanzará o no hacia la aplicación radical de su proyecto, que es el de un sistema político menos democrático. Algunos test importantes ya están previstos para 2019.

De dónde vienen los ataques: los «tests» del neofascismo

Las condiciones internacionales no parecen prometedoras para un nuevo crecimiento de la economía brasileña. La perspectiva es de una recesión mundial en 2019. Y Bolsonaro anuncia una alineación desordenada con los intereses de Estados Unidos e Israel (con la estúpida propuesta de trasladar la embajada brasileña a Jerusalén), además de acariciar al Chile de Piñeira en detrimento de Argentina y del Mercosur en su conjunto.

Estos alineamientos desequilibran las relaciones con los principales socios económicos para la recuperación. China – es el principal socio comercial de Brasil, con una balanza comercial muy positiva para Brasil. Las empresas chinas tienen fuertes inversiones directas en el país, como en electricidad. Los países árabes son los principales compradores de la carne de pollo y de vaca de la agroindustria. Errar en la política internacional, en este contexto global desfavorable, puede hacer inviables las posibilidades de un equilibrio mínimo de las cuentas públicas y mantener en funcionamiento el sector industrial.

El proyecto «Escuela sin partido» pretende controlar lo que se dice en el aula, con especial atención a las cuestiones de género, la educación sexual y la crítica al gobierno. El presidente electo hace un llamado, a través de las redes sociales, a padres y estudiantes a denunciar a los maestros que politizan los temas históricos y abordan los temas de género en el aula. El hijo mayor del presidente electo, Eduardo Bolsonaro, diputado federal por Sao Paulo, ya ha anunciado un proyecto de ley que pretende criminalizar, además, la «apología al comunismo».

También en el campo de la educación, la promesa es un ataque brutal contra la educación pública y gratuita, particularmente en la esfera superior. Bolsonaro interferirá directamente con la elección de los rectores. Al mismo tiempo, elogia las ventajas de la educación a distancia, incluso en el nivel primario (¡cinco primeros años!) y sugiere adoptar en el país el modelo de vales para que la población tenga acceso a escuelas privadas, como en Chile, o una forma de transferir dinero público a las escuelas privadas.

La segunda prueba será la criminalización de los movimientos de ocupación de tierras y viviendas (MST y MTST) a través de la mejora de la Ley Antiterrorista (trágica e irónicamente promulgada por Dilma en respuesta a 2013), ya rápidamente adaptada y ampliada por los nuevos grupos reaccionarios.

Otra prueba fundamental, reclamada diariamente por los voceros del «Dios mercado» y los medios de comunicación convertidos rápidamente al bolsonarismo, es la reforma del sistema de las jubilaciones. El presidente electo ya ha negociado con Temer para que no se vote en su mandato que termina este año la reforma en las jubilaciones. El superministro de Economía y Chicago boy Paulo Guedes promete una reforma aún más radical para 2019, basada en los preceptos de la Jubilaciones de Pinochet (sobre la cual cada trabajador ahorra individualmente para su jubilación), que resultó en un desastre social en Chile. El debate promete lucha.

En el fondo, en el Brasil profundo, habrá una intensificación de la guerra contra las drogas y los pobres, lo que significa que el nuevo gobierno intensificará el genocidio del pueblo negro. Este ataque se producirá a través de la liberación del porte de armas, la luz verde para que la brutal policía militar y los guardias municipales ante la duda disparen a matar y se continúe con el encarcelamiento masivo. Este conjunto de medidas podría extenderse a las restricciones al funcionamiento de los sindicatos, las asociaciones, los partidos (Bolsonaro y sus seguidores prometieron la guerra contra el PT y la dirección del PSOL) y las libertades de prensa, expresión y organización.

Bolsonaro, además, demuestra ser una gran amenaza para el medio ambiente mundial al prometer, siguiendo a Trump, romper con el frágil Acuerdo de París sobre emisiones de CO2. Y para colmo, promete acabar con la demarcación de las tierras indígenas, en una señalización obvia para los ganaderos en particular (pero también para los productores de soja y otros cultivos en la frontera agrícola amazónica) que da luz verde a la devastación de la selva amazónica. Si la gran selva tropical ya estuvo amenazada bajo el reinado del extractivismo del PT, mucho peor será la situación del pulmón del mundo y la garantía de cierto equilibrio climático en Sudamérica bajo la batuta de este aliado de la motosierra y el agronegocio.

Organizar la resistencia y la solidaridad internacional

En Brasil, la tarea fundamental es organizar la resistencia a los ataques del nuevo gobierno contra las libertades democráticas y los derechos sociales del pueblo, a través de la lucha unificada de todos aquellos que quieren defender la democracia y los derechos y logros que el neofascista atacará. En esta lucha, trabajaremos por la creación de un frente único antifascista en defensa de los derechos democráticos y sociales, capaz de articular y unificar iniciativas sectoriales y regionales contra los ataques del gobierno y del capital. Los militantes y simpatizantes de la IV Internacional estarán en estas luchas, en defensa de la democracia y de todos los derechos sociales y humanos.

También formaremos parte de los movimientos y organismos de trabajadores, jóvenes, negros y negros, mujeres y LGBTs, indígenas y de todos los sectores de la población, insertándonos más que nunca en los lugares de trabajo, en los barrios pobres, en las universidades, en las escuelas, en los grupos culturales de jóvenes precarizados y radicalizados, en las ocupaciones de los pobres y sin tierra, para resistir junto al pueblo brasileño. Damos especial importancia al movimiento de las mujeres jóvenes, que han estado entrando en vigor desde la primavera de 2016 y han enseñado a todos tanto con la organización de # Elenão.

Para América Latina, donde la elección de Bolsonaro ha tenido tanto impacto, debe quedar muy marcado que cada pequeña lucha, cada victoria, aunque sea sectorial, contra Macri, contra Duque, contra Piñeira, contra Ortega y sus planes, es también una victoria de la resistencia contra Bolsonaro. ¡No hay marcha atrás! La resistencia en Brasil depende de la persistencia de toda América Latina y del progreso de la lucha en todo el mundo.

Por eso también es vital que en Europa, Estados Unidos, Asia, África y Oceanía estemos muy atentos para llevar a cabo una amplia campaña de denuncia contra los ataques que el nuevo gobierno brasileño ensayará contra la democracia, la legislación y los tratados internacionales sobre medio ambiente (¡la Amazonia está en gran peligro!) y los derechos sociales y políticos de los trabajadores.

La IV Internacional llama a todos los que luchan, a todos los ecologistas, a todos los demócratas, a unir sus fuerzas para denunciar al gobierno de Bolsonaro y exigir:

¡Fuera las manos sobre los Sin Tierra y los Sin Techo en Brasil! Por una campaña internacional para repudiar la Ley Antiterrorista y sus macabras mejoras! Toda la solidaridad con el MST y el MTST y con todos los activistas.

¡Fuera las Manos de la selva amazónica! ¡Fuera las manos de las tierras indígenas! Mantener la legislación que garantiza la demarcación de las tierras para los pueblos originarios. ¡Por la continuación de Brasil en el acuerdo de París!

¡Manos fuera de los derechos de las jubilaciones de los trabajadores brasileños! ¡No hay reforma del sistema de pensiones sin antes una auditoría radical y la publicación de los deudores de la Seguridad Social!

¡Fuera las manos de las universidades públicas brasileñas! ¡No toquen la libertad académica! No interferir en la elección de los rectores y decanos.

¡Abajo con la escuela de «Sin Partido”! ¡Que no se permiten teléfonos celulares en el salón de clases para denunciar a los maestros! Mantener el presupuesto de educación y la educación presencial en la educación primaria y secundaria.

¡Acabar con la guerra contra las drogas y los pobres! No hay liberalización de los permisos de armas. No a la reducción de la edad penal, propuesta por el futuro ministro Sérgio Moro. Los jóvenes necesitan escuelas, no prisiones. Para la legalización de la marihuana. Por un esfuerzo conjunto del poder judicial para acelerar los juicios de los 200.000 presos que están encarcelados sin sentencia.

La victoria electoral de Bolsonaro es de hecho parte de un resurgimiento de los regímenes autoritarios que están estrangulando los logros democráticos de las últimas décadas, con Putin en Rusia, Orban en Hungría, el régimen del PiS en Polonia, Erdogan en Turquía, Duterte en Filipinas, Trump en Estados Unidos, Netanyahu en Israel, y los partidos de extrema derecha del gobierno en Austria o Italia….. Es necesario un movimiento internacional antiautoritario y antioligárquico, porque la situación requiere una amplia movilización de todas las fuerzas políticas comprometidas con los derechos democráticos, los derechos de los trabajadores, los derechos de las mujeres, la preservación del medio ambiente y el clima, la libertad de movimiento de las personas, en resumen, contra la opresión de todo tipo. La construcción de un movimiento mundial de este tipo es una tarea que figura en el orden del día.

5 de diciembre de 2018

Una nueva página para apoyar y construir nuevas alternativas en Latinoamérica y en el mundo, defendiendo el poder de los trabajadores y el pueblo contra el 1% de ricos y privilegiados, y una sociedad sin explotación.

Secretaría de redacción

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