Portal de la Izquierda en Movimiento Portal de la Izquierda en Movimiento Portal de la Izquierda en Movimiento

FEMINISMO Y ANTICAPITALISMO – Las mujeres en la construcción de una alternativa de poder

FEMINISMO Y ANTICAPITALISMO

Las mujeres en la construcción de una alternativa de poder

Junio/2019

“La idea de la libertad es inspiradora. Pero, ¿qué significa? Si eres libre en un sentido político, pero no tienes comida, ¿qué es esta libertad? ¿La libertad de morir de hambre?” (Angela Davis)

INTRODUCCIÓN

Este folleto es una publicación de los mandatos de Sâmia Bomfim y Fernanda Melchionna, ambas diputadas federales del PSOL, y refleja un esfuerzo concentrado para reunir toda la acumulación de nuestra concepción del feminismo. Esta visión se ha construido a través de muchos debates, que se han intensificado naturalmente desde que nos encontramos con una nueva ola feminista.

En 2019, el Movimento Esquerda Socialista (MES) cumplirá 20 años. La historia de la organización se confunde con la trayectoria de innumerables mujeres, militantes y revolucionarias, cuyas ideas feministas aquí enunciadas se sembraron a lo largo de estas dos décadas y se plasmaron en la construcción del PSOL, así como en nuestros frentes de acción, como Juntas, Rede Emancipa y Mover. También se han fortalecido en las acciones de nuestras militantes en diversos movimientos, en la lucha de la clase obrera, en las grandes movilizaciones, en la resistencia cotidiana, en la conducción de nuestros mandatos, además de haberse enriquecido en el debate teórico y en el intercambio con intelectuales que buscan hacer del feminismo y del socialismo fuerzas vivas en la transformación de la vida de las mujeres y de la sociedad.

Ante la nueva etapa de la lucha de las mujeres a escala mundial, con fuerte expresión en América Latina y Brasil, identificamos la necesidad de dar un nuevo paso en la definición y afirmación de nuestras ideas. Así, a través de una retrospectiva de lo que hemos estado pensando y debatiendo en los últimos años, este trabajo es un impulso para afrontar los retos presentes y futuros. De esta manera, esperamos crear una base más sólida para lo que consideramos nuestro mayor desafío: organizar la resistencia desde la lucha de las mujeres y construir para el país una alternativa de poder a la izquierda, socialista, conectada con la fuerza del feminismo mundial. Es desde esta perspectiva que presentamos esta contribución.

1. Vivimos una nueva ola del feminismo en Brasil y en el mundo

En los últimos años, se ha observado un crecimiento significativo en la lucha de las mujeres en varios países, que ha tomado las calles, los hogares, los lugares de trabajo y estudios, los medios de comunicación y los espacios de poder, respaldando la hipótesis de que vivimos una nueva ola del movimiento feminista, que ha vuelto a ser una fuerza política vital y relevante en el mundo.

Desde 2011, una serie de episodios han venido reforzando esta tesis y mostrando tanto una mayor adhesión a las ideas feministas como una feminización de las protestas y movilizaciones sociales: la Primavera Árabe (2010 a 2012), los Indignados de España (2011), la Ocupación de Wall Street (2011), la Marcha de las Putas en Canadá (2011), las Jornadas de Junho en Brasil (2013), el movimiento Ni Una a Menos en América Latina (2015), el Women’s March en Washington (2017), la fuerza de las últimas convocatorias para el 8 de marzo y la Huelga Internacional de Mujeres, entre otros. Desde entonces, los grandes movimientos con una perspectiva de género específica – contra la cultura de la violación y la violencia contra la mujer, y por el derecho al cuerpo y a la sexualidad- han tenido una proyección internacional, y las mujeres han asumido cada vez más protagonismo en los debates, estando en el centro de la lucha política de sus países.

En Brasil, la Primavera Feminista y la Marcha de las Mujeres Negras de 2015 fueron hitos para la afirmación de la nueva etapa del feminismo en el país. Desde entonces, especialmente las adolescentes han tenido el feminismo como bandera propia, presente en su vida cotidiana, incentivando a las madres y abuelas a hacer lo mismo. En las calles y en las redes sociales, vemos una diversidad de perfiles que creen en la fuerza de las mujeres como una forma de lograr mejores condiciones de vida. La búsqueda de la igualdad entre los géneros ha empezado a preocupar a un número mucho mayor de mujeres.

Además, esta marea feminista también ha sembrado frutos en las casas del poder, porque el descontento de las mujeres con la casta política que gobierna nuestro país es flagrante. Durante las elecciones de 2018, cientos de miles de mujeres encabezaron una gigantesca manifestación contra Bolsonaro, en la movilización #EleNão. En aquel momento, ya demostraron que la política reaccionaria evidenciada en las apariciones públicas y en el programa de gobierno del candidato sería aún más perjudicial para las mujeres.

Felizmente, a pesar de la elección de Bolsonaro, el número de mujeres elegidas para las Cámaras Legislativas se ha más que duplicado en comparación con la legislatura anterior. En un escenario tan preocupante, es extraordinario que la lucha de las mujeres se haya fortalecido: el PSOL, por ejemplo, ha elegido un banco federal de paridad, que ahora incluye a Sâmia Bomfim (SP), Luiza Erundina (SP), Fernanda Melchionna (RS), Talíria Petrone (RJ) y Áurea Carolina (MG). En los estados, muchas mujeres también ocuparon las Cámaras Legislativas, especialmente Luciana Genro (RS) y Monica Seixas de Bancada Ativista (SP), además de muchas otras, como las tres mujeres negras elegidas para la Asamblea Legislativa del Estado de Río de Janeiro -Renata Souza, Mônica Francisco y Dani Monteiro, todas colaboradoras del mandato de Marielle Franco- o Erika Malunguinho, primera representante trans en São Paulo.

Para nosotras, esto es una fuerte evidencia de que la posibilidad de derrotar a la extrema derecha implica necesariamente fortalecer la lucha de las mujeres, algo que se ha expresado no sólo en Brasil, sino en todo el mundo. En este sentido, estamos de acuerdo con la afirmación de la antropóloga Rosana Pinheiro-Machado de que «la extrema derecha ganó, pero también las feministas»[1], porque el reaccionismo ha llegado al poder, pero el feminismo también se ha fortalecido. Sin embargo, esto no significa que podamos subestimar la fuerza de nuestro adversario, sino que la construcción de una amplia resistencia democrática para hacer frente a nuestros desafíos sólo será posible si podemos identificar y catalizar la enorme energía transformadora que ya ha reunido la lucha de las mujeres hasta ahora.

2. Estamos viviendo una crisis total de la sociedad y de la reproducción de la vida, cuya causa fundamental es el capitalismo.

La crisis capitalista que se abrió hace diez años en Estados Unidos es un hito importante para comprender el surgimiento de este nuevo ciclo de movilizaciones feministas en todo el mundo[2], ya que forma parte de un escenario más amplio de agravamiento de las contradicciones y de las luchas sociales desde 2008. Desde entonces, los trabajadores y los jóvenes de varios países han salido a las calles en reacción a los efectos nocivos de la crisis, que ha intensificado la contradicción entre la reproducción del capital[3] y la reproducción social de la vida[4], así como la acumulación capitalista a través del saqueo[5] de los bienes y derechos de la clase obrera y de los recursos naturales.

Esta crisis ha golpeado duramente a Brasil, poniendo en riesgo el mantenimiento y la reproducción de la vida en nuestro país, especialmente entre los pobres y negros que viven en las periferias, favelas y cerros, zonas donde se manifiestan las mayores dificultades de la vida cotidiana, desde la falta de empleo hasta la ausencia total del Estado -que, muchas veces, sólo está presente en las acciones genocidas y racistas de sus fuerzas policiales.

La degradación ambiental también se ha profundizado, causando cambios climáticos que causaron catástrofes, como los numerosos delitos ambientales resultantes de la explotación irracional de los recursos naturales, como Brumadinho (MG) en 2019, Barcarena (PA) en 2018, y Mariana (MG) en 2015. Esta lógica también ha tenido un efecto cruel en los pueblos originários -ribereñas, quilombolas e indígenas- cuya autonomía, manejo y posesión de territorios es frecuentemente violada por los madereros, ganaderos y la búsqueda capitalista de la apropiación de tierras como fuente de lucro.

Estamos viviendo, por lo tanto, un avance ultraneoliberal que, además de atacar una serie de derechos históricamente conquistados, está deteriorando rápidamente las condiciones de vida y el medio ambiente, además de endurecer aún más el régimen de dominación para intensificar la explotación de la clase obrera. Después de la elección de Jair Bolsonaro -que sin duda representó un cambio en la correlación de fuerzas políticas en nuestro país-, hay mayores restricciones a las libertades democráticas y mejores condiciones para aplicar un ajuste económico aún más severo. Como se puede ver, la función principal de este gobierno es hacer posible el endurecimiento de las reglas sobre el pueblo – razón por la cual Planalto y el Congreso Nacional siguen decididos a aprobar la Reforma de la Seguridad Social, por ejemplo. Felizmente, la crisis política entre las fracciones que conforman el gobierno, o incluso las revelaciones que implican cada vez más a Flavio Bolsonaro con prácticas ilegales y que lo relacionan con las milicias, comprometen decisivamente los planes del gobierno.

Además, las cifras de la economía corroboran la señal de alerta sobre esta profunda crisis. Brasil se encuentra nuevamente a la orilla de la recesión, las proyecciones publicadas por el Boletín Focus del Banco Central, indican que el crecimiento económico debería ser de 1,49% este año, lo que una vez más reduce las previsiones iniciales del gobierno. Además, en marzo, el desempleo subió al 12,7%, alcanzando los 13,4 millones de brasileños. Junto con el desempleo, se profundiza la congelación de fondos para las áreas sociales, hecho que se ha puesto de manifiesto, por ejemplo, en la crisis sin paradigmas de la educación pública. El hambre y la violencia también han crecido exponencialmente y las grandes ciudades tienen un número cada vez mayor de personas en viviendo en la calle.

Sin duda, la población negra, que se encuentra en la base de la pirámide social, es la más vulnerable en este escenario, porque, poco más de 130 años después de la abolición, el racismo sigue siendo estructural en nuestra sociedad[6]. Para los pueblos ribereños, quilombolas e indígenas, la situación también es alarmante: Bolsonaro dijo varias veces, cuando aún era parlamentario, que las tierras demarcadas contienen riquezas que deben ser explotadas, sin tener en cuenta la garantía de autonomía, gestión y posesión de los territorios de los pueblos originarios. Aun así, se revelan gradualmente algunas maneras para resistir en este escenario. Los días 15 y 30 de mayo, cientos de miles de personas, bajo el liderazgo de los estudiantes del país, salieron a las calles para defender la educación contra los ataques del Ministro de Educación, Abraham Weintraub.

Bolsonaro y sus adeptos han abierto varias contradicciones y frentes de batalla en su propio patio. Es incapaz de presentar una salida efectiva de la crisis económica y su estrategia es intensificar la polarización política, algo que afortunadamente ya está empezando a ser percibido por importantes sectores del pueblo brasileño. Pero para que lo nuevo surja frente a este caos, es necesario fertilizar la historia con mucha resistencia.

3. Las mujeres son un sujeto político estratégico en la actual crisis del capitalismo.

La necesidad de respuestas y soluciones a esta crisis es urgente. Es una tarea de gran magnitud, ya que la situación es regresiva y requiere un cambio profundo, que no tendrá lugar sin una movilización de masas que adquiera fuerza revolucionaria. Sin embargo, por ahora, las alternativas políticas de izquierda no se han consolidado y a la clase obrera en su conjunto le resulta difícil promover una respuesta unitaria, dado el nivel de fragmentación y debilidad del movimiento obrero.

Este es el gran impasse de la nueva situación abierta por la crisis de 2008: el hecho de que los sujetos políticos y las alternativas anticapitalistas de masas no emergen automáticamente de las contradicciones del capitalismo, aunque éstas se han hecho más evidentes y clamorosas. Y el problema es que, para que la lucha del pueblo avance, es necesario que se resuelva la contradicción entre lo objetivo (crisis del capitalismo, el régimen y los partidos) y lo subjetivo (conciencia, sujeto político, organización).

Afortunadamente, no se trata de un proceso homogéneo o inmutable. En los últimos años hemos tenido ejemplos de resistencia democrática y popular, como la de los jóvenes y las mujeres. En estos sectores más activos y dinámicos, el anticapitalismo ha encontrado una adhesión considerable. La marea feminista, en particular, ha abierto un intenso proceso de politización, compromiso y radicalización de las mujeres, además de representar sin duda una de las principales trincheras de resistencia a los gobiernos de extrema derecha y a los planes neoliberales, siendo uno de los únicos movimientos sociales hoy en día con capacidad de articulación y coordinación internacional, que involucra simultáneamente a mujeres en diferentes países.

Como lo atestiguan las feministas marxistas, esto se debe a que, debido a la división sexual del trabajo, las mujeres están a la vanguardia de un papel central para la reproducción de la vida y el capitalismo: además de ser una parte importante del trabajo productivo, llevan a cabo actividades relacionadas con el llamado trabajo reproductivo – trabajo (en su mayoría no remunerado) para preparar alimentos, lavar ropa, procrear, criar niños, fundamental para la reproducción de la fuerza laboral.

En El Capital, Marx mostró cómo la fuerza laboral sostiene el sistema de producción de plusvalía, considerando que la acumulación de capital sólo es posible cuando los trabajadores, en busca de medios de vida, venden su capacidad laboral por un salario. Lo que está ausente en su análisis, sin embargo, es cómo se produce y reproduce esta «mercancía especial», o cómo se saca a la luz y se crea: en la «familia de la clase obrera»[7]. Más específicamente, Marx no señaló que el trabajo de producción de las trabajadoras -que involucra las actividades de procreación y creación- tiene una característica de género, justificada inicialmente por la capacidad biológica de las mujeres y reforzada por un proceso educativo basado en ideologías como el mito del «amor materno», que relega las mujeres a actividades vinculadas a la esfera doméstica. Así, las mujeres en el hogar juegan un papel decisivo en la reproducción cotidiana y generacional de la fuerza de trabajo que necesita la sociedad capitalista.

El problema actual es precisamente que este tipo de actividades vinculadas a la reproducción social es una de las más afectadas en tiempos de crisis. En este escenario, las mujeres -especialmente las trabajadoras y las mujeres negras[8]- han tenido más dificultades para desempeñar este papel que les está asignado socialmente, especialmente porque, además del trabajo reproductivo, también realizan un trabajo productivo y son parte fundamental del mercado laboral en Brasil. La combinación del trabajo reproductivo y productivo, que constituye la doble y triple jornada laboral de las mujeres, hace que éstas no sólo trabajen más que los hombres, sino que sufran aún más por la intensificación y precariedad del trabajo, la reducción de los salarios y la pérdida de los derechos adquiridos históricamente. Al mismo tiempo, se aumenta la conciencia de su condición de opresión, explotación y discriminación, así como su voluntad de luchar.

En este momento, por lo tanto, la tendencia es que este crecimiento de la «conciencia femenina» y de la voluntad de lucha de las mujeres, en curso en Brasil y en el mundo, asuma cada vez más un sentido transformador, activando una subjetividad anticapitalista que consolida a las mujeres como sujeto político decisivo en la lucha contra el sistema, considerando que la crisis de la reproducción social se ha convertido en un aspecto fundamental de la lucha de clases[9]. Porque, a medida que las mujeres buscan poner fin al papel social que se les asigna, muchas de ellas terminan chocando frontalmente con un sistema que les niega estas condiciones, algo que ha llevado a una progresiva conciencia de la relación entre la opresión de la mujer y la lógica de este sistema capitalista.

Este proceso es la apuesta de un feminismo que pretende ser anticapitalista, o sea, un feminismo que entiende que la situación de opresión que vive hoy la mayoría de las mujeres – «pobres y de la clase obrera, de las mujeres racializadas y migrantes, de las mujeres queer, de las mujeres trans y las mujeres con discapacidad» – está profundamente ligada al sistema social que produce esta opresión.[10] Lo que la situación actual refuerza, por lo tanto, es la necesidad de volver a consolidar, dentro de la pluralidad de visiones y corrientes que hoy conforman el movimiento feminista, la importancia de la perspectiva anticapitalista para la lucha por la emancipación de las mujeres, tal y como se presenta en el reciente manifiesto escrito por feministas en Estados Unidos bajo la consigna «feminismo del 99%». Porque un feminismo que logre combinar la lucha de las mujeres con la lucha contra el sistema nunca ha sido tan actual: un feminismo que no separe la lucha por la igualdad de género y la emancipación de las mujeres de la necesidad de superar el racismo, la homofobia, la devastación de la naturaleza y la explotación laboral; un feminismo que entienda que las mujeres son sujetos estratégicos para cambiar el curso de la sociedad, o sea, que crea que la lucha de las mujeres puede y debe cambiar el mundo.

4. De la «conciencia femenina» a la «conciencia socialista”

Como se ha explicado anteriormente, las mujeres (trabajadoras, negras y migrantes) son hoy en día sujetos potencialmente estratégicos en la lucha contra el capitalismo. No son una clase en sí misma (ya que, en gran medida, consideran algunas corrientes feministas), sino una parte considerable y fundamental de la clase obrera -que corresponde a la mitad de la población, que es responsable de dar a luz y cuidar a la otra mitad- que ha sido golpeada por la crisis. Debido a su papel en el mantenimiento de la familia, son ellas las que se sienten más responsables de luchar por la vida. Por eso, en diferentes partes del mundo, son las mujeres las que están en la primera línea de la resistencia, ya sea en movilizaciones o huelgas feministas, en protestas, en luchas comunitarias, en los barrios, en las luchas por territorios. Por eso es tan necesario pensar en estrategias para organizarlas – algo que es objeto de debate hoy en día dentro del movimiento feminista internacional. Después de todo, ¿cómo deben organizarse las mujeres?

En líneas generales, el eclipse de la imaginación socialista y el desencanto con proyectos de transformación social a finales del siglo XX hizo que las acciones y debates del movimiento feminista, y de otros movimientos sociales, pasen a referirse menos a las concepciones clásicas de emancipación social (lucha de clases, explotación, revolución, partido) y más a conceptos como diferencia e identidad cultural. Como dice la filósofa y socióloga feminista Nancy Fraser, las luchas simbólicas y culturales (vinculadas al género, la raza, la sexualidad, la nacionalidad) se convirtieron en una «forma paradigmática de conflicto político»:

«la identidad de grupo prevalece sobre los intereses de clase como el principal medio de movilización política. La dominación cultural sustituye a la explotación como injusticia fundamental. Y el reconocimiento cultural sustituye a la redistribución socioeconómica como remedio a la injusticia y como objetivo de la lucha política.».[11]

O sea, después del fin del «socialismo real», hubo una intensa politización de las diferencias étnicas y culturales, mientras que se produjo una acelerada despolitización de la economía, cada vez menos cuestionada por los movimientos sociales, de modo que «la búsqueda por la igualdad social, que habría guiado las luchas políticas durante casi 150 años, estaría siendo sustituida por la lucha por el reconocimiento de las diferencias, central en los llamados ‘nuevos’ movimientos sociales».[12] En la práctica, esto hizo que el deseo de pertenencia e identidad a un movimiento o grupo se superpusiera a la totalización de perspectivas y a la adhesión a organizaciones políticas tradicionales, como los partidos, entendidos como obsoletos e inadecuados para la organización de la multiplicidad de sujetos que configuran las luchas sociales contemporáneas, y que no encajan en la definición moderna clásica de «proletariado».

Para nosotras, la actual ola feminista muestra caminos para superar la oposición entre la «política de clase» y la «política de identidad» que se apoderó de los conflictos de tipo «pos-socialista» a finales del siglo XX, ya que se plantea la necesidad de que el movimiento feminista hoy en día «se una a otros movimientos anticapitalistas de todo el mundo: movimientos ecologistas, antirracistas, antiimperialistas y LGBTQ+, y sindicatos».[13] Por lo tanto, cada vez es más evidente que las múltiples formas de resistencia basadas en grupos e identidades no serán capaces de dar respuestas efectivas a los problemas por sí solas, y que se necesita una reunificación, que sólo una visión antisistémica puede ofrecer.

Esto significa reconocer la complementariedad dialéctica entre las «políticas de clase» y las «políticas de identidad».[14] En términos teóricos, se trata de entender cómo las formas de opresión tienen realmente un carácter «diversificado pero unificado», ya que están intrínsecamente integradas en un determinado contexto social, que es la vida bajo el sistema capitalista.[15] De esta percepción deriva la defensa de un feminismo que no separa la lucha por el reconocimiento de la lucha por la justicia económica y, en consecuencia, una estrategia política que no cae en una mera suma de opresiones, ni en la defensa de la jerarquización de una única opresión, entendida como una prioridad. El enfoque es ver, de manera dialéctica e histórica, que el género, la raza y la clase integran la reproducción de un todo social -el capitalismo- que, en su forma concreta, está racializado, patriarcal y valora la vida y el trabajo de las personas según sus diferencias.[16] A partir de esta comprensión fundamental, se hace evidente la necesidad de luchar contra el sistema y de construir amplias alianzas entre las luchas antirracista, feminista, sindical, ambientalista, en una visión «combinada y desigual» que respete las diferencias, conectándolas al mismo tiempo a la lógica social que las oprime de diferentes maneras.

5. Unidad de la diversidad para la construcción de una alternativa

Para nosotras, esta visión anticapitalista de la lucha feminista requiere que las mujeres, además de estar organizadas en movimientos, también se dediquen a la construcción de herramientas como el partido. Esto se debe a que la forma de partido, en la perspectiva revolucionaria, permite la organización de los trabajadores para la disputa del proyecto y el poder, y es una «unidad de diversidad», un paraguas y mediador de diferentes experiencias parciales y segmentos sociales que apuntan a la superación del capitalismo, pudiendo acumular lecciones históricas y, por lo tanto, proporcionar una visión totalizadora y estratégica que a menudo carece de la inmediatez y espontaneidad de las acciones de los activistas del movimiento.[17] Como lo define el filósofo Daniel Bensaid, retomando a Lenin, es precisamente «la forma de partido la que nos permite intervenir en el campo político, actuar sobre lo posible, no sufrir pasivamente los flujos y reflujos de la lucha de clases»:

«El Partido es, por lo tanto, el elemento de continuidad en las fluctuaciones de la conciencia colectiva. La historia no es una marcha triunfal de cualquier fuerza tranquila hacia el resultado garantizado de la historia, sino un tejido de luchas, crisis y fracturas. El partido no se limita a aclarar un proceso orgánico y natural de emancipación social. Es un constituyente de las correlaciones de fuerzas, generador de iniciativas, organizador de políticas, no en el futuro simple, sino en el condicional. Es, por decirlo de otra manera, un organizador de diferentes épocas, la condición de un pensamiento estratégico que va más allá del horizonte inmediato de la táctica política cotidiana, paso a paso, rigurosamente sin principios».[18]

Una vez más, no se trata de oponer la organización en partidos a los movimientos, sino de afirmar la necesidad de ambos. En realidad, en la coyuntura actual -en la que el sistema político y las superestructuras partidarias se desacreditan al reproducir la lógica de la corrupción, del profesionalismo y de los privilegios- la concepción que pretendemos es precisamente la de un «partido-movimiento»: un partido que se deja penetrar por las características de los movimientos (por ejemplo, por su dinamismo y sus prácticas de toma de decisiones colectivas), asignado a la acción y en continua transformación, que es una parte activa de los movimientos (que busca influir en las luchas sociales, sin controlarlas).

La construcción de un partido-movimiento, guiado por una política de emancipación, es una herramienta poderosa para la lucha feminista de hoy. Es la forma que permite la alianza y unificación de diferentes movimientos en torno a un proyecto anticapitalista común, con programa y visión estratégica. Esta herramienta crea la posibilidad de una reconexión entre el movimiento feminista y el movimiento obrero, que se perdió al final de la segunda ola y que se revive en el contexto actual de crisis, especialmente desde la construcción de huelgas de mujeres, rescatando un feminismo que reivindica métodos de clase (huelgas, marchas, bloqueos, etc.), actuando en la democratización y renovación del sindicalismo clásico. Además, el partido-movimiento es lo que puede hacer avanzar la conciencia femenina hacia una conciencia socialista, dando horizonte a la lucha por la emancipación de la mujer, entendiendo que ellas sólo estarán libres a partir de un cambio en las relaciones sociales y de poder, así como en la forma en que se organiza el mundo del trabajo, es decir, que la respuesta política a los problemas de la mujer pasa por la construcción y defensa de un nuevo tipo de sociedad.

6. Postular el PSOL como una alternativa para las mujeres y el 99% y pasar a la primera línea de resistencia.

Por eso debemos seguir reforzando el PSOL. Las mujeres ya han demostrado la fuerza y la voluntad de resistir en Brasil, pero también es necesario presentar y construir una alternativa -una que no sólo dé voz a las mujeres, sino que también sea parte de un nuevo proyecto de país- anticapitalista y anti régimen. El ambiente social en el que vivimos, especialmente desde 2008, ha reavivado la acción de los movimientos sociales y la búsqueda de perspectivas antisistémicas, especialmente entre una nueva generación de activistas. Hay que apostar por el potencial de estas movilizaciones para que avancen en la construcción de una alternativa política de masas.

Por eso, como mujeres del partido, debemos buscar aliarnos con los otros movimientos de resistencia, participando activamente en las batallas contra la explotación del trabajo, en la lucha antirracista, antilgbtfóbica, antiimperialista, ambientalista y contra la corrupción, entre otras. Nuestro objetivo, además de construir esta amplia alianza para resistir los ataques más graves, debe ser también «dividir al bloque populista reaccionario: separar a las comunidades obreras de las fuerzas que promueven el militarismo, la xenofobia y el etnonacionalismo, que, presentándose como defensores del ‘hombre común’, son criptoneoliberales», como señalan las autoras del manifiesto «Feminismo del 99%».

En este sentido, identificamos los siguientes retos programáticos y políticos:

a) Fortalecer el feminismo como vanguardia de resistencia al bolsonarismo y la construcción de una alternativa política de izquierda anticapitalista que presente una perspectiva de transformación estratégica para el país;

b) Justicia para Marielle: luchar por la revelación de quién estaba a cargo de su asesinato y la motivación del crimen;

c) Continuar con la Primavera Feminista en las calles y en los palacios: apostar por la movilización de las mujeres como método principal y por el fortalecimiento de figuras femeninas, feministas y combativas que amplifiquen nuestras luchas en las casas de poder y propaguen nuestro programa;

d) Interrumpir a todas y cada una de las políticas que atentan directamente contra la vida de las mujeres brasileñas, especialmente las mujeres negras, pobres e indígenas, como es el caso de la actual propuesta de la Reforma de la Seguridad Social;

e) Ni una menos: luchar por la vida de las mujeres;

f) Nuestros cuerpos, nuestras reglas: por el derecho al cuerpo y a la sexualidad;

g) Por la vida de las mujeres indígenas y quilombolas: demarcación de tierras y reconocimiento de territorios;

h) Nuestra arma es la educación: todo el apoyo a los estudiantes secundarios, universitarios, profesores, investigadores y trabajadores de la educación;

i) Mujeres del mundo, uníos: fortalecer la articulación de la lucha de las mujeres de todo el mundo en torno a una Internacional Feminista.

Estas son nuestras propuestas iniciales para la elaboración de un programa capaz de recoger la energía cuestionadora del movimiento feminista en Brasil. Sabemos que no expresan la totalidad de las banderas abrazadas por la realidad de las mujeres de aquí, pero es nuestro punto de partida para este debate. Las mujeres pueden y deben ser y organizar la resistencia al bolsonarismo. La lucha contra el patriarcado se combina con la necesidad de construir una sociedad completamente nueva, «un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres» – como dijo Rosa Luxemburgo. Vamos juntas en esta construcción! Viva el feminismo y la lucha anticapitalista!


NOTAS

[1] Pinheiro-Machado, Rosana. La extrema derecha ganó. Las feministas, las antirracistas y lo LGBTs también. The Intercept, 2019. Disponible en: https://theintercept.com/2019/01/08/extrema-direita-feministas-antirracistas-lgbts/
[2] Robaina, R. Giro histórico en la situación mundial. Revista Movimento, 2009. Disponible en: https://movimentorevista.com.br/2018/09/um-giro-historico-na-situacao-mundial/
[3] Para mayor profundidad en el concepto, consultar “Para una crítica de las crisis del capitalismo”, de Nancy Fraser. Disponible en: https://periodicos.fclar.unesp.br/perspectivas/article/view/10986
[4] “En pocas palabras, se refiere a las actividades y el trabajo que implica la reproducción biológica, cotidiana y generacional, de la fuerza de trabajo. Pero seamos claros: reproducir la fuerza de trabajo significa reproducir las personas y la vida. Esto no se limita a la mera subsistencia o las necesidades de supervivencia, sino también a la satisfacción de necesidades más complejas y la reproducción de habilidades que contribuyen a convertir la fuerza de trabajo en esa mercancía especial que se puede vender en el mercado capitalista. Estamos, por tanto, hablando de la socialización de los niños, de la educación, pero también de la sanidad y los servicios sociales.”(Arruzza, Cinzia. «El feminismo del 99% es la alternativa anticapitalista al feminismo liberal». Viento Sur, 2018. Disponible en:

https://vientosur.info/spip.php?article14120).
[5] HARVEY, David. El Nuevo Imperialismo. 2003.
[6] La Ley Áurea no garantizó la escolarización, el territorio y el trabajo de los negros esclavizados hasta entonces. Sin derechos, los antiguos esclavos se vieron obligados a someterse a las relaciones laborales más precarias, sin ninguna posibilidad de ascensión. Tras la abolición formal de la esclavitud, se institucionalizó una política de exterminio de los pueblos negros, basada en la criminalización (en la que se prohibía la clandestinidad de las prácticas, cultos y rituales), el encarcelamiento bajo cualquier pretexto (mendicidad, vagabundeo, capoeiragem, malandragia, curanderismo), así como el fomento de la inmigración de blancos, justificada por la hegemonía de un pensamiento racista, supuestamente «científico», que identificaba a los descendientes de los africanos como «raza inferior». Con la inmigración blanca, los descendientes de africanos fueron expulsados de sus territorios en el campo y se establecieron en las periferias de los centros urbanos de las ciudades más grandes del país, reconstruyendo una vez más nuevos territorios negros. Así pues, la condición de los negros es diferente de la de los trabajadores inmigrantes que, incluso con jornadas de trabajo difíciles y condiciones precarias, tienen garantizado el derecho a la propiedad de la tierra y a mejores empleos.

.
[7] Vogel, L. Marxism and Women Opression: Toward a Unitary Theory. Boston: Brill, 2013.
[8] El trabajo doméstico tiene un fuerte carácter clasista y racial: en el caso de Brasil, debido a su herencia colonial, son principalmente las mujeres negras las responsables de este trabajo. Así, la actividad de cuidado y responsabilidad por la vida es común a las mujeres, pero tiene un impacto mucho mayor en las mujeres de la clase obrera y, especialmente, en las mujeres negras. A lo largo de la historia, ésta ha sido una de las principales formas en que estas mujeres se han insertado en el mercado de trabajo en Brasil: se les ha reservado el trabajo de servir a sus familias, realizando tareas que no encajaban con las “sinhás”, como el manejo de la tierra, además del trabajo manual, que siempre es muy impopular en el campo y en la ciudad. Así, las mujeres negras siempre han trabajado fuera del hogar (incluso fuera de su territorio), teniendo un viaje que incluía el hogar de sus empleadores y el suyo propio. Esta situación es diferente, por lo tanto, de la situación de las mujeres blancas: aunque, para ambas, el trabajo reproductivo nunca ha sido debidamente reconocido y protegido por el Estado, para las mujeres negras es aún más violento. Un ejemplo de ello son los trabajadores domésticos, que no alcanzaron la regulación laboral hasta 2013. Explotadas desde la infancia con la promesa de mejorar las condiciones de vida, subordinadas al trabajo infantil doméstico, las mujeres negras han servido a las familias desde la antigüedad y, lamentablemente, fueron ellas las que hicieron posible que otras mujeres estudiaran y obtuvieron un trabajo fuera del hogar.
[9] Cámara, J. Sujeito político e estratégia no movimento de mulheres. Revista Movimento, 2019. Disponível em: https://movimentorevista.com.br/2019/03/sujeito-politico-e-estrategia-no-movimento-de-mulheres/
[10] Arruzza; Bhattacharya; Fraser, Feminismo para el 99%, p. 41.
[11] Fraser, N. Da redistribuição ao reconhecimento? Dilemas da justiça numa era “pós-socialista”. Cadernos de campo, v. 15, n. 14-15, 2006. En palabras de Arruzza, «La separación del movimiento obrero de los movimientos sociales fue acompañada por la eliminación de toda crítica a las relaciones de producción, que fueron reemplazadas por relaciones de poder y dominación en la estela de las tendencias postmodernas, particularmente inspiradas por las ideas de Foucault. En consecuencia, tendían a concentrarse exclusivamente en las instituciones que garantizan y mantienen el sistema de roles sexuales: matrimonio, familia, prostitución y heteronormatividad». (Arruzza, Cinzia. Dangerous Liaisons: the marriages and divorces of Marxism and Feminism. Wales: Merlin Press, 2013, p. 107).
[12] Bressiani, Nathalie. Redistribuição e reconhecimento – Nancy Fraser entre Jurgen Habermas e Axel Honneth. Cad. CRH, vol. 24, n. 62, 2011. Disponible en: http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0103-49792011000200007
[13]Arruzza; Bhattacharya; Fraser, Feminismo del 99%, p. 34 y 93.
[14] Marcelino, G. H. Marxismo e lutas setoriais: reconectando a relação entre as partes e o todo. Revista Movimento, 2016. Disponible en: https://movimentorevista.com.br/2016/07/marxismo-materialismo-dialetica-feminismo-lgbt/.
[15] Ferguson, S. Feminismo interseccional e da reprodução social: rumo a uma ontologia integrativa. Cadernos CEMARX, n. 10, 2017, p. 15.
[16] Para utilizar los términos de Nancy Fraser, esto equivaldría a restablecer una relación entre las demandas basadas en la «redistribución» y las basadas en el «reconocimiento», es decir, el doble sesgo -económico y cultural- de la opresión. En el caso de la opresión de las mujeres, implica tanto su trabajo productivo y reproductivo como la discriminación y las formas de violencia a las que están sometidas. Así, la emancipación de las mujeres requeriría dos tipos de respuesta: la justicia redistributiva y el reconocimiento..
[17] Robaina, R. Faz sentido um partido político socialista? Revista Movimento, 2017. Disponible en: https://movimentorevista.com.br/2017/10/faz-sentido-um-partido-politico-socialista-roberto-robaina/
[18] Bensaid, D. Lenin, ou a política do tempo partido. Revista Movimento, 2017. Disponível em: https://movimentorevista.com.br/2017/10/lenin-ou-a-politica-do-tempo-partido-daniel-bensaid/

Una nueva página para apoyar y construir nuevas alternativas en Latinoamérica y en el mundo, defendiendo el poder de los trabajadores y el pueblo contra el 1% de ricos y privilegiados, y una sociedad sin explotación.

Secretaría de redacción

  • Pedro Fuentes
  • Bernardo Corrêa
  • Charles Rosa
  • Clara Baeder