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¿Por qué fracasó la revolución de 1979? ¿Por qué tenemos una nueva dictadura?

Este 19 de julio se cumplieron 40 años de la victoria revolucionaria del pueblo de Nicaragua contra la dictadura de Somoza. Nadie puede cuestionar el papel de los comandantes y de la guerrilla sandinista en aquel momento, pero no fue la guerrilla la que, por si sola, derrotó al somocismo, sino que fue producto de una verdadera insurrección popular.

El triunfo revolucionario de 1979 en Nicaragua creo condiciones favorables para el desarrollo de la revolución en Centroamérica, pero en menos de una década el imperialismo norteamericano logró recuperar el control, con una estrategia que combinaba la agresión y la intervención militar con las negociaciones tramposas, primero con el Grupo de Contadora y después resucitando las cumbres de presidentes centroamericanos en Esquipulas II en 1987. El resto de la historia ya lo conocemos: la guerrilla del FMLN en 1992 y de la URNG en 1996 entregaron las armas y se convirtieron en partidos políticos. Un nuevo orden semicolonial se estableció en Centroamérica, después de más de 25 años, volvió a entrar en crisis.

¿Por qué fue derrotada la revolución nicaragüense? Por una combinación de factores, entre los que podemos mencionar: la agresión militar del imperialismo norteamericano en el plano internacional, y los fatales errores políticos de los comandantes sandinistas a lo interno de Nicaragua. Entre estos errores podemos mencionar los más importantes: no convocaron a elecciones democráticas inmediatamente después del triunfo de la insurrección popular, la reforma agraria no entregó títulos de propiedad a los campesinos, antes las dificultades económicas mantuvieron una política de precios que esquilmaba a las masas campesinas, especialmente a los sectores más pobres. No comprendieron la identidad particular de los indígenas de la costa Caribe. En vez de instaurar un régimen democrático, concentraron el poder en manos de la Dirección Nacional del FSLN, estableciendo en los hechos un régimen de partido único.

Las expropiaciones injustificadas de los campesinos opositores provocaron una verdadera revuelta campesina. La guerra de desgaste que impulso Ronald Regan se montó sobre estas condiciones favorables, y el ejército de la contra llegó a convertirse en una poderosa fuerza militar que se nutría de las masas campesinas e indígenas. La revolución fracasó porque la mayoría de las masas populares habían perdido la confianza política en el FSLN. En realidad, antes de la derrota electoral de 1990, el FSLN ya había dejado de ser un partido revolucionario.

Inmediatamente después, por medio de la “piñata” una parte de los comandantes se convirtieron en los nuevos ricos, dueños de tierras y de negocios. El fracaso de la revolución parió un nuevo sujeto social: la burguesía sandinista, ligada directamente a la alta oficialidad del Ejercito y de la Policía Nacional. El FSLN tuvo una pierna dentro del aparato del Estado y otra pierna en la oposición.

El FSLN continuó usando el discurso revolucionario para mantener cohesionada a su base social, que le garantiza un caudal de votos que nunca superó el 40%. Las luchas populares fueron desviadas para ejercer presión sobre los gobiernos de turno, provocando una nueva desilusión.

Dentro de la dirigencia sandinista se operó un proceso de centralización del control de aparato del FSLN en manos de Daniel Ortega, quien, en una serie de pasos y movidas, logró convertirse en el máximo dirigente, desplazando a un papel secundario a Tomas Borge. Aprovechando las contradicciones, hábilmente Daniel Ortega logró arrodillar a Arnoldo Alemán, relativizó el requisito para una segunda vuelta electoral, dividió al liberalismo y de esta manera pudo ganar las elecciones del 2006 con el 38% de los votos.

Al retomar el control del gobierno en el 2007, se inició un acelerado proceso de centralización del poder que terminó sentando las bases de una nueva dictadura, basada en la familia Ortega-Murillo que ya era un importante grupo económico. Los nuevos grupos económicos que acababan se surgir, necesitaban nutrirse, acumular mas capital, y eso solo podían hacerlo controlando de manera totalitaria el aparato del Estado. En el surgimiento de esta nueva dictadura dinástica, los otros grupos económicos colaboraron por omisión, porque ellos también fueron beneficiados por el flujo de petrodólares del acuerdo petrolero con Venezuela.

La insurrección espontanea de abril y mayo del 2018, destapó esta realidad y desnudó la naturaleza de la nueva burguesía sandinista, que no vaciló un instante en masacrar a los estudiantes y al pueblo que los apoyaba.

La historia ha dado un brinco y una voltereta hacia atrás. 40 años después del derrocamiento de Somoza, el pueblo de Nicaragua sigue luchando contra otra feroz dictadura militar.

Una nueva página para apoyar y construir nuevas alternativas en Latinoamérica y en el mundo, defendiendo el poder de los trabajadores y el pueblo contra el 1% de ricos y privilegiados, y una sociedad sin explotación.

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