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CHILE: EL PARAISO NEOLIBERAL EN LLAMAS

“Cuchara de palo frente a tus balazos

y al toque de queda… Cacerolazo”

(Ana Tijoux[1])

Llegué a Santiago el 23 de octubre de 2019, en la mañana en que comenzó la Huelga General que fue convocada después de las protestas que habían estallado espontáneamente algunos días antes. La ciudad olía a gas lacrimógeno de los combates de la noche anterior. Las cenizas de las barricadas aún cerraban muchas avenidas importantes y el golpeteo de las cacerolas anunciaba el amanecer. A pesar del toque de queda y de la represión, los jóvenes no abandonaban las calles y el sonido de las cacerolas, aunque discretas, dentro de la casas como fue en el período de la dictadura, marcaba el ritmo de los combates.

Ya había estado en Santiago otras veces, pero nunca me saldrá de la memoria el plá… plá…plá, plá ,plá… de las cacerolas y de las palmas en las calles, el fuego de las barricadas, el humo, el olor a gas lacrimógeno, los enfrentamientos con los “pacos” y los “milicos”, paredes que hablaban dando poderosos mensajes y el coraje del pueblo que gritaba ¡Chile despertó! enfrentando un Estado de Emergencia que impedía a la gente reunirse, andar por las calles. Se juntaban en los parques y esquinas. Andar en la calle era un acto de rebeldía, reunirse cuando la ley es resignarse, tomar la historia en las propias manos, cuando la orden es cuidar de sí mismo.

Una vivencia inolvidable de los días de insurrección. Desde ahora, ésa es la imagen que mi memoria guarda de Santiago, “La hermosa plaza liberada”, como cantó Pablo Milanés, en el día de la marcha más grande de la historia de Chile.

Consciente de mi insuficiencia para relatar un momento histórico tan importante – al final, grandes pasiones y revoluciones son indescriptibles -, entre muchas entrevistas, manifestaciones y reuniones conseguí captar algunas impresiones que me esfuerzo para desarrollar en este informe. Espero que sea útil, especialmente para la solidaridad activa con el pueblo chileno y su lucha para derrotar el modelo neoliberal y sus lacayos en nuestra Patria Grande. Los vientos andinos, temprano o tarde, llegarán aquí, a los trópicos. Y las balas que nos dispararon van a volver.

El paraíso que para los pobres es un infierno

Chile fue el primer país del mundo que experimentó la receta amarga del neoliberalismo. No fue escogida democráticamente por su pueblo, fue literalmente impuesta a la fuerza, antes de Thatcher y Reagan por la dictadura sanguinaria de Augusto Pinochet que se implantó por medio de un golpe de Estado en 1973, que derrocó el gobierno de izquierda de Salvador Allende y asesinó una generación entera de combatientes. A mando de los intereses imperialistas, empezó a implementar un modelo en el cual todo y cualquier derecho social fue convertido en mera mercancía.

El modelo chileno constituyó el individuo privatizado, siendo condecorado por los apologistas del capital como paraíso latinoamericano para sus negocios. El “oasis neoliberal” de América Latina es un país en el cual el Estado subsidiario chileno apenas concede parcos derechos públicos a sus ciudadanos mientras concede más y más privilegios a los grandes empresarios. El modelo de las administradoras de Fondo de Pensión (AFPs), que provoca que 80% de los ancianos ganen menos de un salario mínimo de jubilación después de su vida laboral, es uno de los indicadores más dramáticos de este modelo que pone, en cualquier circunstancia, el lucro por encima de la vida.

El país andino fue uno de los más afectados por la crisis de 1929. Entre 1938 a 1974, desarrolló un modelo de Estado de Bien Estar Social, llegando a su ápice durante el gobierno de Salvador Allende que, por medio del proceso electoral, postulaba una vía pacífica al socialismo, notoriamente fracasada más por ser pacífica que por ser socialista.

Después el golpe militar, hubo un cambio drástico de este modelo y, de 1974 a 1990 (el tiempo que duró la dictadura), el país asumió el neoliberalismo reduciendo gastos fiscales, privatizando los servicios públicos básicos y fomentando la inversión extranjera directa. En los últimos 30 años – después de la transición a la democracia e incluso pasando por los gobiernos de centroizquierda de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet – el modelo fue profundizándose. Se intensificaron las privatizaciones y la condición dependiente de capitales externos. Fueron privatizadas la salud, la educación, el agua, la energía eléctrica, las carreteras…

Especialmente desde 2006, con la Rebelión de los Pingüinos [2], las nuevas generaciones pasaron a combatir los resultados brutales del modelo. En 2005, había sido aprobado que los estudiantes financiasen sus estudios universitarios con créditos privados (bancos) y las altas tasas de interés provocaron que una inmensa cantidad de estudiantes formados comenzaran su vida laboral extremadamente endeudados, llevando el endeudamiento de las familias a niveles impagables.

En 2011[3], en el segundo gobierno de Bachelet, fue la vez de los universitarios, protagonizaron un verdadero levante estudiantil que planteaba la demanda de la gratuidad de la enseñanza superior. Para que esta demanda fuese atendida, sería necesaria una reforma tributaria que no fue aprobada por el Congreso. A pesar de que las manifestaciones han transformado en ley el fin de las ganancias en la educación y de la selección en las universidades privadas que recibían aportes financieros del Estado, en la práctica eso no ocurrió.

En 2018, el movimiento feminista chileno, encabezado por la Coordinadora 8M organizó una de las más grandes manifestaciones colectivas de las mujeres contra la violencia doméstica, la precarización del trabajo femenino y por el respeto a la vida de las mujeres. Siguió, desde entonces, el descontento y la percepción cada vez mayor por parte de la población de una de las principales consecuencias del modelo neoliberal: la desigualdad social.

De acuerdo con datos de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), en la cual Chile fue la primera nación latinoamericana a ingresar en 2010, hoy el país encabeza el ranking de los más desiguales entre las principales economías del mundo. Se suma al descontento económico, un profundo malestar con lo que los manifestantes han llamado de democracia lacrimógena. O sea, un proceso de transición que conservó muchos resquicios de la dictadura, especialmente en lo que se refiere a la Constitución del país que, a pesar de alterada en los últimos 30 años, sigue siendo la misma de Pinochet. Como legado, también quedó la represión, pues los Carabineros (los pacos, como los llaman los jóvenes) actúan frente a las protestas con una brutalidad que, realmente, traen a la memoria los años de plomo.

Frente a tal escenario, un profundo malestar político y económico necesitaba apenas de una chispa para incendiar el paraíso de los neoliberales en América Latina. El cambio en la correlación de fuerzas en el continente, particularmente marcado por la insurrección indígena y popular en Ecuador, hizo con que el aumento de 30 pesos en el metro de Santiago fuese la gota de agua que desbordó el vaso de la indignación contra los abusos de los empresarios, de los políticos y de las fuerzas policiales en los últimos 30 años. Por eso, una de las principales consignas que figuran en los muros de Santiago y en las marchas por todo Chile es “No son 30 pesos, son 30 años” de abusos. Definitivamente, este modelo llegó a su fin.

El malestar entra en acción, de la decepción a la insurrección

Como toda rebelión espontánea, ésta también estaba fuera del radar de los analistas políticos, tanto de izquierda como de derecha. Pero, como fue Junio de 2013 en Brasil o los Indignados del Estado español en 2011, el hecho de que no era perceptible, no significaba que fuese inexplicable. Ya en las elecciones pasadas, en la que Sebastián Piñera fue electo, menos del 50% de los chilenos comparecieron para votar y una fuerza política nueva, heredera de las movilizaciones de 2006 y 2011 como el Frente Amplio (FA), desde un discurso anti-modelo encabezada por Beatriz Sánchez, llegó a obtener el 20% de los votos, eligiendo una importante bancada parlamentaria y quebrando el tradicional duopolio de los partidos tradicionales chilenos que sostuvieron hasta entonces el establishment.

Cuando mucho, el hecho de no haber sido previsto los acontecimientos, muestra la incapacidad de las elites políticas e intelectuales en anticiparse a los acontecimientos, quizá porque estén demasiado distantes de lo cotidiano popular, o quizá porque lo inevitable, en términos históricos, es casi siempre impredecible, para parafrasear a León Trotsky.

La primera dama, Cecilia Morel, en un audio trascendido, llegó a afirmar que “Estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena, no sé cómo se dice. Por favor, mantengamos nosotros La calma, llamemos a la gente de buena voluntad, aprovechen para racionar las comidas y vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”. Lo que obviamente reforzó la distancia entre la casta política y el pueblo y transformó la condición “alienígena” en una de las principales ironías estéticas de las protestas.

A pesar de la perplejidad, no es casual que los pronunciamientos más conectados con las calles son los del FA, especialmente de su ala izquierda, con destaque para el nuevo partido Convergencia Social que dirige la municipalidad de Valparaíso con Jorge Sharp. La bancada de la Convergencia – Gael Yeomans, Gonzalo Winter, Diego Ibáñez y Gabriel Boric – en medio de las protestas pusieron en el orden del día la baja del salario de los diputados (que al fin fue aprobada), propagaron la necesidad de una nueva Asamblea Constituyente y fueron los primeros a ponerse a disposición para acusar constitucionalmente al Presidente Piñera y su ministro del Interior, Andrés Chadwick, por las graves violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante las jornadas de lucha.

Evidentemente, este malestar con el modelo no es una particularidad de Chile, es de todo el Continente. El último Latinobarómetro[4] ya apuntaba en esa dirección. Para 75% de las personas de América Latina, hay una percepción de que se gobierna para pocos y que los gobiernos no defienden los intereses de la mayoría. Según el estudio, apenas 5% consideran que existe democracia plena; 25% creen que hay pequeños problemas; 45%, grandes problemas; y 12% creen que no se puede llamar de democracia lo que se ve hoy en día. Además, el promedio de quien considera democrática a América Latina es de 5,4 en una escala de 1 a 10.

Algunos días antes de estallar la protesta social, el (aún) presidente Piñera había declarado que Chile era “un oasis adentro de una América Latina convulsionada”. Una verdadera profecía al revés. Después del anuncio del aumento del precio del metro en Santiago, la revuelta que fue iniciada una vez más por los jóvenes, contagió al pueblo del país entero. Contra la brutal represión y la instauración del Estado de Emergencia, los cacerolazos rompieron el silencio en solidaridad a los jóvenes en lucha e iniciaron una gran jornada de luchas que se extiende hasta la finalización de este informe. Los portuarios de Valparaíso y otros sectores de la clase trabajadora como los maestros, limpiadores y mineros pasaron también a la actividad (a pesar de la vacilación de la Central Única de los Trabajadores, CUT, dirigida por el Partido Comunista Chileno). El país vivió días de saqueos, incendios de autobuses y trenes, barricadas de resistencia y de grandes manifestaciones de masas.

Piñera, después de haber declarado que estaba “en guerra” con los manifestantes, y ya pasados dos días de protesta, revocó el aumento del metro. Ya era tarde, la decepción se convirtió en insurrección. El presidente entonces llamó a un almuerzo de “negociación” en el Palacio de La Moneda y, ante la negativa de la oposición de negociar bajo Estado de Emergencia y toque de queda anunció un conjunto de “propuestas” que hacían algunas concesiones al movimiento de masas, sin romper con el carácter subsidiario del modelo chileno, en el cual para los de abajo ganan poco y los de arriba son premiados con mucho. Tampoco convenció.

La Huelga General (23) fue un día de grandes movilizaciones en el país y de grandes enfrentamientos por la noche. Al día siguiente, Chile vio la mayor manifestación en las calles desde el fin de la dictadura, la “Marcha más grande de Chile” contó con millones de ciudadanos ocupando las calles del país, exigiendo, entre otras cosas, la salida de Piñera y la convocación a una Asamblea Constituyente.

Como es recurrente en situaciones similares, el discurso de Piñera y de la prensa oficial pasaron entonces a separar los “vándalos” de los manifestantes pacíficos, diciendo estar atentos a la voz de las calles y mostrando imágenes de policías confraternizando con el pueblo insurrecto. Mientras tanto, a la vez que transmitía en vivo su manifestación en cadena nacional, llamando a la unidad de los chilenos y vomitando demagogia, las movilizaciones en Valparaíso fueron tan fuertes y radicalizadas, que el Congreso Nacional, con sede en esa ciudad, fue obligado a ser evacuado por miedo a que los manifestantes ocupasen la casa que a la que tienen derecho.

El gobierno, ya acorralado y con miedo de la llegada de la misión oficial de la ONU, el domingo (27), suspendió el toque de queda en muchas regiones del país. Piñera, a su vez, exigió que todos los Ministros pusieran sus cargos a disposición. El lunes (28) levantó el Estado de Emergencia, cambiando ocho ministros de áreas estratégicas como, por ejemplo, su brazo derecho, el Ministro del Interior Andrés Chadwick, la portavoz de la presidencia Cecilia Pérez y el Ministro de Hacienda Felipe Larraín. Aún así, la situación no se estabilizó y se registraron, en el mismo lunes, enfrentamientos fuertes y más heridos.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), en menos de diez días de jornada (al 24/10) ya había 2.840 detenidos, cerca de 20 muertos y más de 25 denuncias de abusos sexuales de niñas en las comisarías, además de una gran cantidad de personas heridas, casi 300 por armas de fuego y 270 que perdieron la visión, fueron alcanzadas por bombas de gas lacrimógeno, balas de goma, etc. Lo que plantea para todas las organizaciones solidarias con la lucha del pueblo chileno la tarea de accionar los organismos locales e internacionales para denunciar y parar la brutal represión del gobierno Piñera y sus pacos, milicos y gobiernos corruptos que se esconden detrás de la represión y de la impunidad.

Para no concluir… ¡el futuro pide coraje!

Las movilizaciones de Chile, más allá de fortalecer nuestra fe en la Revolución Social, trae muchos elementos para pensar el porvenir de América Latina. Las primeras cuestiones más aparentes remeten a lo simbólico. El hecho de que la bandera Mapuche sea uno de los principales símbolos de las manifestaciones nos trae las raíces de nuestro continente, el legado y el ejemplo de sus pueblos originarios víctimas del genocidio europeo en un país que fue embriagado a la fuerza por el neoliberalismo.

Desde el punto de vista político, la rebelión, que sigue el camino de las movilizaciones peruanas, de la insurrección indígena y popular de Ecuador, de la insurrección haitiana, portorriqueña y del levante de los jóvenes panameños, de los procesos electorales en los que la derecha neoliberal sufrió importantes reveses como en Colombia, en Bolivia y en Argentina, también plantea una situación en la que el escenario se presenta con muchas más dificultades para la derecha reaccionaria encabezada por Trump y Bolsonaro, que corren el riesgo de estar cada vez más aislados.

Desde el punto de vista social, hay un movimiento de reorganización y aglutinación de los movimientos ya existentes. Traen al escenario de indignación, elementos programáticos y experiencias que se expresan en cabildos, asambleas de barrios, organizaciones de jóvenes y feministas, que dan contenido político al levante popular y que incrementan un cambio más profundo en el régimen político. Alimentan posibilidades de un desenlace institucional que transita de lo aparentemente ilegal a lo realmente legítimo. Muy próximo a la experiencia del Argentinazo traen el protagonismo de los vecinos y movimientos ya constituidos como depositarios del poder popular. El gobierno Piñera está en la cuerda floja entre su supervivencia y la respuesta al levante. Difícilmente podrá optar fácilmente por la segunda opción. Por lo que se debe apostar es por el desarrollo de las tendencias de doble poder que, a pesar de ser embrionarias, es la única forma de romper la crisis de representatividad de nuestros tiempos.

Hay nuevos movimientos sociales y políticos que surgen de la lucha de las mujeres, de los jóvenes, de los indígenas, de los negros, de las LGBTs, de los oprimidos y de los trabajadores. Lo que está ocurriendo muestra que hay posibilidades de abrir un nuevo ciclo que sitúa al movimiento de masas en una posición más ofensiva frente al imperialismo. Este nuevo momento necesita superar los errores y traiciones de los gobiernos bolivarianos y social-liberales. Las tareas que pueden responder a la nueva correlación de fuerzas de América Latina se refieren a cuestiones democráticas, de combate al autoritarismo de los gobiernos y por las libertades civiles, realizando las unidades de acción necesarias para eso, pero también de orden programática, en defensa del medio ambiente y de los pueblos originarios contra el extractivismo predador por la independencia de nuestros países de las amarras de la finacierización y contra la desigualdad social producida por el neoliberalismo, poniendo en el centro de este programa la consigna de que los ricos paguen por la crisis que crearon.

Por otro lado, la crisis económica no da señales de recuperación, mostrando que la receta neoliberal por más propagandizada que sea como solución, no pasa de un veneno para el enfermo que necesita remedios y no los tiene. No se trata de cuanto peor mejor, pero de una conciencia cada vez más extendida en el movimiento de masas de que la salida vendrá de nuestra propia fuerza en acción. Cualquier salida posible para la grave crisis que vivimos será producto de nuestra actividad independiente del modelo neoliberal y del Estado burgués montado para reproducir nuestra condición de explotados y la condición dependiente de nuestros países con relación a los imperialismos, sean ellos yanqui, chino o europeo.

Nuevos partidos, como el Nuevo Perú, Convergencia Social en Chile, DSA en Estados Unidos o PSOL en Brasil, son herramientas para la construcción de un modelo en el que el pueblo controle la política y la economía. Necesitamos apostar en el desarrollo de esos nuevos movimientos políticos y de los nuevos movimientos sociales que son legatarios de la nueva ola de rebeliones. Lo nuevo siempre viene y debemos colocar todas nuestras fuerzas al servicio de superar el pasado, que es una ropa que ya no nos sirve.

Bernardo Corrêa

[1] Ana Tijoux é uma cantora franco-chilena conhecida por tratar de temas como pós-colonialismo, feminismo, ambientalismo y justicia social em suas letras. Compuso esta canción especialmente para lãs protestas recientes de 2019. Ver: https://www.youtube.com/watch?v=tVaTuVNN7Zs

[2] Se llamaba pingüinos a los estudiantes secundarios que en aquel momento tomaron las calles y ocuparon sus escuelas, en defensa de una educación pública, gratuita y universal. El apodo tiene su origen en sus uniformes escolares, que evocan las plumas de los pingüinos.

[3] Más informaciones en: https://www.sul21.com.br/postsrascunho/2011/08/brasileiros-relatam-crescimento-de-protestos-e-repressao-no-chile/

[4] http://www.latinobarometro.org/lat.jsp

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