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FUENTE: ARAINFO – 07/03

En 1929 le preguntaron a la escritora británica Virginia Woolf por qué había tan pocas mujeres novelistas de éxito. ¿Qué era lo que necesitaba una mujer para poder escribir novelas? El entrevistador esperaba, sin duda, una respuesta de tipo emocional o psicologizante, al estilo de “sensibilidad artística” o “personalidad creativa”. El resultado fue, por el contrario, radicalmente materialista. ‘Un cuarto propio’ (con llave y cerrojo, precisa la autora) es todavía hoy uno de los clásicos de la literatura feminista y un texto clave para pensar la autonomía personal de las mujeres y nuestra capacidad de aportar intelectualmente. Tener un cuarto propio significa autonomía, no dependencia, construcción de un espacio con lógicas que no son más las ajenas e impuestas. Tener llave y cerrojo significa, además, el derecho a dar o no permiso de entrada, intimidad personal y la posibilidad de vivir en base a los ritmos y los tiempos que una misma decide. Autonomía, independencia, control de los tiempos: precondiciones necesarias para todo proyecto de éxito.

En el lodazal resbaladizo de los acercamientos políticos, 2019 ha sido el año en que todo el mundo quería ser feminista. Eso está bien, en parte. Las luchas no deberían ser jamás una etiqueta estética con la que vanagloriarnos de nuestra supuesta pureza (¿ideológica?, ¿de actos?) propia de grupo elegido, como premio de consolación ante la incapacidad de trascender socialmente. Si el sujeto no se construye y reconstruye constantemente a través de la experiencia colectiva es que se trata de un sujeto muerto, incapaz de portar ya ninguna esperanza emancipatoria en su seno. No es el caso del feminismo, por suerte. El problema no es que todo el mundo quiera ser feminista, sino los intentos de sustitución que, con mayor o menor descaro y mejores o peores intenciones, estamos viendo durante los últimos meses.

Las Luis XIV del feminismo (“el Feminismo soy yo”) deberían lavarse la boca antes de atreverse siquiera a plantear semejante retórica ególatra. Quienes, por otro lado, se quieren aliadas y buscan ver respaldada su práctica política diaria por las activistas, pecan a menudo de no querer asumir la diferenciación de espacios. Unas y otras, por diferentes vías, dificultan o anulan la autonomía, la independencia y el control de los tiempos del movimiento – precondiciones necesarias para todo proyecto de éxito, sea individual… o colectivo.

A escasos días del próximo 8 de marzo y con un panorama muy diferente al que abrió en 2017 la primera Huelga Feminista, necesitamos ser capaces de imaginar e impulsar un movimiento feminista que defienda con uñas y dientes su cuarto propio. O, si pensamos en términos movilizadores: que construya y ponga en práctica una agenda propia.

¿Cuáles son los problemas de las mujeres? Ofensiva feminista contra el expolio de nuestras vidas

La potencia acumulada por el movimiento feminista en diferentes lugares del mundo durante los últimos años no se explica por una simple apelación identitaria. Hay un factor de hermandad-sororidad, por supuesto, pero el estallido responde sobre todo a la escalada de las violencias ante las que nos vemos expuestas las mujeres, cada vez más y más explícitas, en un contexto de crisis de la reproducción social (que dificulta hasta el extremo el sostenimiento de la vida) y de resquebrajamiento de los viejos consensos sociales. Ante la insorportabilidad de la violencia, las mujeres respondemos. Desde la ira feminista contra los feminicidios en México o la huelga feminista general contra Piñera de este 8 de marzo en Chile, pasando por Italia o por el encuentro feminista antirracista en el que participaron 300 mujeres hace unos días en Madrid, el feminismo propone respuestas a estas violencias. La identificación colectiva viene después, cuando nos reconocemos como capaces de plantear soluciones a nuestros problemas. Pero, ¿cuáles son nuestros problemas?

A lo largo de la historia del feminismo, ha habido siempre corrientes que pretendían diferenciar entre problemas ‘sectoriales’ o particulares (que afectarían únicamente a algunas mujeres, distintas en todo caso de las que ocupan el centro de la visibilidad pública) y ‘los verdaderos problemas de las mujeres’, que nos afectarían a todas por igual y constituirían el objeto del trabajo feminista. Esto es cierto solamente en parte. Por un lado, es verdad que las expresiones más obvias de misoginia, así como las diferentes formas de violencia sexual o la ausencia generalizada de referencias y representaciones femeninas positivas, son aspectos que nos tocan a todas. Pero no lo hacen del mismo modo, y ahí precisamente está la trampa.

Una violación (las pioneras del feminismo negro lo sabían muy bien) no significa ni conlleva lo mismo de un hombre racializado a una mujer blanca (repudio del conjunto de la comunidad, persecución racista, etc.) que al revés; de hecho, las violaciones cometidas por hombres blancos a mujeres racializadas han estado durante décadas legitimadas socialmente e incluso exculpadas por ley. Una mujer puede sufrir maltrato por su parte de su pareja indistintamente de su posición social, pero le será más fácil escapar de la relación si tiene autonomía económica, nivel cultural alto (y por tanto, mayor conocimiento de la administración y del lenguaje burocrático) y posibilidad de acceso a una vivienda.

Si algo ha puesto de manifiesto la nueva irrupción del movimiento feminista es que no existe nada parecido a una esfera de problemas de género aislada del desarrollo general de la sociedad capitalista. Si queremos construir realmente la posibilidad de vidas mejores para todas nosotras, hay que poner en primer plano esos problemas ‘sectoriales’ que algunos feminismos han considerado periféricos o tangenciales. El miedo a “incluir temas que no nos afecten a todas” sólo puede venir de quien no tiene que preocuparse de intersección alguna. Muy al contrario, lo que debería asustarnos es la posibilidad de convertir al movimiento feminista en un cascarón vacío tras haber excluido a todas las mujeres reales por no querer tratar sus respectivos problemas. Porque resulta que, frente al mito de la universalidad impuesta, la suma de todas las parcialidades sumamos mayoría.

“Ampliar el movimiento” tiene que significar comprender que para mejorar la vida de las mujeres hay que hablar de desahucios, de pensiones y de despidos. Que en el siglo XXI no se puede ser feminista sin estar en contra de las fronteras, del trabajo esclavo en las cárceles y de las torturas en CIEs. Para que la interseccionalidad no sea una palabra vacía, el feminismo tiene que comprender las imbricaciones de las soluciones a nuestros problemas: los problemas de las mujeres (ahora sí, los problemas de todas). No se trata de una simple adición ni de una suma de factores aislados: urge comprender que no es posible acabar con la opresión de género sin abordar también todo esto. Al menos, no lo es si pensamos en procesos de emancipación colectiva y no en salvavidas individuales a costa de la explotación de otras. O, como escribía una amiga hace unos días a raíz del debate sobre la participación de las mujeres trans en el movimiento: ¿es el feminismo un medio para permitir que algunas alcancen la igualdad formal, o es la lucha colectiva de todas para la emancipación de todas?

La cadena feminista que reunió a más de 7.000 mujeres en Madrid incluía tramos como “precariedad laboral” o “pensiones dignas”. El pasado 15 de febrero, la Asamblea 8M Zaragoza organizó unas jornadas de debate donde uno de los temas era “respuesta feminista a la extrema derecha” y en otra de las mesas hablaba una portavoza de Fridays For Future. Esta semana, el Eje Estudiantil del 8M ha celebrado en la universidad una jornada “en torno al buen vivir” con ponencias de compañeras de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas y del Sindicato de Inquilinas. Cada vez más, el movimiento feminista es consciente de que todos esos problemas pretendidamente ajenos al género se encuentran en la base misma de la situación de miseria y desesperación que viven cientos de miles de mujeres.

En este sentido, los gestos amables y la legislación progresiva en materia de género deben ser bienvenidos, pero siempre siendo conscientes de que las buenas intenciones no compensan los déficits políticos. No contribuye al empoderamiento de las mujeres quien permite que sigan vigentes las dos reformas laborales que facilitan el despido y favorecen los contratos temporales, de los cuales dos de cada tres están firmados por mujeres. Como tampoco se lucha contra la trata (por mucho que lo repitan) sin derogar una Ley de Extranjería que obliga a muchas mujeres a situarse en los márgenes del mercado laboral, las acosa y criminaliza, y las convierte en dependientes de las personas que las ayudan a entrar en el país. Construir un feminismo para el 99% pasa por lanzar una ofensiva feminista contra el expolio de nuestras vidas, por dotarnos de una agenda propia que ponga en el centro la defensa de la vida, la justicia reproductiva y los derechos laborales de todas.

El engaño de la acción/reacción y el establecimiento de prioridades
En diciembre de 2018, VOX entro al parlamento andaluz con un inédito 11,98%. Animadas por un llamamiento titulado “Nuestros derechos no se negocian, ni un paso atrás en igualdad”, feministas de todo el Estado nos concentramos en decenas de ciudades en repudio a lo que podía suponer la obtención oficial de una cuota de poder por parte de la extrema derecha. Un año y algunos meses más tarde, la situación ha dejado de tener nada de extraordinario. Tras cuatro años de paréntesis excepcional, la normalidad ha vuelto a su curso y las diferentes derechas gobiernan un número importante de grandes ayuntamientos, y en muchos de ellos (como es el caso de Zaragoza) con el apoyo o la participación directa de VOX.

El movimiento feminista, que durante una etapa pudo centrarse en la autoconstrucción y en el establecimiento de algunas bases comunes, se encuentra ahora expuesto a una sobreestimulación constante: recortes presupuestarios, cancelación de proyectos destinados a niñas y jóvenes, eliminación de campañas contra el acoso sexual en fiestas, y toda una verborrea machista que se mezcla con ramalazos racistas, burlas ante el sufrimiento y un importante desprecio de clase. Las provocaciones se multiplican y entrar al trapo, gastar tiempo y energías en responder a cada una de ellas, parece a veces inevitable. ¿Cuál es si no la alternativa? ¿Quedarnos calladas, seguir a lo nuestro como si no nos afectara, dejar que sean ellos quienes ocupen las portadas porque no había nadie allí respondiéndoles? Y así, en pocos meses, hemos caído en la trampa.

En el Estado Español, la reactivación del movimiento feminista puede fecharse en el año 2014 con la dimisión del ministro Gallardón y las manifestaciones (para entonces, masivas) del 28 de septiembre: celebrábamos la victoria frente a la contrarreforma de la ley del aborto. Desde entonces y hasta ahora, el movimiento feminista no ha dejado de dar respuesta a todos los ataques, todas las provocaciones y todas las amenazas procedentes de las instituciones. Pero lo ha hecho jugando en su propio terreno: con macro manifestaciones (como la del 7 de noviembre de 2015 en Madrid), con acciones de apoyo mutuo (como las campañas por Juana Rivas y el “nosotras sí que somos manada”) y, finalmente, con la Huelga Feminista.

La fuerza y la potencia del movimiento radica ahí: en que no pretende ser un lobby de salón ni se pliega a entrar en el teatro de las comparecencias institucionales. Si puntualmente hay que entrar en los salones o recitar rechazos formales se hará, como también en 2014 algunas compañeras lo hicieron. Pero no podemos caer en la trampa de pensar que ese es el camino para cambiar las cosas, por mucho que las amigas que podamos tener en los ayuntamientos u otras instituciones necesiten reforzarse instándonos a hacerlo, porque nos agota y nos distrae de lo importante. En tres años, la Huelga Feminista ha hecho más por inclinar a nuestro favor la opinión pública y la correlación de fuerzas sociales que mil comparecencias parlamentarias. A Gallardón lo tiramos desde la calle.

El 8 de marzo de este año será una demostración de fuerza. Toca, después, abrir un proceso de debate colectivo en las asambleas enfocado a densificar el programa del movimiento, ampliar las bases del feminismo (esa suma de parcialidades) y armarnos teórica y estratégicamente. Un proceso que ya se inició tímidamente en Aragón hace algunas semanas con la celebración de la jornada “Juntas y fuertes, con rasmia hacia el 8M” en Zaragoza y el encuentro provincial de Teruel en Monreal del Campo, pero cuyo desarrollo deberá ser largo y pausado si queremos hacerlo bien y tener la seguridad de no estar dejándonos a nadie fuera.

Tener una agenda propia significa ser capaces de contraponer propuestas feministas para vidas mejores a los ataques y las provocaciones de las derechas, mantener la independencia del movimiento ante los abrazos de oso, y establecer por nosotras mismas cuáles son nuestras prioridades. O lo que es lo mismo: autonomía y control de los tiempos. Dicen las feministas chilenas en el sumario de su II Encuentro Plurinacional de Las que Luchan que “el feminismo no es una agenda específica, sino una perspectiva transversal desde donde hacer de nuestras vidas un problema político”. En eso estamos.

 

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