Portal de la Izquierda en Movimiento Portal de la Izquierda en Movimiento Portal de la Izquierda en Movimiento

La salud mental en la cuarentena: el autocuidado y el cuidado como una práctica colectiva

Los cambios en la vida económica, social y emocional causados por la pandemia de Covid-19 son profundos. No es exagerado decir que nuestra generación, o una parte significativa de ella, estará definitivamente marcada por la experiencia de vivir un riesgo epidemiológico agudo, de temer seriamente la vida de sus parientes más vulnerables, de adherirse a un aislamiento social sin precedentes. Las consecuentes voces del campo de la ciencia, la salud y la salud pública, cargadas de responsabilidad social y rigor técnico, se convierten, más que nunca, en un elemento orientador e incluso apaciguador de nuestras rutinas rotas. En este escenario, es bastante positivo que los intelectuales y los profesionales de la salud mental estén dispuestos a hablar públicamente de la necesidad de prácticas de autocuidado en un momento en que el aislamiento, la ruptura de la rutina y las expectativas ya establecidas para el futuro generan una angustia y una ansiedad generalizadas. Sin embargo, la suspensión de los organizadores de la vida en este momento no es sólo una cuestión de ruptura de rutina. Es importante atenerse a esto, para no caer en el error de buscar soluciones individuales a problemas de orden colectivo. Al mismo tiempo que la angustia se genera por la falta de marcadores diarios que organicen la vida cotidiana, como salir de casa todos los días, tomar café allí, volver a casa a una hora determinada, no podemos entender este proceso de forma aislada. El deterioro del estado general de la salud mental de la población no sólo proviene de la ruptura de la rutina y el aislamiento, sino sobre todo de la incertidumbre material, la profunda inseguridad financiera y el caos de la información. La incertidumbre material no es un nuevo determinante en la vida de la población brasileña, en su mayoría pobre, negra y subempleada. Pero estas incertidumbres e inseguridades se agudizan con la pandemia, una circunstancia que ha llegado muy repentinamente para la mayoría de la población.

Un artículo publicado por la revista Lancet el 26 de febrero aborda los efectos psicológicos de la cuarentena. The Lancet es una revista británica de referencia en el campo de la medicina, y una de las revistas científicas más antiguas del mundo. El artículo revisa 24 estudios anteriores que investigaron el tema con ocasión del SARS, H1NI1, Ebola y otras epidemias relativamente recientes. Es interesante discutir aquí algunos de sus resultados, a la luz del entendimiento de que la forma en que uno vive, trabaja, se enferma y se cura está principalmente determinada por la posición de los individuos en la sociedad de clases, y que la respuesta a las enfermedades sufridas individual o colectivamente implica cuestionar este sistema económico. La sociedad de clases también está estructurada por el racismo y el patriarcado. Una de las primeras conclusiones del artículo es que, durante y después de la cuarentena, surgen «síntomas» relacionados con el llamado estrés postraumático, que pueden incluir miedo, ira, pena, torpeza, confusión, insomnio inducido por la ansiedad y conductas compulsivas (como lavarse las manos constantemente y empezar a evitar las aglomeraciones durante mucho tiempo). Este efecto no sería uniforme: las personas que ya habían padecido enfermedades psíquicas previas, y los profesionales de la salud, serían más vulnerables. También habría factores de estrés que podrían empeorar los efectos durante la cuarentena: larga duración del aislamiento, frustración y aburrimiento, información y suministros inadecuados. Lo obvio es que lo fundamental para mantener la salud mental de las personas en cuarentena es asegurar que tengan acceso a ingresos, alimentos y seguridad financiera, así como a información correcta.

Cuando en el área de la salud hablamos de la relación entre el estrés y la falta de dinero, o incluso el estrés y la pobreza crónica, no siempre prestamos atención a la profundidad de lo que estamos hablando. No se trata de un estrés puntual, que se manifiesta de forma aguda. Tampoco es simplemente el fruto de la frustración del deseo, con la que todos debemos aprender a lidiar. Es un lugar de sufrimiento permanente, que es independiente de las acciones, la capacidad de trabajo o incluso los recursos psíquicos de uno. Es un lugar de precariedad permanente que no debería existir, y sólo existe porque estamos en una estructura económica basada en la explotación y la desigualdad, en la que una parte de la sociedad debe necesariamente vivir en malas condiciones, para que una minoría absoluta pueda concentrar la riqueza. El sufrimiento causado por estar en este lugar no es puntual, y «estrés» puede no ser la mejor palabra para describirlo. Sentimientos como la ira, el miedo, la confusión, el torpor, causados por la inseguridad y la injusticia económica, llevan a comprometer la capacidad de vivir y planificar la vida plenamente, de verse a sí mismo como un sujeto social e histórico, de hacer proyectos y planes a largo plazo, de comprender las propias capacidades de trabajo y creativas y de aprovecharlas al máximo. En resumen, la injusticia económica y la inseguridad financiera, la preocupación por lo que comerá mañana no sólo provoca un estrés ocasional, sino que causa un daño permanente a la salud mental de una gran parte de la población.

La pandemia causada por el Covid-19 acentúa estos procesos y revela cómo la forma en que organizamos la vida, el trabajo y la producción a nivel mundial no es capaz de responder a una pandemia que podría comprometer la vida de millones de personas. ¿Por qué es tan controvertido el debate sobre un ingreso mínimo decente en un contexto en el que es absolutamente necesario disminuir la circulación social? ¿Por qué una epidemia local se ha convertido tan rápidamente en una pandemia? ¿Por qué los efectos psicológicos de la cuarentena, que puede ser disminuida por medidas de orientación colectiva, no se consideran una prioridad para los gobiernos? No basta con orientar a las personas que reorganizan su rutina y tienen prácticas de autocuidado como la meditación, los ejercicios físicos y la lectura, aunque esto es importante. No hay posibilidad de reducir el daño a la salud mental sin, como dice el artículo, una garantía financiera y una garantía de información clara y rápida.

Este otro elemento propuesto por el artículo, la garantía de una información clara y rápida, también se ve comprometido por una estructura desigual y exploratoria. Parte de la población no tiene acceso a información clara ni a educación formal para comprender y apropiarse de esta información. En el caso de Brasil, el gobierno federal, especialmente en su núcleo más ideológicamente reaccionario, actúa para confundir y distorsionar. El presidente Jair Bolsonaro incluso dijo que era una «gripe», distorsionó las declaraciones de los funcionarios de salud pública y difundió falsedades sobre los medicamentos que curarían el Covid-19. Su bien pagado ejército de aplicaciones de mensajes sigue disparando noticias falsas o distorsionadas en un intento de proteger la imagen del gobierno durante la crisis. Crisis de la cual este gobierno obviamente no tiene interés en proteger a la población brasileña y su bienestar. Los estados de miedo, confusión, pánico y torpeza que se manifiestan de manera individual están directamente relacionados con esto. Especialmente para los ancianos, o las personas con poco acceso a la llamada alfabetización digital, es más probable que crean en las noticias más variadas y en la información inadecuada.

La negligencia y el desajuste del gobierno también chocan con otro elemento que aporta el artículo: la cuestión de la duración de la cuarentena. Según los autores, para reducir el daño a la salud mental, se deben buscar cuarentenas cortas, el máximo posśivel respetando las recomendaciones epidemiológicas. También debe evitarse a toda costa la prolongación de este período. Es mejor guiar claramente a la población a una cuarentena de tres semanas, por ejemplo, que imponer una de 10 días y extenderla por otra semana. El gobierno se muestra reacio a guiar una cuarentena completa de duración adecuada, y la desarmonía entre la presidencia y los gobiernos estatales y municipales no hace sino retrasar el aislamiento que debe hacerse, causando aún más dudas en la población. La falta de pruebas, reflejo del desmantelamiento del SUS, especialmente de la Vigilancia Sanitaria, no sólo genera subregistro, sino que provoca la necesidad de extender el tiempo de cuarentena, porque no existe un mapeo de cuáles son y por dónde circulan los infectados.

La frustración y el aburrimiento en la cuarentena también se señalan como factores estresantes, y las medidas que pueden reducir la ansiedad y aumentar la comunicación, como el acceso universal a una Internet de calidad, son protectoras de la salud mental. Estas medidas pasan por redefiniciones personales pero principalmente por la estructura social, es importante recordar. Es interesante reflexionar sobre una contradicción que plantea la estructura capitalista global: las grandes aglomeraciones urbanas, las megalópolis, en las que conviven millones de personas, la mayoría en densidades de viviendas precarias, al potenciar la capacidad de contagio del coronavirus, provoca más distancia entre nosotros. La irracionalidad de la megalópolis se revela. Al mismo tiempo que nos reúne, nos aleja. Si hay algo posible de generalizar como universal en la humanidad, es que somos sociales e interpersonales. Nos hacemos del otro, lo somos porque estamos en relación. Sin embargo, nuestro enfoque en las grandes aglomeraciones urbanas está a favor de un capital ilógico e insostenible que crea desigualdades, angustia, aislamiento y riesgos para la salud.

Un último elemento aportado por el artículo nos da una buena pista de la dirección que podemos tomar: según los autores, aunque no fue posible realizar un estudio que comparara de forma aislada la diferencia de salud mental entre los que entraron en cuarentena de forma obligatoria y los que lo hicieron de forma voluntaria, varias publicaciones mostraron que los síntomas de estrés, ansiedad, ira y miedo asociados a la cuarentena se reducían cuando las personas sabían que su actitud era significativa para preservar la vida de pŕoximo, especialmente los más vulnerables. El estrés también se redujo cuando este esfuerzo se reforzó socialmente, con los medios de comunicación y las autoridades públicas agradeciendo públicamente a los que estaban en cuarentena. Esta conclusión nos da el principio de algunas respuestas: hasta que el gobierno brasileño y parte de los medios de comunicación no reconozcan y valoren públicamente a los que están en cuarentena, no se mitigará la angustia de parte de la población. También nos dice que el objetivo de las prácticas de autocuidado – reducir los niveles de angustia, estrés, ansiedad – también se logra cuando se sabe que su acción preserva la vida de los demás. Es importante que nos recordemos continuamente de esto. También nos señala que la respuesta a parte de la angustia no es sólo el autocuidado. Es importante ejercer una solidaridad activa, por ejemplo, mediante campañas de atención colectiva, campañas financieras, campañas de recogida de alimentos, comprender cómo el capitalismo y sus crisis disminuyen el valor de las vidas periféricas. Es también reconocer que la respuesta está centrada en engrosar el caldo social de la resistencia al «piso superior», representado por el gobierno de Bolsonaro y los empresarios megamillonarios que continuamente imponen al pueblo un programa económico y social que pone las ganancias de algunos por encima de las vidas de la mayoría. El neoliberalismo no es sólo una reorganización económica de las fuerzas productivas con el fin de intensificar la explotación de los trabajadores: es también una forma de sociabilidad que induce al individualismo y a los estados afectivamente caóticos. Muchos han señalado que la crisis de Covid-19 puede dejar como legado diferentes formas de relacionarse socialmente, tomando como valores más centrales el cuidado, la solidaridad y la colectividad. Es esencial que el cuestionamiento del orden económico mundial que genera el individualismo y la injusticia forme parte de este posible cambio en las formas de cuidarse a sí mismo y a los demás.

Referencias

Magalhães, B. Nuevo coronavirus: la necesidad de una respuesta de la gente.

Gonçalves, NP; Alves, L; Martins, J; Minowa, E; Pennachioni, N; Couto, V. Coronavirus: El fracaso del sistema capitalista y la defensa radical del SUS

Brooks, SK; Webster, RK; Smith, LE; Woodland, L; Wessely, S; Greenberg, N; Rubin, GJ. El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirla: revisión rápida de las pruebas. Lancet2020, 395.

Una nueva página para apoyar y construir nuevas alternativas en Latinoamérica y en el mundo, defendiendo el poder de los trabajadores y el pueblo contra el 1% de ricos y privilegiados, y una sociedad sin explotación.

Secretaría de redacción

  • Pedro Fuentes
  • Bernardo Corrêa
  • Charles Rosa
  • Clara Baeder