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La imagen internacional del Ecuador es del desastre de la pandemia. El país ha entrado en una espiral descendente de crisis sobrepuestas, a la crisis sanitaria se suma la crisis económica y el vacío de conducción política. Mientras a la población le preocupa la salud, la alimentación y el trabajo, los políticos siguen en sus disputas, el correismo aboga por un golpe de Estado encubierto, para que pase el poder a Nebot; el gobierno responde con la amenaza de una muerte cruzada. Los empresarios presionan por acelerar el asalto a los fondos públicos, con nuevas privatizaciones, han iniciado una cadena de despidos masivos con el pretexto de la pandemia. Desde arriba estamos en un callejón sin salida.

Nos han impuesto una estrategia de encierro sin tomar en cuenta las condiciones del 60% de la población que vive –o muere- día a día, en el desempleo y el subempleo. Lograron contener las movilizaciones de Octubre, que permitieron ver otras salidas. Y ahora quieren levantar la cuarentena sin haber controlado la primera ola de contagios; ni siquiera hay información del número y ubicación de los contagiados y de los muertos. La estrategia de shock y de miedo es el recurso para el sometimiento a los intereses voraces del capital que coloca la acumulación por encima de la vida.

Pero el Ecuador no se reduce a este desastre. Hay iniciativas alternativas en los diferentes campos. Se han reactivado prácticas de salud intercultural, cadenas de comercialización directa y trueque para unir el campo y la ciudad, redes de solidaridad con los sectores más necesitados. Es posible juntar esas semillas en un camino diferente.

El primer paso es disputar una narrativa diferente de la pandemia. Saber que es un problema muy grave, estructural, fruto del capitalismo patriarcal que ha llegado a sus formas más extremas de sobreexplotación de los trabajadores, sobre todo de las mujeres, y de la naturaleza. No es un problema temporal, que va a desaparecer con la vacuna. Vamos a convivir por largo tiempo con la pandemia del COVID19 y las otras pandemias de salud y de hambre. Por ello, necesitamos un Plan de vida al menos con miras a 12 o 18 meses.

Es la hora de la resistencia ante la estrategia de dominio, y de construcción de las bases de un poder autónomo, desde abajo, desde afuera, desde la izquierda. No hay salidas negociadas.

En la resistencia, todavía debemos exigir al Estado respuestas urgentes para enfrentar la pandemia y la crisis económica que se ahonda. Aunque sabemos que no habrá respuestas, pues la preocupación del régimen está en el salvataje del capital, el pago de la deuda externa con la oferta de obtener nuevos créditos, privatizaciones de los recursos públicos, flexibilización liberal. No es un pliego de peticiones, sino una Plataforma de exigencias, como líneas de resistencia que junte nuestras luchas inmediatas.

Pero la clave está en construir un espacio de coordinación nacional desde las organizaciones sociales y los pueblos indígenas, encabezado por el Frente Unitario de Trabajadores, la Confederación de Nacionalidades Indígenas, el Frente Popular, el Parlamento de los Pueblos, el Parlamento de las mujeres, una forma de poder constituyente para nosotros.

Nos toca empezar de nuevo, en diferentes terrenos. El primer paso, es un ACUERDO NACIONAL para impulsar un PROGRAMA ALTERNATIVO, sobre la base de las líneas presentadas en Octubre. No nos vamos a dejar aislar, la solidaridad es la alternativa. Necesitamos darnos un camino de esperanza con nuestros pueblos, con nuestros hermanos/as, con la Madre-naturaleza.

Una nueva página para apoyar y construir nuevas alternativas en Latinoamérica y en el mundo, defendiendo el poder de los trabajadores y el pueblo contra el 1% de ricos y privilegiados, y una sociedad sin explotación.

Secretaría de redacción

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