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El oboe de la Sinfonía desafinada de la extrema-derecha

La estructura narrativa de este texto merece una petición de disculpas, pues organizamos la exposición de argumentos de forma análoga a la Quinta Sinfonía del gran maestro Beethoven. Usar la estructura de tal vez la obra maestra más grande de la historia de la música clásica para hablar de crueldad, ignorancia e incompetencia que marca la extrema-derecha mundial y, en especial, de Bolsonaro, puede ser visto como un sacrilegio, pero tiene cierta lógica si es comprendida en su contexto.

En el misterio del universo musical, los tonos mayores son alegres y los tonos menores son tristes. La Quinta Sinfonía fue compuesta en un momento difícil de la vida de Beethoven y su sordera se acentuaba. Probablemente por eso compuso, por primera vez en su obra, una Sinfonía en un tono menor. Nos parece interesante componer en tonos menores este texto, pues el momento es grave, pero creemos que el mundo en que estamos, a pesar de triste, revolucionará su existencia después de la pandemia, y lo que se hace hoy determina las condiciones de construcción de un nuevo futuro que no sea lo pasado con otro nombre.

En el primer movimiento de la Quinta Sinfonía, el pam pam pam paaaam representa el destino llamando a la puerta, el dilema del cambio. Ya en el segundo movimiento, predomina una melodía triste, sin embargo, muy bonita, reflejando las desilusiones del autor y, por otro lado, su optimismo. En los movimientos finales, tercero y cuarto, hay una orquestación solemne, representando la esperanza de nuevos rumbos que la vida podía tomar. Sin embargo, no hay un gran finale y la tensión del inicio vuelve al final, dejando el destino abierto.

En la Sinfonía desafinada de la extrema-derecha, que tiene en Trump su primer violín, Bolsonaro es semejante a un oboe, que desafina toda la orquesta y emite sonidos insoportables cuanto más se pronuncia fuera del tono. Su actuación es, a buen seguro, la más criminal del mundo y contra él estamos en pie de guerra.

Destino a la puerta

Cuando Bolsonaro fue elegido, circulaba en las redes sociales brasileñas un meme que decía que el pueblo brasileño había actuado como un niño que coloca los dedos en el enchufe. Él hasta sospecha que puede recibir un choque eléctrico, sin embargo, paga para ver. Ahora, en una crisis grave y más amplia, el choque puede ser más duro que el imaginado. Sin embargo, el aislamiento político de Bolsonaro y la división de la burguesía abre un escenario de cambios rápidos y nuevas posibilidades.

El Estado de no representación en Brasil no comenzó en las elecciones de 2018, sino cinco años antes, en las Jornadas de Junio de 2013. Allí realmente el destino llamó a la puerta y el cambio pidió paso. A pesar de nuestros esfuerzos, la ausencia de un programa y de un partido que pudiera realmente representar la insatisfacción, sumada a la represión policial, hizo que el movimiento fuera derrotado. Dos años después, la derrota dio lugar a su simulacro: marchas de la derecha por el impeachment de Dilma que dieron el substrato social (especialmente entre las capas media y altas, pero no sólo) para el golpe parlamentario de 2016 y para las redes de fake news bolsonaristas. La sesión del Congreso Nacional que quitó a Dilma del poder, en ese momento con sólo 6% de apoyo popular, fue presidida por un gángster como Eduardo Cunha, inmediatamente después detenido por corrupción. Transmitida en red en vivo a nivel nacional, la sesión avergonzó a los brasileños al ver en lo que se había convertido la Nueva República después de la caída de la dictadura. Bolsonaro, en esa ocasión, era diputado y su voto fue un homenaje a uno de los más crueles torturadores del régimen militar, el Coronel Brilhante Ustra.

En la crisis de representatividad de los partidos hegemónicos del orden, combinada con la desmoralización del mayor partido de izquierda del país y con la endemoniada crisis económica mostrando sus astas para los de bajo, sería probable que un outsider se fortaleciera. El escenario mundial y nacional marcado por el interregno de Gramsci, traía esta posibilidad latente. Según las palabras del revolucionario sardo: «Cuando estas crisis acontecen, la situación inmediata se hace delicada y peligrosa, porque el campo queda abierto a soluciones de fuerza, a la actividad de potencias obscuras representadas por hombres providenciales o carismáticos».

Las fuentes que propiciaron el fenómeno del bolsonarismo, sin embargo, son tan peligrosas como frágiles. En las grandes crisis, el capital muestra su negatividad y la burguesía muestra su esencia. Los que se vendieron otrora como antiestablishment se convierten en la peor caricatura del establishment en crisis. Sus dirigentes imaginan la salida de la crisis económica por medio de la receta fallida del libertarismo económico. Una especie de liberalismo primitivo elevado a una condición casi religiosa, en la cual el capitalismo es el fin inexorable de la marcha del progreso. Por eso, cada medida macroeconómica tomada por el equipo de gobierno profundiza la crisis y no la resuelve. También por eso, frente a una crisis sanitaria ellos están más preocupados por la salud de los mercados que por la vida de la población.

En segundo lugar, el decadentismo usado como discurso para crecer y cohesionar a sus seguidores abre caminos a una forma de pesimismo crónico. No es de extrañar que la horda bolsonarista, cada vez que es colocada contra las cuerdas, evoca casi como un mantra que la culpa es del PT, que con el PT era peor, etc. Está claro que el gobierno petista tuvo su parcela de responsabilidad en la crisis que se abatió aún antes del coronavirus, pero no es esa la música que la orquesta oye de sus maestros. Para hacerse políticamente dirigente, la nueva derecha hereda del fascismo (además de la reacción a las luchas democráticas y por las libertades civiles condensando retrasos y prejuicios como el racismo, el machismo, la xenofobia y la LGBTfobia), la característica de capilarizar el resentimiento, o sea, propagar la idea de que el mundo está en plena decadencia moral para poder, en el momento siguiente, presentarse como el bote salvavidas de los valores de la sociedad. Se trata de aquello que Robert Soucy, en su estudio sobre el fascismo francés, identificó como uno de los pilares de la versión fascista de los años treinta: «la revuelta contra la decadencia».

En tercer lugar, merece la pena recurrir al concepto de populismo desarrollado por Ernesto Laclau, para comprender el fenómeno bolsonarista. Desde este punto de vista, el populismo es un fenómeno que se constituye a partir de la definición de un nosotros y un ellos para, a partir de ahí, dar unidad a un grupo social constituido como pueblo y significarlo ideológica y políticamente. Desde ese enfoque, se puede comprender mejor como los nuevos populismos derechistas tienen la capacidad de movilizar, más o menos, a distintas clases sociales, borrando sus fronteras. Aquí hubo una actualización desacreditada del anticomunismo, encontrando en el bolivarianismo en decadencia su principal enemigo, una versión actualizada de la amenaza comunista. Se utilizó la corrupción como recurso discursivo para establecer la frontera entre izquierda y derecha, a partir de los escándalos revelados por la Operación Lava-Jato y la desmoralización del PT.

La orquesta heterogénea y casuística que llevó a Bolsonaro al poder fue compuesta por agentes de las Fuerzas Armadas, milicianos, seguidores del astrólogo autodidacta Olavo de Carvalho, creyentes evangélicos, conservadores de siempre, reaccionarios, terraplanistas, sectores de la burguesía periférica y oligarquías regionales, además de otros oportunistas que vieron una ventana para el crecimiento electoral y la rapiña del Estado. Regado por muchos fake news, el mito del capitán que coloca Brasil por encima de todo y dios por encima de todos garantizó la unidad política. Como afirmamos en el inicio, en tiempos de crisis profunda todo eso puede ser casi nada. La Sinfonía comenzó entonces a desafinar.

Hora del duelo

El gobierno Bolsonaro ya venía demostrando una gran fragilidad antes de la Covid-19. Su tratamiento del tema ambiental, especialmente en el caso de los incendios en la Amazonia, hechos por los latifundistas para aumentar las áreas de plantación de soja y cría de ganado. En el tratamiento a la comunidades indígenas y quilombolas, víctimas de gran violencia en el campo. Pero tal vez donde haya perdido una parte importante de su base de apoyo más plebeya y femenina haya sido con el plan económico ultraliberal que venía a grandes pasos retirando derechos laborales y de seguridad social sin señales de recuperación económica del país. Los escándalos de corrupción, envolviendo a su familia y a algunos ministros, también manchaban la narrativa de que estaba «limpiando el país». Aun así, conservaba cierta unidad entre los sectores que componen el gobierno. Contaba con buena parte del núcleo de la derecha en el Parlamento para ejecutar estas medidas económicas y un apoyo popular por encima del 30%.

La crisis con estos sectores comenzó a expresarse a partir de un giro más autoritario, con vistas a un régimen político más cerrado, enfrentándose con el presidente del Congreso y con el Tribunal Supremo Federal. Bolsonaro, personalmente y usando parte del aparato gubernamental, pasó a convocar manifestaciones de sus partidarios de esta línea más autoritaria. Sin embargo, el virus llegó antes de tiempo y la comitiva presidencial que estuvo en EE UU estaba casi toda contaminada por el Coronavírus. Aún así, tras debilitarse las marchas que convocó, contrariando las orientaciones de la OMS y su propio Ministro de la Salud, él fue a la pequeña manifestación hecha en la capital federal el día 15 de marzo, tuvo contacto directo con la gente, realizó selfies y distribuyó besos y abrazos.

Las declaraciones posteriores fueron aún más irresponsables y criminales. Dijo que el nuevo virus no pasaba de una gripezinha y que su historial de atleta le protegía del contagio. Se levantó contra el aislamiento social y dijo que las personas deberían usar el fármaco cloroquina, sin ninguna comprobación científica de su eficacia, ni de sus riesgos. Pero frente a la irresponsabilidad del presidente, un movimiento espontáneo de caceroladas tomó la escena en todo el país, ya que gran parte de la población ya se encontraba en casa. Los crímenes, de los que era responsable, cometidos anteriormente, ahora se encontraban con una indignación popular. De maestro, Bolsonaro pasó a ser un músico desafinado y cada vez más aislado en su propia Orquesta.

Bolsonaro había escogido dirigir a sus seguidores de extrema derecha y no al país. Se enfrentó con gobernadores de estados de su propia base aliada. Perdió protagonismo político, en favor de su Ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, que sigue defendiendo las orientaciones de la OMS, como el aislamiento social, y estuvo a punto de ser cesado, hace pocos días. Bolsonaro retrocedió en su destitución, pues perdió apoyo incluso de su base militar en esta tentativa. Con su negacionismo y su postura torpe está cada vez más aislado política y socialmente.

Cuando como diputados y diputadas, decidimos, junto a la dirección del MES/PSOL, yo (Fernanda Melchionna), Sâmia Bonfim, David Miranda y Luciana Genro, junto con cientos de artistas, científicos, líderes políticos e intelectuales, presentar una petición de impeachment contra Bolsonaro, no fue por prestigio político. Sabíamos que sería un pésimo momento para una crisis política, pero tal vez el más necesario. Creíamos que era preciso dar una señal política a las caceroladas y la indignación popular, que cada vez crecían más. No por casualidad, llegamos a más de un millón de firmas de apoyo a la iniciativa. Intelectuales como Valdimir Safatle, Rosana Abeto Hacha, Silvio Almeida, Alvaro Bianchi y Ruy Braga; artistas como Gregório Duvivier, Maria Rita, Carlos Latuff, Felipe Neto y Zélia Duncan; científicos del calibre de Sidarta Ribeiro y Stevens Kastrup Rehen nos acompañaron. Presentamos la petición en la misma noche en que hubo una de las mayores caceroladas de la historia reciente. La historia no acostumbra a dar una segunda oportunidad.

El pueblo trabajador está abandonado a un trágico dilema: morir de hambre o contaminarse con el coronavírus. Por eso, la actuación del PSOL en el Parlamento ha priorizado proyectos como la renta básica de emergencia de R$ 600 a los trabajadores informales que conseguimos aprobar, con una enmienda nuestra para proporcionar a la mujeres madres de familias monoparentales el doble del valor, llegando a R$ 1.200. También hemos trabajado en torno a un plan de acción que tiene como medidas de emergencia la reconversión industrial para que empresas y universidades puedan reorientar la producción para materiales de higiene y, principalmente, Equipamientos de Protección Individual a los trabajadores de la Salud, que hoy arriesgan sus vidas, para salvar otras, sin las condiciones necesarias de trabajo y en vísperas del colapso del Sistema Único de Salud que Bolsonaro pretendía privatizar antes de la crisis.

Sabemos que, por la desigualdad social brutal, nuestro país es un blanco peligrosísimo de la pandemia. Si las favelas brasileñas son contaminadas, las consecuencias serán inconmensurables. Podemos asistir a un verdadero genocidio, según el modelo de lo que estamos viendo en Queens y en Brooklyn, sin precedentes. Por eso, es una obligación histórica de los revolucionarios brasileños luchar para derribar a Bolsonaro, lo más rápido posible. Apuntar un camino político para enfrentar la crisis. A pesar de la gravedad de la situación y del apoyo que la iniciativa del impeachment consiguió en un importante sector de la intelectualidad y de la izquierda, no toda la izquierda está a favor de esta táctica. La Sinfonía de la izquierda también tiene sus disonancias.

Es un debate muy importante desde el punto de vista estratégico. Pues la ausencia de la izquierda en la discusión de las salidas deja un espacio para que la derecha, que está muy dividida, se vaya recomponiendo. Políticos burgueses como el gobernador del estado de Sao Paulo o el propio Ministro de la Salud aparecen como un contrapunto a Bolsonaro. En ausencia de una oposición política que se corresponda con la oposición social que crece, las clases dominantes se reciclan y se reposicionan. No se trata de voluntarismo, sino de que efectivamente haya una iniciativa que preserve la independencia de clase y dé sentido a la construcción de una izquierda renovada con un programa anticapitalista. Este posicionamiento tiene que ser, ya, una respuesta al futuro, pues el escenario de la guerra posterior a la batalla contra el coronavírus será un terreno de debate estratégico.

Batalla final

El mundo no será el mismo tras la pandemia. En esto ya hay un consenso, incluso entre los economistas burgueses. También hay cierto consenso entre los economistas de que durante la pandemia deben ser más keynesianos. El tema más importante es quién, después de la batalla, pagará la cuenta de esta intervención estatal en la economía. Algunos hablan en un nuevo Plan Marshall, otros están como un buitre esperando para alimentarse de la tragedia y poner el ajuste neoliberal sobre la espalda de los trabajadores. Pero ¿qué deberíamos proponer, concretamente, nosotros, socialistas revolucionarios, para salir de la crisis?

Como primer punto, debemos partir de las principales lecciones que la pandemia puede dejarnos: 1) el capitalismo no puede resolver los principales problemas de la humanidad y, en su desarrollo, lleva la catástrofe y la miseria en su ADN, producto de la creciente contradicción entre la producción social y la apropiación privada de la riqueza; 2) la educación y la ciencia deben ser públicas y son la salida para la protección de la salud y de la reproducción social humanas; 3) los sistemas de salud públicos y universales son indispensables y no pueden ser privatizados; 4) la depredación de la naturaleza trae consecuencias trágicas inconmensurables para la vida humana; 5) la solidaridad de clase es el más importante afecto humano para superar el capitalismo; 6) es preciso construir una organización política de nuevo tipo, a nivel mundial, para organizar, colaborar e intercambiar experiencias nacionales, con el objetivo de llevar adelante la toma del poder político por los trabajadores, cada vez más necesaria para nuestra propia existencia.

De esas lecciones, se desprende la necesidad de un nuevo programa de transición que vaya a la raíz de los problemas. Que tenga el ecosocialismo como perspectiva y se relacione de manera armónica con la naturaleza y la vida. Que sea feminista, ponga fin al machismo y al patriarcado como objetivo, y a las mujeres como uno de los principales sujetos sociales del cambio. Que vaya contra los prejuicios de cualquier tipo (racismo, xenofobia, LGBTfobia…). Que los sistemas financieros deben estar bajo control público y no sirvan para el juego de la especulación. Que grave a los multimillonarios, con vistas a la reducción de la desigualdad y coloque en el horizonte la expropiación de los recursos estratégicos para que el Estado pueda planear su utilización y socialización, sin tener los beneficios como objetivo único.

El diapasón del socialismo es el único que puede afinar la sinfonía humana para evitar la barbarie y crear un mundo donde la vida sea el valor más importante que ha de ser preservado. Sólo así podremos vislumbrar un gran finale para la crisis actual.

Fuente: Viento Sur

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